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El caviar de la literatura universal

Madrid, 21 abr (EFE).- Estamos en los días cumbre de la conmemoración del cuarto centenario de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, a quienes no creo que nadie pueda negar un puesto destacado, muy destacado, en la historia de la literatura universal.

Tanto uno como otro podrían ser calificados, si pudiéramos trasladarlos al plano gastronómico, de caviar de la máxima calidad; el caviar puede que ahora mismo, en tiempos de piscifactorías, no sea el alimento más caro del mundo, pero sigue siendo uno de los más prestigiosos, si no el que más.

Por ello, y teniendo en cuenta que los años en los que el caviar triunfó en Europa occidental (léase: París) fueron los llamados “Belle Époque”, más o menos entre la guerra franco-prusiana (1870) y la primera guerra mundial (1914), quizá sorprenda saber que tanto Cervantes como Shakespeare mencionan el caviar en sus obras seguramente más emblemáticas: “Vida del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, el español, y “Hamlet”, el inglés. Hablamos del siglo XVII.

Siempre unidos por la cronología: “Hamlet” se estrenó en 1603, y la primera parte del Quijote se publicó en 1605. Concedamos por ello prioridad al bardo de Stratford. En el acto II de “Hamlet”, el atribulado príncipe danés habla con el director de una compañía de cómicos, como se llamaba entonces a los actores, sobre una obra que habían representado algún tiempo antes, sin éxito, representado en el castillo de Kronborg, escenario de la tragedia shakespeariana.

Hamlet achaca ese fracaso a que la obra era “caviar para el vulgo”, no estaba a su alcance entenderla. Ya ven que Hamlet (y, consecuentemente, el propio Shakespeare) valoraba el caviar como algo de gran calidad, pero que podía resultar extraño y, en consecuencia, no gustar, a quien lo probase sin estar al tanto de lo que era.

No es el caso del caviar del que habla Cervantes. El episodio se produce en el capitulo LIV de la segunda parte del Quijote, cuando Sancho se encuentra con su antiguo vecino el morisco Ricote: “pusieron asimismo un manjar negro que dicen que se llama cabial, y es hecho de huevas de pescado, gran despertador de la corambre”. Parece claro que Cervantes se refería, cosa lógica en aquellos tiempos, el caviar en salazón, prensado. Y no parece que lo tuviese en gran estima.

Cervantes vivió en una España en decadencia, lo que no impidió que, en literatura o pintura, el XVII fuera, efectivamente, el Siglo de Oro. Cervantes, Lope, Quevedo, Calderón y tantos otros con la pluma, y nada menos que Velázquez con los pinceles. Pero ni Felipe III ni su valido, el duque de Lerma, fueron capaces de administrar el potencial de las Españas y las Indias Occidentales.

En cambio, Inglaterra vivía su primera gran época, en el reinado de Isabel I. Se consolidó como potencia naval, se expandió con la fundación de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales… y tuvo a Shakespeare.

Cervantes vivió y murió pobre en una España en claro declive; Shakespeare vivió con acomodo en una Inglaterra que iniciaba su remontada. En uno y otro país se solucionaba de la manera más salvaje posible (con la hoguera) el asunto religioso. En España triunfa la picaresca: el hambre aguza el ingenio. La Inglaterra isabelina mantiene la tradición de espléndidas carnes del reinado de su padre. Hay muchas diferencias.

Por eso son tan distintos los temas que tratan Cervantes y Shakespeare. Sea como fuere, estamos, sin duda, ante las máximas figuras de la literatura española e inglesa. Lamentablemente, en el mundo estos días se hablará más del segundo que del primero. Pero, lo miremos como lo miremos, ambos son, sin la menor duda, caviar. Del mejor. Del de antes. EFE

cah/mcm

(Recursos de archivo en www.lafototeca.com. Código 6387157 y otros)

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