Quantcast

Musulmanes y cristianos: el reto de la convivencia en Bruselas

Bruselas es una de las capitales más diversas de Europa. En ella conviven trabajadores de la Unión Europea, eurodiputados, estudiantes procedentes de todo el continente y una de las comunidades musulmanas más grandes de la UE. Los expertos vaticinan que en 15 años serán más de la mitad de la población.

Los marroquíes comenzaron a llegar a la ciudad en los 60; los turcos, poco después, a partir de los 70. Hay otras procedencias, algunos argelinos, pero mucho menos significativas. En general hablamos de más de 40 años de convivencia que hacen que hoy la mayoría de los musulmanes en el país sean personas nacidas en Bélgica, de segunda, tercera y hasta cuarta generación; con un modelo de integración que tiene luces y sombras, y que tras los atentados de este martes podría sufrir convulsiones.

«Va a aparecer el racismo seguro. No creo que haya más personas racistas, sino que la gente que ya tenía este sentimiento y lo escondía, ahora se sentirá orgullosa», opina Réda, un técnico informático belga-marroquí que creció en el barrio bruselense de Schaerbeek y ahora reside en España. Réda se atreve incluso a vaticinar agresiones físicas «como sucedió en Francia«.

En su caso nunca se ha sentido discriminado (salvo en casos «puntuales«), y no cree que el racismo sea un sentimiento imperante en la sociedad belga. Sin embargo, reconoce que hay problemas de integración graves, y no duda de que lo sucedido este martes tendrá consecuencias para sus amigos y familiares. Incluso para él en España. «No me siento culpable, pero siento que me tengo que justificar», explica… «Supongo que es normal«, reflexiona poco después en voz alta.

No es raro en Bruselas que a un árabe no le dejen pasar a un restaurante o local nocturno por sus rasgo. O que le paren para registrarle por la calle por el mismo motivo.

Hablamos con otro ciudadano belga-marroquí que prefiere no dar su nombre, pero que mantiene una visión más optimista. «Va a ayudar a confratenizar«, asegura. En su opinión, la mayoría de los belgas sabrá distinguir entre «esos locos» y la comunidad musulmana. «No son los musulmanes contra los cristianos. No es la guerra de religiones«. Le parece importante resaltar que se trata de una lucha contra un enemigo común. En este sentido su mujer nos recuerda que, a pesar de las dificultades, la integración en Bélgica sigue siendo mucho mejor que en España. «En Bruselas con un nombre árabe puedes aspirar a todo; ser un alto ejecutivo o incluso un cargo político. En España no«.

MOLENBEEK, UN MUNDO APARTE

En Bruselas el paradigma del choque cultural tiene nombre propio: Molenbeek. Este barrio, el mismo en el que el pasado fin de semana fue detenido Salah Abdeslam, el mismo que han comerciado con armas o se han escondido otros yihadistas, como Mehdi Nemmouche, el francés de origen argelino que atentó contra el Museo Judío de Bélgica el pasado 24 de mayo de 2014.

Molenbeek se ha convertido en un gueto dentro de la capital belga. Un gueto no solo para el islamismo radical, sino también un gueto económico: el 40% de los jóvenes de Molenbek están en paro. El propio primer ministro belga, Charles Michel lo ha llegado a definir como «un problema gigantesco«.

«Es un barrio totalmente abandonado. Han creado su propio país dentro del país«, explica Réda. En su opinión, es este caldo de cultivo, donde imperan la delincuencia y la marginación, el que hace que algunos busquen en el islamismo radical una vía de escape «para ir al paraíso«. Sugiere Réda que las autoridades belgas han mirado para otro lado «mientras los choques eran dentro, entre ellos», y ahora se han visto desbordados.

Por otra parte, denuncia y dice no entender que «dejan que vengan imanes de Arabia Saudí, les dan visados, cuando profesan el wahabismo«. Según Réda él mismo se ha encontrado en Bruselas en mezquitas con estos discursos «que hablan de los occidentales como gente muy mala«.