Quantcast

¿Y el feminismo clásico? Lo ideal no es repartir el tiempo con los hijos, sino compartirlo

Tantos años clamando desde la trinchera feminista -con razón casi siempre- y ahora un estudio parece empeñado en demostrar que lo moderno, el perfil más nuevo de las familias españolas y el reparto del tiempo de padres y madres con los hijos, no es el reparto del mismo, sino compartirlo. ¿Cómo hemos llegado a esa conclusión? Porque es mentira que a padres y compañeros más colaborativos les correspondan siempre madres y compañeras más relajadas o desocupadas en el hogar y en la crianza de los hijos. Es más, las madres unidas a padres colaborativos multiplican su jornada doméstica. Estamos ante un nuevo diseño familiar en el que las cargas familiares no solo recaen repartidas en los hombros de la pareja, sino que lo hacen, en muchas ocasiones, a la vez. Es decir, cuando ella va al parque con la progenie, él no se queda en casa, ve fútbol o se dedica a otros menesteres. No. Lo que sucede es que ambos progenitores van juntos y comparten a la vez el tiempo con sus vástagos. 

Esto puede parecer una paradoja porque choca con las teorías economicistas y feministas que indican que una mayor dedicación de los padres en el hogar descarga y descargará a las madres de las labores de casa y el cuidado de los hijos. Una premisa que solo es verdad hasta cierto puto como demuestra el estudio del que nos ocupamos. Según sus resultados, cuando ellos dedican más de 15 horas semanales a disfrutar del tiempo con los niños y a tareas del hogar, la implicación femenina crece por encima de la media. 

                                    

Julià y Escapa explican, basándose en el análisis de una muestra de 1.926 familias formadas por dos progenitores y al menos un hijo, que lo que parecía de entrada lógico es que la proporción fuese a la inversa -si el hombre entra en casa, la mujer aligerará sus cargas-, pero sucede justo lo contrario cuando la dedicación es intensa, y aquí radica la novedad de la investigación. Esto se debe, sostienen, a una nueva configuración familiar y a novedosas estrategias emergentes basada en la «inversión de tiempo» en el hogar y, sobre todo, en la relación con los hijos. Todo va encaminado a que padres y madres comparten actividades, sin dividirse las tareas. Básicamente estamos hablando de «familias que consideran que este tiempo dedicado aporta beneficios cognitivos y emocionales a los pequeños», sostiene Escapa.

Según el análisis realizado sobre casi 2.000 familias catalanas, se observa que en este tipo de familias donde hay una estrategia común de decisión normalmente la mujer tiene estudios superiores, y no hay un patrón común de edad. Hasta ahora, comentan la profesora de la UB y el investigador, «los estudios sobre conciliación entre vida profesional y personal se han basado en comparar hombres y mujeres, y ahora se introduce la comparación entre modelos de familia». Es decir, sin que más de uno implique menos del otro.

Lo que está claro es que estos nuevos modelos familiares no cumplen con las teorías clásicas, o que deben analizarse desde una perspectiva diferente sin perder por ello la referencia de que la brecha de sexos sigue presente. 

MÁS PADRES EN LAS APAS

La profesora Escapa indica que la mejor muestra del cambio de roles y del avance de la nueva estrategia se ve perfectamente con un fenómeno muy claro: la presencia activa de los padres en las ampas, su interés por lo que sucede en la escuela, su asistencia a las reuniones del cole multiplicando las actividades en común y en compañía de los hijos. Salidas, excursiones, asistencia conjunta a actividades extraescolares y también tareas estrictamente de la casa.

Esta pequeña revolución del modelo de familia no depende del nivel económico, o del número de hijos, el tiempo disponible de cada uno de sus miembros o, incluso, de la remuneración de sus padres: Es una apuesta por un determinado estilo de vida.

                               

PERFIL DE LOS DISTINTOS HOMBRES

Ante esta nueva perspectiva, podemos estar ante una nueva clasificación de hombres y la figura paterna atendiendo a sus preferencias con respecto al matrimonio. 

1.- Los hardliners (línea dura): Son la versión masculina de la mujer tradicional y prefieren emparejarse con aquellas que están dispuestas a asumir la mayor parte del trabajo doméstico. Según los estudios de Richard Breen y Lynn Prince Cooke, si este perfil de hombres convive con mujeres más centradas en su carrera profesional, es fácil que aparezcan conflictos. Y en caso de que por motivos económicos no puedan externalizar parte del trabajo doméstico, hay muchas posibilidades de que se separen. 

2.- Adaptable: Con una inclinación por evitar en la medida de lo posible el trabajo en casa, pero se arremangaría si viese que con ello peligra la relación con la pareja. La flexibilidad impera en la relación de la pareja respecto al tiempo en familia y en el hogar.

3.- Colaboradores: Por último, estarían los que ya se ha citado como colaboradores, cuya actitud con respecto a la implicación en el hogar -en otras cosas ya no se entra- no plantea conflicto relacional. 

Esto es la teoría, que sí, que está muy bien pero,  ¿lo tienen fácil aquellos que apuestan por un nuevo tiempo en familia? La media de dedicación a las labores domésticas es de 23,5 horas por parte de las madres, y de 7,8 de los padres. En el actual contexto socioeconómico, desarrollar lo que se denomina una parentalidad positiva y de plena implicación choca contra las exigencias laborales. Ser un padre colaborativo requiere, además de voluntad, la oportunidad,  y esta escasea. 

Pese a ello, existe una tendencia creciente de considerar la inversión del tiempo en los hijos no sólo como algo positivo para los pequeños, sino de enriquecimiento general. Julià y Escapa comentan que esta paternidad emergente que se observa abre la puerta a un efecto contagio que suponga que a medio y largo plazo ya no solo la practique una minoría. Esto puede crecer, recuerdan, si se acompaña de unas políticas públicas y un mercado de trabajo para ellos y para ellas. Porque lo que escuece es que la desigualdad persista observada desde las clásicas estructuras hasta las más nuevas.