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“La flauta mágica” atrapa al Real en su versión más insólita y moderna

Madrid, 16 ene (EFE).- Trampantojo, cuento de hadas, teatro de sombras, cine mudo pero, por encima de todo, “La flauta mágica” que ha estrenado esta noche el Real ha sido humor y amor por la humanidad, una forma de contar la música de Mozart que ha emocionado al público desde un escenario convertido en una gran película en 3D.

Con todo agotado para las 12 funciones programadas, el que es el debut en una ópera como director musical titular del Real de Ivor Bolton, ha encantado al auditorio, que ha premiado también con sus aplausos a sus intérpretes, liderados por Joel Prieto, Sophie Evan y Joan Martín-Royo.

Algo menos cálido ha estado -algún abucheo se ha llegado a oír- con sus directores de escena, Barrie Kosky y Suzanne Andrade, y a su animador, Paul Barritt, a pesar de que durante toda la representación han sido frecuentes las risas de complicidad con la traducción a imágenes de la delirante historia de Pamina, Tamino, Papageno y la Reina de la Noche.

Bolton ha hecho disfrutar al público con una versión fiel al sonido natural del siglo XVIII, con trompas y trompetas, y ha evidenciado su gran conocimiento de esta partitura y su predilección por esta versión, que rescata con coherencia y claridad para el futuro una historia estrenada en 1791, solo meses antes de que el compositor muriera.

El británico ha dirigido la “muy rompedora” de Peter Sellars, que el público del Reino Unido “pateó” sin compasión, y también la “clasiquísima” de Aberdeen en Munich pero él prefiere esta porque es “muy Mozart” y se acerca como ninguna otra “a lo que el austriaco llama Humanidad”.

Misteriosa, dual, cima, según Beethoven, de todas las formas del canto, “La flauta mágica” es un “signspiel”, es decir una composición más cercana a la música popular que a la ópera, pero su mensaje, epítome de los ideales de la Ilustración, trasciende sus costuras como lo hace su fabulosa música.

La confrontación del bien y del mal, la razón y la superstición, lo universal y lo anecdótico se subraya en esta versión desde un escenario que mantiene “pegados” a los intérpretes a la pantalla.

Se resumen las partes habladas y aparecen, al modo de las explicaciones de las películas mudas, frases proyectada en la pantalla mientras los actores gesticulan y actúan representando lo que se dice, a los acordes de un pianoforte que interpreta parte de las “fantasías” en Do y en Re menor de Mozart.

Se han necesitado muchas horas de ensayo para lograr que el “más difícil todavía” de interactuar con las animaciones que se proyectan, contener sus movimientos y gestos para que todo conecte y cuadre con las proyecciones, se tradujera en el “trampantojo” de ser la parte en 3D, en relieve, de una película.

Esta producción, procedente de la Komische Oper de Berlín, que la estrenó en 2011, es la primera en toda la historia reciente del coliseo madrileño en el que no ha habido un solo elemento escénico sobre sus tablas.

Los intérpretes, maquillados en blanco y con los rasgos caricaturizados al extremo, van saliendo de la “pantalla” a través de cinco puertas superiores practicadas a cuatro metros del suelo y por una inferior para ir acomodando la acción, con gags propios de las películas mudas, y la música.

Tener esa “pared” pegada detrás favorece extraordinariamente la acústica porque la voz se proyecta “de forma maravillosa”, en palabras de Silvia Schwartz, que se alterna con Evan en el papel de Pamina.

Las proyecciones son cambiantes y propias para cada personaje, definiendo un mundo simbólico en el que Papageno “es” Buster Keaton, Pamina, Louise Brooks, Tamino recuerda a Rodolfo Valentino, Monostatos evoca a Nosferatus y Sarastro a Abraham Lincoln.

Suzanne Andrade y Barrie Kosky idearon esta estética para recalcar el espíritu juguetón de Mozart y explorar lo que Andrade junto al animador e ilustrador Paul Barritt, fundadores de la compañía berlinesa Grupo 1927, han dado en llamar “teatro fílmico”, y cuyo “concepto” adopta esta producción que disloca la realidad para hacerla, paradójicamente, más próxima.

La producción trata de reflejar el origen masónico de la trama -Mozart y el libretista, Emanuel Schikaneder, pertenecían a una logia- centrada en la lucha entre el bien y el mal, una batalla en la que la luz se “enfrenta al oscurantismo”.

“Los rayos de sol cazan a la noche, desbaratando los poderes de los impostores”, dice el verso final de la ópera estrenada hoy, “una opereta un poco light elevada por Mozart a su máxima expresión”, según Bolton. EFE

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