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La tregua da un respiro al barrio cristiano de Bab Tuma en Damasco

Susana Samhan

Damasco, 9 abr (EFE).- El alto el fuego vigente en Siria desde febrero ha dado un respiro a los vecinos del barrio damasceno de Bab Tuma, de mayoría cristiana y uno de los más castigados por la lluvia de cohetes que solía caer a diario en esta zona antes del inicio de la tregua.

«Estábamos ya acostumbrados, cada día había una media de diecisiete proyectiles de mortero» antes del cese de las hostilidades, explica a Efe George, uno de los residentes de este distrito del casco antiguo de la capital, que debe su nombre al apóstol Tomás.

Bab Tuma está a menos de un kilómetro de Yobar y de Ain Tarma, donde se ubica el frente de guerra en Damasco y desde donde grupos armados como el Ejército del Islam lanzaban cohetes contra la ciudad.

«Ahora con la tregua está todo tranquilo, tan solo escuchamos algunas noches el ruido de disparos de los terroristas del Frente al Nusra (filial siria de Al Qaeda) y el 'Dáesh» (acrónimo en árabe de Estado Islámico)», indica George.

Este vecino departe junto a otros habitantes de Bab Tuma en un taller de un modisto, situado justo enfrente de una casa que hace unos meses sufrió el impacto de un cohete.

Todavía quedan restos del ataque en la calle. Un coche completamente calcinado, cristales rotos y fachadas ennegrecidas por el humo del incendio que se desató dan cuenta de lo que ocurrió aquella tarde fatídica.

Emile, de 56 años y amigo de George, lo recuerda perfectamente. Su piso, donde vive con su mujer y sus tres hijos, está encima del local del modisto.

«A las 15.00 hora local (12.00 GMT) cayó un proyectil de mortero en un hotel próximo y hubo varios heridos. Dos minutos después cayó otro en un depósito de combustible que estaba en la azotea del edificio que tenemos enfrente, esto provocó un incendio y las llamas se extendieron por la fachada hasta que prendieron el coche», narra.

«La puerta de nuestro inmueble empezó a calentarse y empezamos a echar agua para que el fuego no se extendiera a nuestra casa -rememora-. Al final solo entró humo».

Por poco, Emile no revivió en Damasco la pesadilla que ya sufrió en su localidad de origen, Malula, de mayoría cristiana y de donde huyó tras la destrucción de su casa.

Esa población, localizada al norte de Damasco y famosa porque en ella aún se habla el arameo, la lengua de Jesucristo, estuvo controlada por el opositor Ejército Libre Sirio (ELS) y más tarde por el Frente al Nusra hasta que fue retomada por las fuerzas armadas sirias en febrero de 2014.

Mientras Emile habla, una señora mayor hace señas desde la entrada del edificio incendiado para enseñar los desperfectos.

Allí viven tres septuagenarios, Samira y su hermano Edmon en la planta baja, y Antoniette, que tiene un pequeño apartamento en el primer piso.

Edmon muestra las habitaciones, cuyas paredes todavía están oscurecidas por el humo, y la azotea donde había un depósito de 600 litros de combustible.

Pese a los momentos de pánico experimentados, Antoniette asegura que no tiene ninguna intención de mudarse de barrio o incluso de país, aunque su hijo vive en México, donde está casado.

«Siria bien, Siria bien, Siria bien», zanja Antoniette, que se anima a pronunciar alguna palabra en español.

No muy lejos de este lugar se encuentra la escuela Al Nur, en la que hace un año impactaron tres proyectiles de mortero y, según otra vecina del barrio, Sonia, de 49 años, «dejó a varios niños minusválidos».

Apenas quedan restos de los destrozos que tres cohetes ocasionaron en el tejado y el patio del colegio, que ya ha sido reparado.

Sonia se queja de que Bab Tuma es blanco de los ataques no solo por su proximidad a Yobar y Ain Tarma, sino también porque es un barrio de predominio cristiano.

Aun así, ella, su esposo y sus dos hijos se resisten a marchar: «Hacemos una vida normal, cuando hay cohetes la gente se queda cinco minutos en su casa y luego continúa con sus rutinas», afirma esta mujer.

De hecho, ninguna de las escuelas de esta área han suspendido sus clases por la violencia, «tan solo el colegio Al Nur después del ataque», señala Sonia.

Y es que la vida prosigue en Bab Tuma, de donde esta vecina dice que no se irá nunca. «Estamos orgullosos de nuestro barrio y confiamos en (el presidente sirio) Bachar al Asad», apunta.EFE

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