viernes, 25 septiembre 2020 6:32

La insuperable levedad de Lana del Rey impregna Barcelona

Diva y figura hasta la sepultura, en cada gesto, palabra o nota al viento, la chica de la voz de terciopelo, mirada gélida y viceversa, se ganó al público catalán desde los primeros minutos, justo después de arrancar con un 'Cola' que se hizo esperar, pues si el concierto ya se había aplazado 45 minutos, tardó quince más en empezar.

Lejos de la actuación que un año antes le había llevado al Sónar en la misma ciudad, quizás la de esta noche pretendía, ante unas dos mil personas, ser íntima y refinada, con una platea de asientos numerados y caras bonitas por doquier en la zona noble de la capital catalana.

Pero fue salir al escenario y romper con todo protocolo, cuando se dispuso a firmar autógrafos entre risitas de Lolita tímida, provocando carreras alocadas entre los asistentes del público.

Y ahí estaba Lizzy Grant, envuelta por el imponente Palacete de Pedralbes a sus espaldas y los fans arremolinándose a sus pies. Con su vestido rojo fuego, su pelo lacio de época pretérita y esa caída de ojos que parece cortar venas en cada parpadeo.

Fueron unos primeros instantes de emoción y desconcierto, quizás demasiado largos, en los que unos pocos agradecían la cercanía de la estrella, mientras el resto se preguntaba cuándo iba a volver a retomar el concierto de una vez por todas.

“Es absolutamente increíble estar aquí abajo con vosotros”, susurró, entre gritos histéricos de los devotos de este fenómeno que despegó sorprendentemente en 2011, gracias a la viralidad de Internet. Un éxito de los nuevos tiempos para una estrella de otra época, una diva de antaño que flota rodeada de 'smartphones'.

Y ahora un beso al aire, y después un sorbo sugerente en un vaso de plástico con una pajita, y un “¡ay!” despistado mientras se recoloca su melena. Y pasea como suspendida, y suspira, y canta con la gravedad de quien le han aplastado los ventrículos mil veces en tan solo 27 años y ya nada le inquieta lo más mínimo.

Con 'Body electric', 'Blue Jeans', la exitosa 'Born to die' y una aplaudida 'Carmen' empezó poniendo toda la carne en el asador en mitad de ese guateque improvisado de los años veinte montado para la ocasión.

Y no solo por las palmeras artificiales en el escenario, más propias de un “Coco Bongo” del Chicago de los buenos tiempos antes de la Ley Seca, sino porque ya sus fans habían invadido horas antes los jardines barceloneses, donde proliferaron clones de ella como panes y peces, con vestidos floreados, pétalos en la cabeza, pestañas interminables y miradas atormentadas en el infinito.

Acompañada de un cuarteto de violines que puso la pincelada de distinción y glamour, extraña pareja de baile de otro cuarteto de cuerda, percusión y teclado que añadió un toque primitivo, la cantante norteamericana se fue asentado conforme avanzó la velada, donde no dejó fuera éxitos como 'Blue velvet', 'American' o 'Young and Beautiful'.

Pero justo cuando llegaba a su apogeo, con un intenso 'Video Games' -el éxito que la catapultó- y un 'National Anthem' sostenido en el tiempo, la cantante volvió a bajar entre sus fieles, provocando un último delirio colectivo en forma de estampida.

Y ahí acabó todo. Había pasado apenas una hora y catorce temas cuando ella se marchó, sin bises ni concesión alguna, como la suave brisa rasgada de una noche de verano. Fue fugaz pero intenso. Fue la insuperable levedad de Lana del Rey.

Àlex Cubero