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Lo que prometía ser un interesante mano a mano entre Ponce y Morante se quedó en una encerrona improvisada del primero de ellos, saliendo, a la postre, bien parado ya que supo aprovechar la ocasión y cortar las orejas que se ganó para salir a hombros de una plaza que con un lleno total, tuvo otro protagonista, en lo negativo, “Morante”, que se cobró una cornada fuerte pero limpia.

En el primero del lote que correspondió a Ponce no pudo hacer nada ya que fue el más flojo del encierro, resultando un manso de solemnidad que además se caía por lo que lo despachó pronto sin obtener ni merecer nada. El segundo, un toro de 453 kilos, huidizo y de nombre “Oloroso”, lo recibió Morante con ganas de hacer cosas, y lo cierto es que se lució desde el principio con buenas verónicas en el capote. Después se fue a los medios y también le sacó buenos pases naturales y de pecho. Cuando mejor se encontraba el torero, ajustándose y arrimándose mucho al toro, tal vez en un descuido, en el tendido de sol cinco, fue cogido en el muslo izquierdo, inundando la plaza de un sobrecogedor miedo hasta que pudieron retirarle a la enfermería, para ser operado de urgencia en la misma plaza.

Seguidamente el toro fue matado por Ponce que recibió la oreja del toro para su compañero Morante. A partir de la cogida grave de Morante, y con el susto de todos los aficionados en el corazón, todo el peso de la corrida pasó para Ponce, y la verdad es que sacó su repertorio y provecho a unos toros, de poco peso y que, aunque escasos de fuerzas, cumplieron y no se vinieron abajo.

En el tercero, Ponce toreó con temple y sabiduría, aunque sin exponer mucho, sacando pases de todo tipo para el agrado de los espectadores, que veían con buenos ojos lo que hacía el matador en la plaza. Una entera le hizo acreedor de dos orejas y coger confianza de cara a los tres últimos toros que aún le quedaba por matar. El cuarto, toro que no estuvo mucho por la labor de colaborar, Ponce quiso sacarle pases y lo consiguió con varios redondos que agradaron el público sobre todo de sol, muy bullicioso, pero con la espada no tuvo fortuna.

Como en la corrida se alternó lo bueno y lo malo, en el quinto tocaba hacer cosas interesantes y Ponce, que ya estaba entregado a los toros y al público, y dispuesto a abrir la Puerta Grande, echó toda la carne en el asador, y, de principio a fin, estuvo bien tanto con el capote como con la muleta. Si a esto se añade que mató de una entera, las dos orejas que le concedió el presidente ya le servían para redondear una buena tarde, y de paso abrir la Puerta Grande en la primera de feria y desquitarse de actuaciones anteriores en el coso oscense donde no tuvo la oportunidad de sacar tanto provecho.