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Julia Navarro cree que judíos y palestinos “están condenados a entenderse”

“En Oriente Medio solo hay una solución, sentarse y escuchar y llegar a un acuerdo. Israel tiene que aceptar que Palestina tiene que existir y hay una parte del mundo árabe que tiene que aceptar que Israel es irreversible. Están condenados a entenderse, no tienen otro remedio y alargarlo es provocar el sufrimiento de millones de personas y eso moralmente es intolerable”, indicó.

Navarro explicó, en una entrevista con Efe en San Petersburgo, donde comienza su novela, que tras el éxito de “Dime quien soy” le obsesionaba la idea de escribir sobre el destino predeterminado de las personas.

Por ello, los personajes de “Dispara, yo ya estoy muerto”, editado por Plaza y Janés, pertenecen a dos familias, una judía y otra árabe, que se ven obligadas a construir unas vidas en las que su margen de libertad es limitado.

Samuel, uno de los protagonistas, es un judío que, tras el asesinato de su madre y hermanos, vive su infancia y juventud en San Petersburgo hasta que las circunstancias políticas le obligan a huir a Francia y luego a Israel.

Allí conoce a Ahmed, el otro protagonista de la novela, un árabe con el que comparte numerosas vivencias y cuya amistad ambos intentarán conservar a pesar de los duros acontecimientos que las familias de ambos sufrirán a lo largo del siglo XX.

Lo “inevitable” del destino y las “barbaridades” que se cometen en nombre de la patria y la religión son los ejes de esta novela, cuyo singular título es “un guiño al lector”, que no descubrirá plenamente su sentido hasta la última página de esta voluminosa novela a cuya elaboración la periodista y escritora ha dedicado tres años.

Una novela que huye de ser histórica o política ya que Navarro reivindica que se trata de una historia de personajes en la que el contexto y el escenario son meros “paisajes”.

También subraya Navarro la tradición orteguiana de su nueva novela que destaca cómo las circunstancias marcan la vida de las personas, el lugar y la época donde se nacen, las situaciones geopolíticas que rodean a cada ser humano y que construyen unas vivencias de las que “a veces es imposible escapar”.

“Los seres humanos venimos a interpretar un guión escrito por otros y tomar las riendas de la vida y escribir un nuevo guión no es nada fácil”, explica Navarro, quien insiste en que su novela es una historia de personajes en la que el contexto y el escenario son meros “paisajes”.

En su paso por el siglo XX, Navarro ahonda en la descripción de las torturas a las que sometían los nazis a sus víctimas, datos que, reconoce, hacen esta novela más dura que las anteriores, aunque asegura que lo ha hecho intencionadamente: “quería que fuera así”.

Y es que estos hechos refuerzan la línea argumental de la historia, cuyos personajes “son hijos de su tiempo y de sus circunstancias y el margen que encuentran para intentar escapar de esas circunstancias es muy pequeño”.

Esta novela es la segunda del nuevo ciclo literario en el que se encuentra inmersa Navarro y en el que, indica, se siente más cómoda que en el anterior, en el que escribió “La Hermandad de la Sábana Santa”, “La Biblia de barro” y “La sangre de los inocentes”.

Una profesión de escritora en la que Navarro se estrenó “por casualidad”: “Estaba en la playa con mi hijo y acabé de leerme los periódicos del derecho y del revés y empecé a leer los obituarios. Encontré uno sobre la muerte de un forense que había puesto bajo su microscopio desde los cabellos de Napoleón a la Sábana Santa”.

“Había una reseña sobre la Sábana Santa, sobre si era verdadera o falsa. En ese momento me saltó la luz, empecé a pensar y se me ocurrió la novela”, explica esta autora, que dice que nunca sospechó el éxito que ha cosechado.

Respecto a su próxima novela, asegura que ya está “en ello, leyendo” sin desvelar ni el más mínimo detalle sobre este trabajo, especialmente porque, sostiene, ni su editor “se entera” de que está escribiendo hasta el día que le entrega la novela.

Un oficio que Navarro ejerce a diario, fines de semana y fiestas incluidos, con un horario establecido de entre seis y ocho horas diarias.

“Escribo aunque no tenga ganas. Y hay días que has escrito un folio y otros que has escrito quince”, señala Navarro, que compatibilizó sus dos profesiones hasta que comprobó que “no se puede”.

Tampoco cultiva las redes sociales, “no 'tuiteo' ni participo en redes sociales”, dice convencida la autora, que agradece el entusiasmo, cariño y fidelidad que recibe de su público.

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