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La Unión se rinde a Poveda

Los aficionados, que en la peña flamenca de la localidad murciana, antiguo filón minero, seguían el cante de los concursantes mientras tomaban cerveza y tapeaban, hasta gastaron bromas a ese chico que tenía pinta de todo menos de cantaor flamenco.

Pero lo era, vaya si lo era. Cuando le tocó el turno y comenzó a templar la voz por malagueñas se hizo un gran silencio. Y después un olé colectivo que aún hoy no cesa.

Aquel muchacho catalán, charnego o hijo de charnegos (de padre murciano y madre manchega) se llamaba y se llama Miguel Poveda y, como sabemos, puso por primera vez de acuerdo al jurado y a todo el público del famoso Festival.

Obtuvo no sólo la Lámpara Minera, máximo galardón del certamen, sino también tres importantes premios más, lo que sólo había conseguido hasta ese momento, casi veinte años antes, Luis de Córdoba.

Ahora, al cumplirse dos décadas desde ese rotundo triunfo, cuando Poveda tenía veinte años, el Festival del Cante de las Minas le dedica esta edición del certamen y a partir de hoy comienzan una serie de homenajes que tendrán su momento culminante esta tarde en un acto institucional en el que será declarado Hijo Adoptivo del municipio.

Antes, por la mañana, en la llamada Avenida del Flamenco, será colocada una loseta con su nombre junto a las ya existentes, dedicadas, entre otros, a Morente, Paco de Lucía, Sara Baras o Vicente Amigo. En el mismo acto se colocará otra dedicada a

Pencho Cros, cantaor local ya desaparecido que obtuvo en tres ocasiones la Lámpara y a quien Miguel reconoce como su maestro en los cantes mineros.

Mañana martes, el cantaor, que también ha revalorizado la copla, cerrará las galas del certamen con un recital en el antiguo Mercado público de La Unión, con las entradas ya agotadas. Su relación con este pueblo, que vivió en el siglo XIX su máximo esplendor minero, ha sido desde aquella noche del 14 de agosto de 1993 de amor mutuo.

Cigala flamenco

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La noche del domingo la gala estuvo protagonizada por el cantaor madrileño Diego El Cigala, que vino acompañado por el guitarrista Diego “el Morao”, hijo del desaparecido y llorado Moraíto Chico.

Lejos de lo que podría suponerse, El Cigala no presentó su último disco, dedicado al tango, sino que hizo un recital extenso y jondo, muy flamenco, salvo por el pequeño popurrí dedicado al bolero por bulerías, con temas procedentes de sus “Lágrimas Negras”, el trabajo que junto al pianista Bebo Valdés lo lanzó a la fama hace una década.

El recital del domingo no pasará a los anales de Festival, pero tuvo momentos muy brillantes, con su hermosa voz gitana, rota y rasgada. Desgranó una extensa gama de palos flamencos, desde cantes mineros a la toná, las alegrías de Cádiz o dos largas tandas de tangos y bulerías.

Antonio Parra

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