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MADRID, 10 (EUROPA PRESS – David Gallardo)

Jim Kerr lo tiene. Jim Kerr lo tiene y lo sabe. Por eso aparece en el escenario y grita “¡Madrid, España!” mientras abre los brazos todo lo que puede y echa hacia atrás la cabeza con los ojos cerrados, metiéndose así en el bolsillo de su casaca de cuadros (escoceses, claro) a un público ya de por sí entregado a la causa de Glasgow.

Con la reciente Let the day begin comienza una velada maratoniana en la que, durante 150 minutos, el grupo escocés aprovecha para presentar las canciones de su flamante Big Music (¿su mejor disco desde Real Life (1991) o Good news from the next world (1995)?, esa es la duda que se comenta en los bares aledaños), pero que alcanzará sus máximos picos de heroicidad con los clásicos que les hicieron grandes en los ochenta.

Porque de alguna manera perdidos en algún punto entre U2 y Depeche Mode, hubo un tiempo en el que Simple Minds eran los que llenaban los estadios, pero el carisma de Jim Kerr (Glasgow, 1959) no fue capaz de soportar los vaivenes del paso del tiempo y la banda quedó atrapada en un estatus de culto para amplias masas minoritarias.

Les costó encontrar su sitio con álbumes de relativa escasa pegada, aunque su constancia les ha llevado hasta este Big Music en el que aglutinan certeramente todo lo que Simple Minds siempre ha sido, con épica ochentera y oscura grandilocuencia pop, con guitarras gigantes de rock de estadio y coros colectivos infalibles. Eso son las contemporáneas Blindfolded y Broken Glass Park, y eso es la añeja New Gold Dream, que pone en pie a un público entrado en años que se ha reunido en el Teatro Nuevo Apolo a celebrar el pasado y disfrutar el presente.

Disfrutar casi diríase con salvajismo infantil, pues no suele ser habitual para los adultos con decenas de responsabilidades diarias tener un lunes por la noche en el que patalear y aullar desde lo alto de una butaca inicialmente ideada para otros usos más relamidos. Pero es que el grupo está en forma y Jim Kerr, perro viejo sobrado de tablas, no para de señalar con el dedo al infinito para apelar a todos y cada uno de los asistentes, desde los alocados de las primeras filas hasta los un poco más recatados del gallinero (que terminarían también agitanto las plumas, claro).

The American, Stay visible y Honest Town sirven de colchón antes del salto con Waterfront y Don*t you (forget about me), dos clásicos de la vieja escuela que desatan la jauría liderada por cuarentonas y cincuentonas que no paran de bailar y gritar “¡guapo!” a un Jim Kerr que las encandila a pesar de sus bailes imposibles, indecorosamente cercanos a los del inefable Leonardo Dantés, pero puede que más propicios. Eso sí, con el cable de micro sigue siendo un genio de las acrobacias más efectistas.

Así finaliza la primera parte del recital, tras el que el grupo se despide para tomarse un descanso de quince minutos y tomar “tres whiskies o tres cervezas”, tal y como bromea Kerr, quien además lanza un aviso a la concurrencia: “No os vayáis a casa porque si os váis, estaréis solos”.

La segunda parte, que es en realidad un generoso bis, cuenta con la aparición de la corista Sarah Brown, que aporta expansividad a la propuesta con su chorro vocal para canciones de todas las épocas como God only knows, All the things she said, (la muy aplaudida) Let there be love, (la intensa) Let it all go down y (la desatada) Someone somewhere in summertime.

Ahora ya sí con todo el público en pie e incluso alguno amenazando con arrojarse desde el segundo anfiteatro, la banda enfila la recta final con Midnight Walking, Big Music y el fin de fiesta comunal con Alive and Kicking. Pero no ha sido el final, porque todavía quedan Spirit in the night, She's a river, la versión de The Doors con Riders on the Storm y el emotivo e intimista cierre definitivo, ahora sí, con un inspirado Belfast Child.

Dos horas y media de merecido recuerdo a un pasado majestuoso, sin obviar épocas menos acertadas, y reivindicando también un presente que resulta inspirador gracias a esa Big Music que Simple Minds siempre han tenido en mente y que ahora, en una envidiable madurez, encuentra su comodidad absoluta en el estado actual de las cosas.