martes, 22 septiembre 2020 23:50

“El Verdugo”, 50 años de una obra maestra del humor negro

Unas semanas antes, el 17 de agosto, los anarquistas Enrique Granado y Joaquín Delgado fueron ejecutados mediante garrote vil, acusados sin pruebas de un atentado terrorista en Madrid.

Aún estaba reciente el fusilamiento del comunista Julián Grimau y al régimen franquista le quedaba una década de ejecuciones por delante.

El guión de Rafael Azcona y Berlanga contaba la historia de un joven empleado de funeraria (Nino Manfredi) que, para no perder el piso de protección oficial en el que vivía la familia, se ve obligado a suceder a su suegro (Pepe Isbert), que se jubila, en el oficio de verdugo.

La película recibió unos cortes previos, según ha contado el propio Berlanga, pero sorprendentemente pasó la censura en España. Fue el embajador en Italia, Alfredo Sánchez Bella, quien montó en cólera al verla, cuando el equipo se la mostró en Roma en una parada de camino al festival.

El embajador remitió una carta al ministerio de Exteriores en la que definía “El Verdugo” como “uno de los mayores libelos que jamás se han hecho contra España”.

Cuando el director de “Bienvenido Mister Marshall” llegó a Venecia, la delegación española había abandonado el festival en señal de protesta. Berlanga se llevó el Premio de la Crítica Internacional, pero no pudo volver a dirigir hasta 1967.

Antonio Gómez Rufo, autor de varios libros sobre el maestro valenciano, explica la habilidad de Berlanga para sortear la censura, siempre con humor socarrón e imaginación, y cómo al final lograba hacer el cine que quería hacer.

“Afrontaba los problemas desde una perspectiva tan estrafalariamente social, tan irónicamente ingenua, tan sarcásticamente inocente y tan desvergonzadamente agresiva que lo que menos se podía cruzar por la cabeza de los censores era que aquel cine quisiera decir algo, que tuviera una intención secundaria subversiva”, ha dicho.

Con todo, “El Verdugo” es más que un alegato contra la pena de muerte, más incluso que un testimonio de la España pobre y amordazada del franquismo.

Lo que hace de ella una obra maestra es que se trata de una historia universal sobre “la facilidad con que el hombre acaba cediendo a los condicionamientos sociales, se traga los elementales cebos que las circunstancias le tienden y queda sujeto a las garras de un estado de vida que no es el que íntimamente habría deseado”, en palabras del director.

El tándem Azcona-Berlanga, uno de los más fértiles del cine español, se había inspirado en un caso real, el de Pilar Prades, “la envenenadora de Valencia”, la última mujer condenada al garrote vil en la España de Franco, cuyo verdugo se resistió a ejecutarla.

Juntos ya habían demostrado antes su nivel creativo en títulos como “Plácido” (1961) y seguirían colaborando a lo largo de dos décadas más en películas como “La escopeta nacional” (1978), “La Vaquilla” (1985) y “Moros y cristianos” (1987).

La amistad, en cambio, se acabó rompiendo. El propio Berlanga lo explicó diciendo que él era “un tocacojones con los guionistas”.

En cuanto a Azcona, dijo que “se cansó de pasarse tres meses metidos en la cafetería de El Corte Inglés elaborando un guión. Nos gustaba el sitio porque era un fresco de la sociedad española, pero claro, yo, si bien me ajustaba a todo en cine: presupuesto, días de rodaje, etc., en el guión no: ahí siempre pedía tiempo indefinido”.

Lo que no le impedía admitir que el riojano fue también el guionista con el que mejor se entendió nunca.

Magdalena Tsanis.