miércoles, 23 septiembre 2020 9:19

El Año Wagner busca su “Anillo” de oro negro en Bayreuth, templo de la polémica

La nueva versión de la tetralogía de los dioses germánicos, obra el provocador Frank Castorf, centra las expectativas del certamen de esa población de provincias bávara donde Wagner levantó su teatro, en 1872, y a la que peregrina anualmente la elite wagneriana.

Este año se cumple el bicentenario del nacimiento del genio -en Leipzig, el 22 de mayo de 1813- y la cita en Bayreuth es el plato fuerte indiscutible, por encima de todas las representaciones y galas repartidas por el planeta en ese Año Wagner.

Para el “Anillo” hay que esperar al viernes, ya que las hermanas Katharina Wagner y Eva Pasquier-Wagner, biznietas del compositor y codirectoras de Bayreuth, programaron para la apertura la reposición del “Holandés Errante”, con Christian Thielemann a la batuta.

Ello no hace sino acrecentar el misterio alrededor de la producción de Castorf, director general de la Volksbühne, teatro del antiguo sector comunista de Berlín donde hasta ahora ha estrenado buena parte de su producción este dramaturgo con fama de trasgresor.

Un par de declaraciones a “Der Spiegel”, el domingo, criticando las normas de Bayreuth -que Castorf coloca entre lo funcionarial y lo autoritario-, así como algunas imágenes de la escenografía, captadas por medios locales, dispararon las expectativas.

El oro atesorado por el nibelungo es petróleo, la Valkiria entona su canto por paisajes preindustriales, Sigfrido lo hace en el Berlín del Muro y el drama se traslada luego a las montañas de Dakota del Sur, con los perfiles de Marx, Lenin, Stalin y Mao.

La escenografía, del serbio Aleksandar Denic, se plantea como un viaje que arranca desde un motel-gasolinera de la Ruta 66 tejana.

Serán 17 horas de ópera, con Kirill Petrenko en la dirección musical, repartidas en las cuatro jornadas preceptivas que todo wagneriano que se precie saborea sin rechistar, por mucho que el teatro de la Verde Colina no sea el más confortable del mundo.

Este año, además, la fachada está en vías de restauración y aparece cubierta de toldos que reproducen su aspecto original.

Con o sin andamios, ahí se espera la presencia de la plana mayor de la política alemana, encabezada por la canciller Angela Merkel y su esposo, Joachim Sauer, ambos fervientes wagnerianos desde mucho antes de llegar a la Cancillería.

También acudirá, por primera vez, el presidente y expastor protestante Joachim Gauck, así como el ministro de Exteriores, Guido Westerwelle, y un largo etcétera, entre habituales y neófitos.

Todos ellos seguirán la norma establecida desde tiempos del gran mecenas de Wagner, Luis II de Baviera, el Rey Loco, de que a Bayreuth se va por encima de incomodidades, porque en ningún otro lugar del mundo se escucha la música del genio como ahí.

Si la producción de Castorf es o no trasgresora es algo que tal vez no se decida ni siquiera tras el estreno, sino con el tiempo.

El mítico “Anillo del Siglo”, firmado en 1976 por Patrice Chérau y Pierre Boulez, fue recibido con abucheos en su estreno y tardó varias ediciones hasta ganarse al exigente auditorio de Bayreuth.

Las críticas de Castorf a las biznietas de Wagner no son nada, en comparación con las que dispensó en 1993 otro dramaturgo alemán originario del este, Heiner Müller, a quien fue patriarca y director del festival durante medio siglo, Wolfgang Wagner.

Müller llegó a describir Bayreuth como un nido de recalcitrantes nazis, a punto de su debut en la casa y al frente de un “Tristán e Isolda” que dirigió Daniel Barenboim.

Fue el “Tristán” más aclamado que se recuerda en Bayreuth, estuvieran o no sentados en las butacas esos nazis que describió Müller, en alusión a un festival que los herederos de Wagner pusieron devotamente a los pies de Adolf Hitler en el Tercer Reich.

La polémica es algo intrínseco a Bayreuth, sea por sus producciones o por las críticas a la saga familiar que gobierna Bayreuth. Una especie de sello de la casa para animar las conversaciones de los entreactos.

Por Gemma Casadevall.