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Ron Arad, indisciplina contra el aburrimiento

El artista a quien el MOMA considera “uno de los diseñadores más influyentes de nuestros tiempos” se refería a “Blame the Tools”, su creación más reciente, aunque en realidad su origen se remite a los trabajos pioneros, los de los restos y el reciclaje.

“No era una pieza planeada sino una herramienta”, dice Arad a Efe en referencia al molde que utilizó hace años en una serie homenaje al Fiat 500 y que fabricó con rejillas metálicas de ventilación.

Esa búsqueda de lo inesperado y la huida de lo convencional es el motor que nunca ha dejado de impulsarle: “Lo esencial es la curiosidad”, afirma, “cuando haces algo tiene que ser nuevo de verdad; sino, ¿para qué hacerlo?”.

Después lo piensa un poco más y añade: “El aburrimiento es la madre de la creatividad, simplemente trato de evitar el aburrimiento, eso es lo que hago”.

Treinta años atrás, a principios de los ochenta, un Arad que apenas rozaba la treintena paseaba por otro lugar, un cementerio de automóviles en medio de un descampado en el norte de Londres, cuando se fijó en dos butacas abandonadas de un Rover modelo V8 2L.

Compró las dos por menos de sesenta libras, las ancló en unos tubos de acero y las colocó en el escaparate de su humilde tienda-taller de Covent Garden, donde permanecieron hasta que un día pasó por ahí un tipo extravagante llamado Jean Paul Gaultier y se las llevó, convirtiéndose en el primer cliente de Arad.

“'The Rover Chair' fue mi primera pieza, a la gente le gustó por motivos muy diversos, a los ecologistas en particular porque era material reciclado, pero para mí no era una cuestión de ideología sino de necesidad”, explica.

“Estaba más interesado en cuestiones artísticas: 'readymades', 'objets trouvés', cosas así, no tanto en salvar el mundo”, precisa.

Otra de las piezas más sorprendentes de la exposición, que podrá visitarse hasta el 9 de noviembre, es una gran estantería completamente atípica, con la forma del mapa de China.

Se llama “Free Standing China”, cuenta, “la hice para la Exposición Universal de Shangai en 2010, pero no nos dieron permiso para exhibirla, a las autoridades no les gustó porque no estaba Hong Kong y otros detalles”.

A lo largo de más de tres décadas de creatividad, este pionero del diseño industrial como arte ha visto cómo han cambiado muchas cosas: “Antes tenía un taller, me manchaba mucho, usaba martillos y soldadores. Ahora mi estudio está lleno de pantallas de ordenador, teclados y tabletas”, afirma, aunque “la esencia no ha cambiado”.

Arad coge unas gafas de sol que hay sobre la mesa. “Estas gafas, por ejemplo, están impresas en 3D, no es fabricación tradicional, y me gusta porque puedes sentarte encima y no se rompen, puedes desmontar las patillas, que tienen imán, y coger cosas con ellas”, señala mientras va haciendo las demostraciones prácticas.

“Pero también puedes hacer cosas emocionantes con lana y agujas de tejer”, dice rechazando la excesiva fascinación tecnológica. “Es como cuando se inventaron los sintetizadores para hacer música; eso no te convierte en músico y, además, puedes seguir usando el chelo”.

Como arquitecto, el israelí tiene varios proyectos en marcha, entre ellos las áreas comunes y restaurantes del histórico Hotel Watergate de Washington o la casa prefabricada “Onion House”, que presentará en la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2014.

“Disfruto de las dos facetas”, asegura. “En la arquitectura hay muchas cosas que no me gustan, tienes que negociar mucho, convencer a la gente, pero también te da grandes satisfacciones”, matiza.

“Por ejemplo, estoy muy contento con el museo de Holon (Israel) porque se hizo en un sitio del que nadie había oído hablar y fue un poco el “efecto Guggenheim” de Bilbao, tuvo mucho éxito y no entre periodistas y comisarios, sino entre la gente”.

El arquitecto que huye de los convencionalismos como de la peste, trabaja también en la actualidad en unas torres en su ciudad natal, Tel Aviv, “un enorme edificio, tipo ciencia ficción”, comenta mientras muestra los bocetos.

“Es un edificio hecho al revés, el más grande del Mediterráneo… Podría pasarme horas hablando solo de esto”, concluye.

Por Magdalena Tsanis.

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