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El horror de una mujer maltratada por su marido narrado a través de los ojos de Francisco Moreta e Íñigo Bordiú se convierte en una historia valiente, emotiva, profundamente triste, un grito de ayuda desgarrador ante esta terrible situación a la par que un pequeño hálito de esperanza para todo aquel que se atreva a entrar en esta historia de terror psicológico.

El caso de “No Esperes” es el típico en el que dos jóvenes cineastas con grandes aspiraciones y carteras poco abultadas se lanzan a la piscina del séptimo arte en pos de narrar una historia que con la que quieren emocionar al gran público. Un gran talento tras la cámara, un profundo conocimiento de la imaginería dentro del cine y un guión potente y sólido son los ingredientes que hacen de “No Esperes” una de esas producciones de presupuesto casi inexistente pero disfrutable al nivel de una película de gran estudio.

“No Esperes”, rodado en Gijón, Asturias, durante una semana, narra la historia de Silvia, interpretada por Gemma Lucha, y Antonio, encarnado por David Blanka, que tratan de llevar una vida feliz junto a su hija Covadonga, magníficamente interpretada por Victoria Sevillano. El miedo y la infelicidad se apoderan de la casa cuando el matrimonio comienza a atravesar una crisis que desembocará en terribles consecuencias.

Un tema tan complejo y delicado como el que abordan Íñigo Bordiu y Francisco Moreta se ha visto en el cine siempre desde la misma perspectiva. Estos dos cineastas han querido jugar a darle una vuelta a la historia, tratando de representar el terror psicológico, el pánico inenarrable que sufre una persona en esta situación. Ya el guión, escrito junto a Iván Jiménez Molina, propone una perspectiva interesante, donde las situaciones desagradables entre el matrimonio son escasas, sino que se muestran como un fantasma constante, una presencia terrible que flota sobre sus cabezas, una bomba a punto de estallar la estabilidad de su matrimonio.

Francisco Moreta e Íñigo Bordiú, que firman dirección y fotografía al alimón, juegan y aprovechan al máximo los pocos recursos de los que dispusieron. El sabio uso del color por parte de los cineastas se convierte en un personaje más, contrastando una estética tan vibrante y saturada con una historia tan oscura y triste. Los claroscuros extremos y la intuición por encima de lo que se muestra juegan un papel determinante en la cuidada atmósfera de un cortometraje que no sólo hace que los espectadores reflexionen, sino que se asusten y se emocionen con la historia de Silvia.

Esta atmósfera opresiva del filme no podría haber sido rematada sin una música que empacase todo el conjunto. Daniel García Marinas lleva la batuta en esta composición que resulta sencilla, poco efectista pero tremendamente efectiva. Los sonidos más estridentes y ligeramente atonales en ciertos puntos convierten la melodía de “No Esperes” en un ejercicio arriesgado que pone los nervios de punta en los momentos más tensos y que logra emocionar hasta a la audiencia más férrea en los momentos más dramáticos.

Con todo, “No Esperes” se convierte en un cortometraje realizado con más ilusión que medios, una carencia que en nada afecta al desarrollo de la cinta gracias al sabio hacer de sus jóvenes promesas, que con un ojo crítico y con gran sentido del espectáculo logran que una cinta en números tan pequeña, logre hacerse un hueco entre las grandes dentro de la memoria del espectador.