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«Querer un vestido de novia alquilado no significa que nos conformemos con cualquier cosa»

De Perogrullo resulta decir que el vestido de la novia es siempre el secreto mejor guardado de una boda y que, por mucho que cambien las modas, el blanco, en cualquiera de sus tonalidades (si piensas que solo hay una es porque no conoces a Sorolla), sigue siendo el color por excelencia.

Según explica Merche Segarra, Directora Creativa de la marca Jesús Peiró, «es un producto estable en lo que a modificaciones de moda se refiere, pero siempre hay cambios, por pequeñas que sean». Así, para este año dice Segarra que las mangas, cortas o largas, ganan protagonismo frente a los de palabra de honor, «que sigue habiendo». 

Además, siempre «hay apuntes de color cobrizo, mantequilla, pastel y tonos peladilla». Toques que marcan pequeñas diferencias y que, en muchos casos, vienen en los imprescindibles complementos. «Siempre hay giros, pero al final lo que triunfa es el blanco», reitera Segarra.

Además, también se demandan este año escotes en la espalda y, sobre todo, tejidos «blandos y cómodos». Vestidos sencillos, como el modelo de Adolfo Domínguez que luce la modelo sobre estas líneas, o los que propone en su nueva colección Jesús Peiró (imagen de portada). 

Los precios, por supuesto, como los puñetazos. En el caso de Peiró, hay cosas a partir de 1.400 euros, pero la media que se gastan las novias ronda los 2.000 (con o sin complementos, que para eso hay distintos gustos).

La opción del alquiler gana adeptos

Sin embargo, con los tiempos que corren, tan poco halagüeños para todos, la opción de alquiler, comprar de segunda mano o recurrir a temporadas anteriores están cada vez más presentes. «La novia que se empeña en un vestido lo va a pagar como sea», dice Segarra, «pero si es cierto que en España, Francia, Bélgica, Italia y Holanda empieza a pesar más la preocupación por el precio que el gusto por la moda».

De ahí que cada vez más novias se planteen la opción del alquiler, como ha sido el caso de Natalia Lobo, Sara Ramos y Rosabel García. Natalia se casó en Asturias en septiembre de 2008 y entonces no pudo alquilar porque «no había posibilidad de alquilar» en su tierra. Igual que Rosabel, que contrajo matrimonio el pasado mes de septiembre y buscó por todos los medios un vestido de novia de alquiler… en Asturias.

«Pero no había y al final me salía más caro salir fuera de la comunidad a alquilarlo que comprar uno». Así que acabaron adquiriendo por falta de posibilidades. «Pero para el uso que se le da y tenerlo toda una vida en el armario, no compensa comprarlo», dice Natalia. «De hecho», añade entre risas, «yo alquilo o vendo el mío si alguien tiene interés (que es de Rosa Clará, ¿eh?)».

Sara Ramos, periodista, organizó su boda en unos pocos meses: los que separan febrero y abril. Buscó vestido de alquiler («en realidad miré todos los vestidos que había en Internet, que debían ser más de 800», dice riendo), pero no encontró nada que se adaptara a lo que ella quería. «Porque, vamos a ver», dice Ramos, «el alquiler me parece una buena opción y muy coherente, pero es que no hay vestidos buenos en alquiler».

Y entonces, explica: «Yo pagaría por un Valentino o un Rosa Clará un alquiler, el problema es que todo lo que me encontré, lo primero, no era mi estilo y luego, parecía como de muy baja calidad. ¿Por qué? ¿Por qué no se puede alquilar un vestido de novia de buena calidad, como pasa con los chaqués?», se pregunta. Y añade: «Querer un vestido de novia alquilado no significa que nos conformemos con cualquier cosa».

En un vistazo rápido, en Internet han proliferado las empresas de alquiler de vestidos de novia que ofertan diseños a partir de 200 euros. Una opción sin duda mucho más barata que ir a cualquier tienda, «pero es que hay un déficit bastante grande en tendencias», concluye Ramos.