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Más de 80 años sirviendo churros a los vecinos de Móstoles

En los últimos años, Móstoles ha visto nacer distintas churrerías en las que poder tomar un chocolate con churros y porras. Este auge también se dio desde finales de los años 80 hasta los noventa, época en la que se abrieron más de diez churrerías. Sin embargo, la tradición churrera en la ciudad viene de antes de la guerra.

La Churrería Pradillo fue uno de esos primeros establecimientos de la ciudad, que abrió en el año 1929 y que, aunque han pasado más de 80 años, sigue siendo una de las más famosas de la zona. Agustín Hernández, propietario del comercio, sigue junto a su mujer Julia, sus hijos Olivia y Francisco y su yerno Rafael regentando este negocio que se ha visto perjudicado por la crisis y la invasión churrera.

«La churrería se abrió ya que mi madre, una mujer muy lanzada, le pidió a mi padre que le trajera un churrero de Madrid para que le enseñara el oficio. Entonces, había un sindicato de churreros en la capital que envió a un maestro tres meses hasta que mi madre aprendió a hacer los churros y las porras», explica Agustín a Qué!.

Los dos primeros años, el establecimiento estuvo en la actual avenida de la Constitución, hasta que en 1931 la primera generación de churreros compró una casa en la plaza del Pradillo donde estuvieron hasta 1990, cuando se trasladaron a la plaza de Andrés Torrejón frente a la casa del famoso alcalde de 1.808.

Al igual que otros comercios, esta familia sufrió las calamidades de la Guerra Civil, que les impidió abrir durante los años del conflicto su fábrica de churros. «Cuando pasaron varios años, comenzamos a abrir los domingos y festivos, hasta que volvimos a la rutina normal», cuenta Hernández mientras que hace una veintena de churros para los clientes que hay en el mostrador.

UN NEGOCIO MUY FAMILIAR 

Este comercio, que no cierra ningún día del año, sigue manteniendo el espíritu familiar con el que se fundó la churrería hace varias décadas. Mientras Agustín supervisa el negocio sus hijos y su yerno que realizan las funciones de obradores y dependienta.

«Nuestra jornada comienza a las cuatro y cuarto de la mañana, cuando calentamos el agua. Seguidamente, preparamos las cajas donde llevamos el reparto y esperamos a que comience a cocer el agua para hacer la masa. Después, se calienta el aceite para poder hacer los churros y las porras, que normalmente es a las cinco de la mañana», cuenta Francisco, que añade que están abiertos al público hasta las 10:45 horas entre semana y hasta las 11:30 los fines de semana, además de abrir los domingos por la tarde en invierno.

Según comenta Rafael, «la jornada es muy dura porque tienes mucho descontrol de sueño, pero es satisfactorio seguir trabajando en un negocio que lleva más de 80 años en funcionamiento». En este sentido, Olivia manifiesta que disfruta mucho trabajando ante el mostrador ya que los clientes son muy majos, siendo una gran mayoría asiduos a la compra de porras y churros.

«Hay mucha clientela fija, pero también hay nuevos que vienen a probar los churros y las porras porque alguien se los ha recomendado. Y aunque hemos notado el descenso de la clientela de los últimos años, podemos asegurar que los clientes de toda la vida han sido fieles y no han cambiado de establecimiento», asegura la hija del propietario.

«SEGUIMOS HACIENDO LOS CHURROS COMO ANTAÑO»

Una de las características fundamentales por la que sigue funcionando la Churrería Pradillo es por la manera de hacer los churros y porras, además de la textura y sabor que todos sus clientes aseguran que es diferente.

«Hay muchas churrerías que ya trabajan con máquinas. Nosotros seguimos haciendo la masa como antaño, porque la maquinaria nunca iguala a lo manual. Es lo mismo que los chorizos que antiguamente se hacían a los que hoy se fabrican con máquinas», explica Agustín, que además añade que dependiendo de las manos que amasen la textura es diferente.

Asimismo, el churrero dice que hoy en día se ha perdido bastante la tradición de desayunar churros con porras en las cafeterías, al igual que ha cambiado la forma de despachar los churros, ya que antiguamente se metían en juncos y hoy han pasado a llevarlos a casa en bolsas de papel y plástico.

«Muchas veces, cuando los clientes iban a casa con los churros en los juncos, tenían que volver a la churrería porque algún perro llegaba por detrás y los enganchaba», bromea Agustín.

¿LLEGARÁ LA CUARTA GENERACIÓN DE CHURREROS?

Mientras que Agustín y su padre dieron por hecho que la tradición familiar seguiría en la churrería, la tercera generación no tiene tan claro que sus predecesores sigan adelante con el negocio de toda una vida. 

«Me gustaría que mis hijos siguieran haciendo churros, pero me parece que no lo tienen entre sus planes de futuro. Creo que es un oficio que aunque hoy en día está en auge, se está perdiendo la esencia churrera, es decir, el producto elaborado artesanalmente y el trato directo y cercano con el cliente», dice Olivia

Al igual que Olivia, Francisco no sabe qué hará su hijo cuando sea mayor. «De momento la profesión está por definir», bromea. Sin embargo a Agustín sí que le gustaría que siguiera el negocio familiar adelante. «Estaría bien que mis nietos tomaran las riendas del negocio algún día, pero eso es decisión de cada uno», concluye el propietario.