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Y si soy una 'talibana' de la teta, ¿qué?

Sí, lo reconozco. Formo parte de ese minúsculo porcentaje de españolas que ha decidido seguir las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud sobre lactancia materna y con mucho orgullo sigo dando la teta a mi hija a pesar de que ha cumplido 2 años y el curso que viene comenzará el colegio. ¡Otra 'talibana' de la teta! Pensaréis muchos de los que os disponéis a leer esto. Genial. No me importa. Ya me he acostumbrado.

Empezando por mi madre: “Hija, es que eso ya no lo hace nadie”. O mi suegra: “¡Chica! va a hacer la primera Comunión y aún sigue mamando!”. Ambas airean con orgullo que en su vida dieron la teta y que sus hijos salieron listísimos. Me parece estupendo. ¿Acaso yo les hubiera recriminado a ellas la opción que eligieron?

También he tenido que escuchar frases del tipo: “Es que no todas las madres pueden dar el pecho y tener que aguantar corrientes de opinión prolactancia materna les hace sentirse fatal”. ¿Y? ¿Acaso quienes sí podemos tenemos la culpa de eso? Jamás se me ocurriría convencer a alguien para que dé la teta. ¿Quién soy yo para hacerlo? De la misma forma que nadie me va a convencer a mí de todas las ventajas que tiene dar el biberón. ¿Por qué? Porque yo no se las veo, la verdad.

Pero la cosa no queda ahí. Mi hermana o mi marido, sin ir más lejos, me han recomendado de forma insistente en los últimos meses que deje de dar la teta a mi hija porque, según ellos, la culpa de que no duerma aún del tirón es mía. ¿Y de quién es entonces la culpa de que no duerma del tirón la mayor, que ya no toma teta desde hace dos años? ¿Y la culpa de que mi padre no duerma del tirón?

No es que piense que todo mi entorno y la sociedad en general se han vuelto en contra de mí por ser considerada una 'talibana' de la teta. Por cierto, vaya calificativo tan feo para definir a las mujeres que deciden libremente convencidas intentar dar lo mejor para sus hijos. Pero es que a veces me da por pensarlo. Os cuento.

Consulta de odontóloga pediatra. Me presento con mi hija mayor (la que también tomó teta hasta los 2) porque le duele una muela. Por supuesto, una caries. Y aparte de esa, otras tres de propina a razón de 60 euros cada empaste (¡muy típico!). ¡Cuatro caries con 4 años! Le comento que si eso es normal, que ella no es una niña de comer muchas 'chuches' y que si puede tener que ver con que su esmalte dental es débil (recuerdo que el mío lo era y que mis tardes de la infancia las pasaba más veces en la consulta del dentista que viendo Barrio Sésamo). Pero no. Atención a su contestación. “¿Esta niña tomó teta durante mucho tiempo?”. “¿Perdón?”. “Sí, hay muchos factores que pueden desencadenar las caries a edades tempranas y, una de ellas, es la lactancia materna prolongada”. Lo que me faltaba por escuchar. Una profesional de la odontología pediátrica que contribuye a engordar un bulo desmentido por la mismísima Asociación Española de Pediatría. “¿Y cuál es el problema con eso?”, le pregunto. “Pues ni más ni menos que la leche materna tiene bacterias al igual que la leche de vaca y otros alimentos y que si la niña se duerme con el pecho y no le lavas los dientes después, ocurre eso”.

Sinceramente me quedo a cuadros ante una respuesta tan absurda por parte de una profesional. “¿Tenía que haberle lavado los dientes incluso cuando no los tenía?”. Le rebato con todo mi arsenal de argumentos tras haber investigado sobre la materia (sí, es otra de las cosas que se nos atribuyen a las 'talibanas' de la teta, que leemos demasiado sobre el tema) y trato de convencerle de que el rumor de las caries provocadas por la teta es más viejo que mear y que me extraña que una odontóloga pediatra contribuya a su difusión. Algo molesta con mi respuesta y con pocos argumentos más, solo acierta a decirme que “todos” sus compañeros están en la misma línea. “¿Todos? Perdón, todos no creo. Hay informes elaborados por compañeros odontólogos que tachan de absurda su teoría”. Y le muestro un ejemplo. “Todos los odontólogos pediatras”, me corrige. Y finalmente, con considerable cara de mala leche, me espeta un: “Bueno, son 25 años de profesión y es lo que he visto. Piensa lo que quieras”.

Precipita mi marcha de la consulta de la que me voy con cara de imbécil -previo pago en efectivo porque no admite pago con tarjeta (¿perdón? aún más cara de imbécil)- y con un inevitable sentimiento de culpabilidad decido por mi cuenta ir a otro odontólogo pediatra del centro de salud de mi barrio con la lógica preocupación por el estado de la dentadura de la pequeña que, como os he dicho, sigue tomando teta. ¿Y qué me dice? ¡Que está más sana que una manzana! “Bueno, pues menos mal”, le digo aliviada a la dentista, mucho más joven y reciclada, por cierto. Ya empezaba a sentirme mala madre por no lavarle los dientes después de cada toma… Me pregunto si lo harán las madres de los niños que dan el biberón a sus hijos. Desgraciadamente, la caries del biberón sí están demostradas.

Ella, la chiquitina, ya lo entiende todo, porque es lista. Y no soy yo la que diré que lo es porque la teta le ha elevado su coeficiente intelectual (para ello ya está la revista británica The lancet, que hace un mes publicó un estudio científico al respecto). Y ha entendido que la teta solo se la voy a seguir dando por las noches, que hay gente a la que le molesta que lo hagamos de día en un parque o en un restaurante. Y no estoy dispuesta como sugieren los 'antiteta' a meterme con ella en un cuarto de baño como si hubiera que ocultarse de algo tan natural. Nadie comería un filete aspirando los aromas del w.c. de un bar. Pues bien, también lo ha entendido. Y que cuando vaya al cole en septiembre, eso, al igual que el pañal, habrá que quitarlo. Es ley de vida. Tampoco pretendo que llegue a la adolescencia enganchada a mi teta. Y no creo que a ella le guste la idea, la verdad. Lo ha entendido. Lo entiende. Porque habla y escucha. Habría sido más fácil privarle de su manjar cuando la pobre no hablaba. ¿Pero sabéis? No me apetecía. De hecho, si me hubiese dejado llevar por las opiniones mal informadas de algunos profesionales de la salud con los que he tenido la mala suerte de toparme todo este tiempo (la ginecóloga que me pidió destetar a la mayor cuando estaba embarazada de la pequeña porque podría acelerar mis contracciones hasta el aborto natural o el reputado pediatra que me dijo que le metiera los cereales a los cuatro meses porque si no solo con la teta se iba a quedar famélica) habría precipitado un destete precoz que ni ella ni yo deseábamos. Pero decidí ser la incauta que sigue las recomendaciones de la OMS, una 'organizacioncilla', parece ser, de poca monta.

¡Ah, por cierto! Olvidé presentarme y decir que sigo en activo. Y que no vivo en un arrozal africano, que soy periodista y vivo en Madrid. Que tras mis 16 raquíticas semanas de baja maternal por cada hija me reincorporé normalmente a mi puesto de trabajo, y que no lo dejé todo por la teta. Quizás eso me haga un poco menos 'talibana' a ojos de la sociedad, quien sabe. Si habéis llegado hasta el final de esta reflexión en voz alta, no quiero que penséis que estoy contra vosotras por haber decidido dar el biberón de forma prolongada. Por favor, de la misma forma, os pido yo a vosotras que dejéis de considerarme una loca 'talibana' si alguna vez me véis consolar a mi hija con la teta porque se ha caído en el parque. Creo que todo será más fácil cuando nosotras empecemos a respetarnos. Y si no es por nosotras… al menos hagámoslo por nuestros hijos.

Cualquier persona que se haya sentido ofendida, no ha sido mi intención.

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