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Montalvo llegará como un artista consolidado, un músico consagrado y un intérprete reclamado por toda la escena de la música clásica internacional, gracias en parte a su particular forma de tocar su instrumento, un violín que tiene una historia tan importante como la suya propia.

En una entrevista con Efe, el violinista cordobés de 20 años ha destacado de este premio el artista que le da nombre, aquel otro niño prodigio llamado Arthur Rubinstein.

El pequeño prodigio al que aleccionaron maestros como Yuri Petrossian o Nestor Eidler es hoy un joven seguro, al que algunos viandantes paran por la calle y felicitan, y que está convencido de que lo que hace es especial, pero también fruto de la constancia, el trabajo duro y el sacrificio.

“Gracias a Dios he tenido muchos grandes maestros del violín, el primero fue mi padre -profesor del Conservatorio Superior de Música de Córdoba-, después Petrossian, Eidler, y a partir de los ocho años he tenido más de un centenar de profesores. De todos he aprendido”, afirma el violinista.

De esa mezcolanza de profesores, enseñanzas y métodos nace precisamente lo que él llama el “sonido Montalvo”, que le permite dar un enfoque distinto a un repertorio clásico, y cuyas virtudes han sido alabadas por expertos de todo el mundo.

En ese “sonido Montalvo” juega un papel fundamental su instrumento, un Nicolo Amati -quien fuera maestro de Stradivarius- que data de 1660, un regalo “anónimo” que cuida como el tesoro que es.

Será también la piedra angular del álbum que tiene previsto grabar junto con el pianista Ángel Andrés Muñoz, y que incluye dos composiciones propias, una titulada “Andaluza”, cuyo nombre puso el escritor Antonio Gala, y otra llamada “Melancolía de Otoño”, elaborada a partir del cuadro del pintor Ignacio Estudillo.

Es uno de los sueños que le faltaban por cumplir, el salto a la composición y grabación de su primer disco en solitario, que espera poder llevar a cabo en un futuro inmediato, y que será una grabación de una toma que repasará a compositores clásicos como Mozart, Brahms, Paganini o Falla, y que sumará la armonía del piano, que, en sus palabras, “da el colchón que necesita el violín para lucirse”.

“Tocar un violín solo es como cantar 'a capela'. Se puede hacer un concierto solo 'a capela' o con un violín como único instrumento, pero es muy complicado”, añade Montalvo, para quien el salto a la composición ha sido algo natural.

También el dedicarse a la música, una pasión que, a su juicio, no le ha hecho perderse grandes cosas que otros jóvenes de su edad hacen, ya que considera que el secreto de su éxito está en la responsabilidad y la ambición con la que se ha dedicado a ello, y también en que el esfuerzo ha tenido una recompensa.

“He viajado, lo he hecho con mi familia, he conocido a mucha gente. Lo he pasado muy bien”, zanja el joven violinista, cuyo sueño siempre ha sido “poder vivir de la música, poder emocionar a la gente y transmitirle” su mensaje.

Un mensaje que llegará esta noche a Marbella, donde, antes de recoger el premio Arthur Rubinstein dedicará unos minutos a mostrar ese “sonido Montalvo” al público, y que después partirá hacia Grecia, donde ofrecerá su próximo recital, el último antes de unas “merecidas vacaciones”.

Las vacaciones, por cierto, también le volverán a llevar a Marbella, donde el próximo 15 de agosto cumplirá un nuevo sueño: El de ver por primera vez en directo a Paco de Lucía, uno de los músicos que más inspiran a este joven talento, convertido ya en una realidad de proyección mundial.