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Nulidad eclésiastica

Pocas veces algo que ha sido objeto de tan grande debate se ha convertido en una creencia generalizada errónea o inexistente. Sobre la nulidad matrimonial eclesiástica se han vertido ríos de tinta; la prensa digital lo ha convertido en un tema recurrente; los foros de opinión y las redes sociales se encuentran plagados de comentarios y opiniones. Pero si podemos estar seguros de algo es que la nulidad matrimonial eclesiástica, a pesar de todo, continúa siendo algo casi totalmente desconocido para la mayoría de la gente. Desconocido, desde luego, pero también como algo extraño, complejo y poco accesible. Lo cierto es que esto supone una conclusión totalmente alejada de la realidad. 

Nunca es una cuestión que quede completamente olvidada. Es más, conserva un interés latente que aflora en mayor o menor medida según las circunstancias. La última vez que hemos asistido a un ejemplo de ello ha sido cuando después del verano de 2015 conocimos la reforma del Papa Francisco sobre el proceso de declaración de nulidad matrimonial eclesiástica. La noticia acaparó buena parte de la importancia informativa de aquellos días en toda clase de medios de comunicación y suscitó, como cabía esperar, toda clase de opiniones en foros y redes sociales. 
¿A qué se debe que la mayoría de quienes opinan estén muy lejos de acertar sobre la auténtica realidad de esta figura jurídica? Es preciso considerar una premisa con carácter previo. A nadie se le escapa que, tratándose de una cuestión que atañe a la Iglesia Católica (el matrimonio es, ante todo y entre otras cosas, un sacramento), existe campo abonado para la proliferación de estereotipos y prejuicios. 
Apuntado esto, existen otros muchos motivos que colaboran en el desconocimiento o inexactitud de la nulidad. No es fácil recabar opiniones autorizadas al margen de la propia Iglesia, pues la mayoría de los abogados no tienen ni la formación ni la experiencia en derecho canónico como para ocuparse de tramitar la nulidad de los matrimonios de sus clientes. A diferencia de otros campos del derecho, en los que, además de los abogados pueden intervenir otros profesionales jurídicos, como los notarios, aquí solamente existe margen para una actuación de calado por parte de los letrados, puesto que los jueces y el ministerio público son desempeñados por sacerdotes o laicos nombrados por la Iglesia. 
La licenciatura en derecho no incluye la asignatura derecho canónico sino que lo engloba dentro de una categoría diferente y mucho más amplia, el derecho eclesiástico del estado. Ningún plan de estudios universitario ha contemplado del derecho matrimonial de la Iglesia Católica de un modo que pueda fomentar el interés o la atención, siquiera, de los jóvenes que cursan la licenciatura. Al contrario, quienes deseen llevar su formación jurídica por este cauce se ven abocados a acudir a las universidades de la Iglesia o a otra clase de estudios, como por ejemplo el estudio jurídico que organiza el Tribunal de la Rota de la Nunciatura Apostólica de España, que forma a los futuros abogados rotales.

Los honorarios excesivos de algunos abogados, como sería normal, no han sido vistos como la excepción sino como la práctica habitual, extendiendo la falsa convicción entre la mayoría de la gente de que se trata de un proceso de costes elevadísimos, al que únicamente una exclusiva y selecta minoría de personas acaudaladas tiene acceso. Nada más lejos de la realidad. Como un cualquier otro campo del derecho, la inmensa mayoría de los profesionales facturan sus honorarios razonablemente y con honestidad y la nulidad matrimonial eclesiástica no es más cara que otros muchos procesos civiles. 
Las publicaciones relativas a derecho matrimonial canónico son mucho menores cuantitativamente que las que se refieren a otras disciplinas jurídicas y, sobre todo, la jurisprudencia de los tribunales eclesiásticos no se publica de un modo accesible a cualquier persona. Por ejemplo, las sentencias de los tribunales especiales de la Santa Sede, como el Tribunal de la Rota Romana, únicamente publica sus resoluciones en latín y suele hacerlo con varios años de retraso con respecto al año en que fueron promulgadas. 
En definitiva, por estas y acaso otras razones, la nulidad matrimonial eclesiástica sigue conservando, todavía hoy y sin que se atisbe posibilidad de cambio en contrario, su imagen cargada de mitos, prejuicios, falacias y creencias erróneas. La época de la llamada «sociedad de la información» que vivimos en nuestros días no parece haber contribuido a despejar este panorama sino, más bien, mantenerlo y oscurecerlo aún más. 
La nulidad matrimonial eclesiástica es una posibilidad abierta para todo el mundo, un proceso más lógico, rápido y sencillo de lo que se cree y con un coste asumible que prácticamente todo el mundo puede afrontar. Basta con asesorarse debidamente con un abogado experto, preferentemente un abogado rotal o abogado del tribunal de la rota, que suelen ser los profesionales más indicados para llevar estos asuntos. 

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