La Iglesia católica conmemora cada 6 de enero la festividad de San Pedro Tomás, un santo carmelita francés que dedicó su vida a la diplomacia eclesiástica y al ecumenismo en el siglo XIV. Nacido en 1305 en Salas de Belvés, en la región francesa del Perigord (actual Dordoña), este religioso destacó por su extraordinaria habilidad para mediar entre reyes cristianos y tender puentes con las Iglesias ortodoxas orientales. Su legado como patriarca latino de Constantinopla y arzobispo de Creta lo convierte en una figura fundamental para comprender los esfuerzos de unidad cristiana previos a la Reforma protestante.
Las circunstancias de su muerte, ocurrida el 6 de enero de 1366 en Famagusta (Chipre), estuvieron marcadas por las heridas sufridas durante la cruzada contra Alejandría liderada por Pedro I de Chipre apenas tres meses antes.
Formación carmelita y ascenso diplomático
San Pedro Tomás ingresó en la Orden del Carmen a los veinte años, profesando en Bergerac antes de comenzar sus estudios filosóficos y teológicos. Durante dos años se formó inicialmente en su convento, para después trasladarse a Agen y Burdeos, ciudades donde completó su preparación académica. En Albi ejerció como docente de lógica y filosofía, demostrando tempranamente sus dotes intelectuales que más tarde perfeccionaría en París. Su brillantez académica le permitió obtener el grado de maestro en teología en 1348, un logro notable para un religioso de su época, especialmente considerando que la peste negra asolaba Europa durante esos años.
La corte papal de Aviñón se convirtió en el escenario donde San Pedro Tomás desarrollaría su verdadera vocación diplomática. El papa Clemente VI reconoció rápidamente sus capacidades oratorias, encomendándole incluso la oración fúnebre papal. Sus sucesores continuaron confiando en él para misiones delicadas que requerían tanto sabiduría teológica como habilidad negociadora.
Misiones diplomáticas por toda Europa y Oriente
Las décadas de 1350 y 1360 convirtieron a San Pedro Tomás en uno de los legados papales más activos del período. Su labor diplomática abarcó desde Génova hasta Constantinopla, mediando en conflictos territoriales y comerciales que amenazaban la estabilidad cristiana. En 1352 negoció la paz entre Génova y Venecia, dos potencias marítimas cuyas rivalidades afectaban al comercio mediterráneo. Posteriormente fue nombrado obispo de Patti y Lipari en 1354, recibiendo la ordenación episcopal del cardenal Guy de Boloña antes de representar al pontífice en la coronación de Carlos IV de Luxemburgo como rey de Italia en Milán.
Entre 1357 y 1359, el santo carmelita emprendió su misión más ambiciosa: lograr la unificación de las Iglesias de Oriente y Occidente. En Constantinopla, sus sermones ante el emperador Juan V Paleólogo lograron un éxito inusual:
- Convenció al monarca bizantino para reconocer la supremacía de la Iglesia romana
- Obtuvo el apoyo de diversos nobles orientales para las negociaciones ecuménicas
- Estableció vínculos diplomáticos que perdurarían décadas
- Realizó una peregrinación a Tierra Santa y al Monte Carmelo, fortaleciendo su identidad religiosa
Su nombramiento como arzobispo de Creta el 6 de marzo de 1363 y posteriormente como patriarca latino de Constantinopla el 5 de julio de 1364 (cargo simbólico sin sede residencial) consolidaron su posición como máximo representante papal en Oriente.
Cruzada de Alejandría y muerte en Famagusta
Los últimos años de San Pedro Tomás estuvieron marcados por su participación en la cruzada contra Alejandría de octubre de 1365. Como legado papal y supremo representante eclesiástico, acompañó las tropas de Pedro I de Chipre en esta expedición militar que, aunque logró tomar temporalmente la ciudad egipcia, fue rápidamente abandonada por temor a un contraataque turco. La tradición carmelita sostiene que durante uno de los asaltos, una flecha hirió gravemente al obispo, comprometiendo su salud de forma irreversible.
Tres meses después del asalto, San Pedro Tomás falleció en el convento carmelita de Famagusta, en Chipre. Los relatos de su muerte destacan su austeridad incluso en los momentos finales: pidió ser colocado en la tierra desnuda con una soga al cuello para hacer penitencia hasta exhalar su último aliento. Según las crónicas carmelitas, la Virgen del Carmen intercedió durante sus últimos instantes para alejar las tentaciones demoníacas que lo asediaban. En 1375, la Orden del Carmen solicitó su canonización al papa Gregorio XI, proceso que culminaría siglos después con el reconocimiento oficial de su santidad.









