Quantcast

Nao d'amores rescata un texto de Josefa Canellada como ejercicio de justicia

Horas antes del estreno absoluto, mañana, la directora de la compañía y dramaturga Ana Zamora habla en una entrevista con Efe de Canellada como una de las últimas representantes de un momento de la intelectualidad española a las que se “tragó el franquismo, cuando soñaban con un país más moderno, solidario y culto”.

Ana Zamora, nieta de quien fuera profesora experta en dialectología y esposa del filólogo Alonso Zamora Vicente, estaba convencida de que, antes o después, llevaría este texto al teatro y más cuando encontró el diario: “Piensas que hay que pasarlo a la humanidad”, dice.

Con “Penal de Ocaña”, Josefa Canellada quedó finalista del Premio Café Gijón, en 1954, ganado ese año por Carmen Martín Gaite, basada en el diario de una supuesta compañera de universidad, María Eloína, movilizada como enfermera en la retaguardia del frente de Madrid, que en realidad fue el relato de sus vivencias reales.

Para Ana Zamora “el texto no se entendió en su momento porque parecía una historia más de enfermeras en la guerra y su importancia radica en que no es así, sino la de una estudiante de humanidades en un momento brillante de la cultura española”.

Quien se especializó en teatro medieval y renacentista, ahora con proyectos más contemporáneos, añade que la obra es “una lección de humanidad por encima de colores y planfetarismos, está relacionada con el mundo del existencialismo, casi preexistencialista, basada en Ortega y Gassett y la conciencia de los maestros de la filosofía de aquel momento”.

Es decir, la importancia del ser humano y, según explica, “la responsabilidad individual que acaba por tornarse en universal”.

Precisamente por elevar lo humano, según Zamora, la novela fue incómoda en su tiempo, incluso censurada, hasta su publicación en 1964, “porque en el franquismo era intolerable que esta estudiante que venía de un mundo relacionado con la izquierda tuviera una conciencia cristiana importante”.

Luego, en democracia, de acuerdo con la dramaturga, “no era un texto suficientemente rojo como para utilizarlo como bandera y se quedó en tierra de nadie y, al final, es un caso de justicia histórica, no solo de su figura, sino de toda una generación de intelectuales.

A Canellada le sorprendió cuando estudiaba en la Facultad de Letras de la Universidad Central de Madrid, ahora Universidad Complutense, con profesores, como Tomás Navarro Tomás, Pedro Salinas, Xavier Zubiri, Rafael Lapesa, José F. Montesinos, Américo Castro o Ramón Menéndez Pidal.

Convencida de que el “experimento tiene que salir bien”, mientras descansa de uno de los ensayos entre viejas galerías carcelarias, Zamora reconoce que tiene que construir un sistema teatral, de juego, “que permita contar esta historia terrible pero llena de esperanza de vida”.

El objetivo ha sido buscar un lenguaje teatral que pueda sustentar la estructura de un diario, subraya la directora, a la vez que mantiene que la dramaturgia es compleja, casi un formato de monólogo, dejando muchas cosas apasionantes, hasta reducir todo a una hora y cuarto.

El papel principal lo encarna Elena Rayos, Mejor Actriz Revelación 2012 de la Unión de Actores, con “Farsas y Églogas de Lucas Fernández”, dirigida también por Zamora, que comparte escena con una pianista, Isabel Zamora.

La responsable de la obra señala que es la primera experiencia de Elena Rayos en un papel de este calibre y ha estado sometida, como los demás miembros de la compañía, a un proceso de aprendizaje para todos, con dos meses de encierro en Segovia buscando el personaje, “que es muy complejo”.

Y es que para la nieta de Josefa Canellada, también para quien lleva su diario a la escena, la filóloga tenía 24 años cuando lo escribió, “pero con una madurez como ninguno de nosotros”, por eso ha querido apostar por la frescura de juventud de una actriz como Elena Rayos, por una opción mucho más sincera, de corazón abierto.

Por Aurelio Martín

Comentarios de Facebook