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Esta alternativa culinaria engloba a todos los grupos alimentarios sin restricciones. Carnes, lácteos, frutas y verduras tienen cabida en ella. El único requisito para que un alimento sea considerado como orgánico es el de no contener agentes industriales. Un movimiento sostenible que en ocasiones se confunde con las dietas vegetarianas y veganas -debido a sus normas a favor de lo «eco» y lo «verde»- o con los principios del Raw food, una técnica en la se cocinan alimentos orgánicos de origen vegetal a más de 40º grados.

Esta forma de entender la alimentación es un pacto de respeto con el medio ambiente y un compromiso importante con el sector de la agricultura y la ganadería tradicional. Muchos defienden que los comestibles etiquetados como orgánicos son siempre frescos, presentan un gran sabor y mejoran nuestro sistema inmunológico. Esto último vendría derivado de que no incluyen sustancias artificiales. 

Sin embargo, hay una barrera insalvable para que la cocina orgánica llegue al consumidor final de forma masiva: el precio. Su coste de producción tan elevado encarece el valor final del producto muy por encima de otro no orgánico. Además un estudio reciente -elaborado por investigadores de la universidad norteamericana de Stanford- ha descubierto que las diferencias nutricionales entre esta comida y los productos concebidos en cualquier otra explotación no son tantos. Las vitaminas, nutrientes, calorías o minerales entre ambos siguen siendo prácticamente los mismos.