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MADRID, 23 (EUROPA PRESS)

Los preadolescentes que experimentan o exploran cosas nuevas pueden tener procesos cerebrales que funcionan de manera diferente que los de los preadolescentes que no lo hacen, según un estudio que se hace público este domingo y que se presentará en la 67 reunión anual de la Academia Americana de Neurología, que se celebra en Washington, Estados Unidos, del 18 al 25 de abril.

“El comienzo de la adolescencia se asocia con la búsqueda de nuevas experiencias y un aumento de las conductas exploratorias, pero se ha hecho poca investigación para medir ese incremento o para analizar lo que ocurre en el cerebro durante este periodo”, afirma el autor del estudio Andrew Kayser, de la Universidad de California en San Francisco, Estados Unidos, y miembro de la Academia Americana de Neurología.

“Estudios con adultos han empezado a analizar las diferencias individuales en la voluntad de buscar nuevas experiencias y algunos trabajos han vinculado la voluntad de explorar con un área del cerebro llamada corteza prefrontal rostrolateral, que es responsable del más alto nivel de la toma de decisiones”, subraya.

En el estudio participaron 62 niñas de entre 11 y 13 años que completaron una trabajo que mide su comportamiento exploratorio y experimentando, además de someterse a escáneres cerebrales de resonancia magnética. Sobre la base de su comportamiento en la tarea, el grupo se dividió en 41 “exploradoras” y 21 “no exploradoras”.

Luego, los investigadores compararon sus escáneres cerebrales e identificaron una conexión que fue más fuerte en las exploradoras que en las no exploradoras entre la corteza prefrontal rostrolateral y la ínsula posterior y el putamen, partes del cerebro sensibles al “estado del cuerpo” y “la realización de acciones”, respectivamente. Curiosamente, la actividad en el putamen y la ínsula parecían influir en la corteza prefrontal rostrolateral, en lugar de al revés.

Esta investigación es fascinante porque podría ayudar a entender cómo la exploración puede conducir a comportamientos buenos y malos que promueven o reducen el bienestar de los adolescentes”, adelanta Kayser. “Si podemos comprender mejor estas conexiones cerebrales, podríamos llegar a una forma de identificar mejor a los adolescentes con mayor probabilidad de involucrarse en conductas peligrosas o de riesgo”, concluye.