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Fray Arévalo afirma que Guadalupe es paisaje, arte, libros…y Dios, por encima de todo

Arévalo Sánchez (Fuente del Maestre, Badajoz, 1955) ha sido nombrado hace unos días guardián del Real Monasterio -Patrimonio de la Humanidad desde 1993-, el santuario de la virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura y de la Hispanidad, al que confluyen cada año miles y miles de peregrinos.

Para alguien que como él ha probado en muchos actos la “devoción visceral” por esta advocación mariana, el oficio de guardián le llena de “íntima satisfacción” y le exige mayor esfuerzo y entrega, según dice en una entrevista con Efe.

Lejos queda su primera subida a Guadalupe con doce años. “Cuando la miré en el camarín, aquella tarde de tormenta, supe que no habría otra imagen de la madre del Señor que me acercara más a ella que ésta de Guadalupe”.

Desde muy pequeño sintió que no había vida mejor que ser fraile y por ello entró en el convento de su pueblo. Si no hubiera sido franciscano, quizá habría sido monje en una abadía benedictina, apunta.

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Extremadura, ha sido director del Archivo Biblioteca y Revistas del Real Monasterio en dos etapas. Desde el 2010 compartía esta responsabilidad junto a la de párroco del pueblo.

De sus muchos años ligado a Guadalupe recuerda dos momentos: uno del noviciado, con 18 años, cuando cargó las andas de la virgen morena y la llevó por el claustro, entre los peregrinos, “con los ojos arrasados de lágrimas”.

El otro, el 4 de noviembre de 1982, cuando el guardián le encargó a él y a otro hermano mantener la celebración, los cantos y las moniciones durante la visita del Papa Juan Pablo II, ante más de 20.000 personas, obispos y autoridades civiles.

“Los del pueblo estaban recelosos porque el Papa, al llegar a España, se había referido a otra virgen como patrona de la Hispanidad, cosas de los pueblos, ya sabe, y entonces se me ocurrió proponer para que corease el gentío: '¡Totus tuus, Hispaniarum Regina!'”, y “los monseñores lo captaron al vuelo”.

El hombre medieval y el del renacimiento percibían este santuario como uno de los mayores de toda la cristiandad y, aunque después de la exclaustración de los jerónimos en 1835 los franciscanos han recuperado mucho de lo que se había perdido, a su juicio, falta mucho para que sea lo que fue en los siglos XV y XVI.

No obstante, la devoción a la virgen de Guadalupe ha “crecido bien”, según fray Arévalo Sánchez.

La gente peregrina aquí a demandar milagros o a agradecerlos. “El hermano que está a diario junto a la sagrada imagen en el camarín ve muchas cosas, algunas negativas, frivolidad o indiferencia, y otras cargadas de una fe inexplicable”.

El archivo cuenta con cientos de códices y legajos -una importante colección de cartas reales, la partida bautismal de los indios de Colón…-, mientras que la biblioteca alberga más de 100.000 títulos.

A Fray Arévalo Sánchez le cuesta elegir entre tan rico patrimonio: el centenar largo de cantorales, la colección de bordados, la escultura de Egas Cueman…

“A los más curiosos les fascinaría descubrir el laberinto de pasadizos, crujías, torreones y azoteas del Monasterio”, propone el guardián en este viaje de “belleza y gozo de la fe”, mientras invita a los agobiados a descansar en la hospedería viendo declinar el sol en los picachos de las Villuercas.

Carlos González de Rivera

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