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Sloterdijk plantea si somos conscientes de lo que implica la frase “Dios ha muerto”

La edición (Siruela 2013) recoge unas conferencias que el autor de las “Esferas” ofreció en Tubinga en 2009, ordenadas ahora en castellano por su traductor Isidoro Reguera.

En esas charlas, Sloterdijk, uno de los filósofos contemporáneos más prestigiosos y polémicos, trata de situar el noble ejercicio de la vida consciente entre la gloria y la miseria de la vida teórica.

Subraya con énfasis que teorizar requiere “separarse de toda toma de postura existencial”, “disolver el vínculo que fija a una existencia real” y “liberar la carga del lazo a la vida”.

Sloterdijk considera que esos atentados fueron cometidos en el proceso de subversión de la cultura occidental de la racionalidad transformando la idea de “ciencia”, mientras advierte de que “aún somos muy poco conscientes de todo lo que implica la frase 'el observador puro ha muerto'”.

Crítico con el experimento cognitivo de la Modernidad que Nietzsche llamó “inversión del Platonismo”, señala hasta diez “puñaladas” a lo que considera una “vieja y respetable tradición”: la de que sólo los “olvidados de sí” tienen acceso al conocimiento, aquellos que lograron “cambiar su yo empírico por el espíritu suprapersonal”.

Sloterdijk vuelve al anciano Sócrates que se detiene, “parado en el portal a la escucha de sus voces interiores”, como ejemplo para hacer entender las condiciones que capacitan al ser humano para la pura teoría: salirse de sí, de su cárcel corporal.

Quiere ir más allá del saber 'mundanizado' y de la sombría perspectiva que deja Pierre Bourdieu -descompuestas las instituciones del conocimiento en un “mosaico vibrante de pequeñas batallas discursivas”-, después de que los saberes de la ciencia y la filosofía “hayan quedado presos de una existencia encarnada en el mundo de la vida”, con las implicaciones que esto lleva en pasiones e intereses.

Marx, Nietzsche, Georg Lukács, Martin Heidegger, Hiroshima y Nagasaki, el existencialismo y Sartre, Max Scheler, las teorías del género y Judith Butler, o la neurología contemporánea con Antonio Damasio suponen, en el recorrido de Sloterdijk, nueve agresiones a una víctima ya abatida: el ser humano teórico que levanta su mirada perplejo desde su total desolación.

Un décimo puñal, la superación del mito del aislamiento del experto despojado ya de su tarea de embajador del conocimiento -con Bruno Latour a la cabeza-, duele más al teórico que ninguno -apunta Sloterdijk- al quedar el saber científico y la técnica a disposición de ser comprendidos “como prolongación de las relaciones sociales con otros medios”.

Nacido en Karlsruhe, Alemania, en 1947, el autor de “Normas para el parque humano” (2000) o “Crítica de la razón cínica” (2003) es actualmente rector de la Escuela Superior de Información y Creación de esa ciudad y catedrático de Filosofía de la Cultura y de Teoría de Medios de Comunicación en la Academia Vienesa de las Artes Plásticas.

Al plantear este “crimen oculto” contra el “fantasma” que encantó a las gentes con quimeras de “un más allá anticipable en la vida misma”, el autor observa que liberación del espíritu y cultura discursiva se concilian aún profundamente, por más que los arrebatos metafísicos de antes ya no se consideren dignos de crédito.

“Muerte aparente en el pensar”, que trata sobre la filosofía y la ciencia como ejercicio, concluye con un poema de Fernando Pessoa: “¡La gloria nocturna de ser grande sin ser nada!. La grave majestad del esplendor desconocido…” de su “Libro del desasosiego”.

Las palabras del poeta portugués llevan a abandonar el mundo, no pocas veces estrecho y constrictivo, de las disciplinas científicas -explica Sloterdijk-, y a entrar en la esfera de una marginalidad soberana, la del observador excéntrico.

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