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A modo de ejemplo podríamos considerar a la Iglesia como una cesta de mimbre, con muchos siglos de existencia, que ha sido llevada de acá para allá y, como es lógico, sin perder nada de su propia condición, ha incorporado elementos ornamentales, que la han embellecido y, ¡cómo no!, deterioros y desperfectos, que es necesario reparar. Es ésta una característica que la Iglesia tiene siempre presente…