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La Movida madrileña, a debate: ¿fue para tanto o no?

De la Movida madrileña se ha dicho casi todo y hasta la saciedad. Películas, exposiciones, homenajes y programas de televisión han configurado ese retrato público dominante que, sin embargo, se le niega a todo lo que ha sucedido después en el campo de la cultura juvenil. O a lo que está ocurriendo ahora mismo. Pareciera que en los últimos treinta años sólo ha existido la Movida madrileña.

El libro 'El año en que España se volvió loca' de la periodista Patricia Godes tiene como hilo conductor el disco 'Grandes Éxitos' de Alaska y los Pegamoides y aporta la mirada distinta de quien vivió desde dentro ese torbellino y sintió arcadas desde la primera vuelta.

Se suma a otros títulos publicados este año como 'Mecano 82' o 'El estado de las cosas de Kortatu. Lucha, fiesta y guerra sucia', que también han alumbrado algunas zonas de sombra del pop y la sociedad española en los años ochenta.

Patricia Godes, Víctor Lenore, director de Cara B, la línea de la editorial Lengua de Trapo que ha lanzado esos libros, y la periodista Elena Cabrera analizan la pertinencia de volver a escribir sobre la juerga juvenil más mediática de la historia y todo lo que le rodea.

– ¿Fue para tanto la Movida madrileña?

– Patricia Godes. No. No entendía el eco mediático entonces y no lo entiendo ahora. He escrito un libro de 150 paginas sobre el tema y he preguntado a sociólogos, historiadores,… y sigo sin entenderlo. Fue la primera vez que una escena musical atraía la atención general en nuestro país. Y la última.

– Víctor Lenore. En general, creo que está brutalmente sobrevalorada por diversas circunstancias históricas: muerte de Franco, llegada al poder de otra generación, sintonía con la España consumista y elitista que se quería imponer. Por otro lado, como mérito menor, creo que había más variedad, frescura y vida que en el indie, que es su descendiente directo.

– Elena Cabrera. No la viví, pero fui muy fan de ella en los noventa. En cambio, viví los noventa y no me parece que estuvieran a la altura de mi mitificación de los ochenta. Por tanto, creo que una escena con poder de ser tan mitificada como ésta sí merece tanta literatura pero a estas alturas debe ser literatura crítica.

– ¿Qué fue lo más relevante de ella?

– V.L. Contribuyó a que llegara a España la revolución sexual (con veinte años de retraso, como todo). También puso su granito de arena en la visibilización de gays, lesbianas y transexuales. Y nos quitó la idea de que todo lo frívolo era automáticamente descerebrado. Había mucha solemnidad casposa en España (tanto por la izquierda como por la derecha) y un poco de diversión nunca ha hecho daño a nadie. El problema es que esa diversión se limitaba a una zona VIP reservada a guapos, ricos y famosos.

– P.G. El interés desmedido por una escena musical.

– E.C. El camino que recorre desde el underground y la autogestión en el 77-78 hasta el éxito masivo en el 83, un ejemplo de manual sobre cómo el establishment se apropia, devora y destruye cualquier contestación cultural que esté dispuesta a entregarse en el nombre de la profesionalización, una manera encubierta de decir «ganar mucha pasta». Y la cultura, si es contestataria, es imposible que genere tanto dinero como el que ganaron algunos participantes de la llamada movida. Este camino es el que nunca deberían olvidar las generaciones venideras que deseen no cometer los mismos errores. Gran parte de ese dinero fue dinero público pues las instituciones también quisieron capitalizar ese fenómeno popular. Al final acabamos inyectando unas cantidades desorbitadas en una industria que se hinchó a lo bestia y cuyas estructuras discográficas vimos derrumbarse, no podía ser de otra manera, en los años 00.

– ¿Por qué se privilegia a este movimiento y se le ha mitificado?

– V.L. Coincidía con los valores que las élites querían imponer: consumismo, elitismo, narcisismo, individualismo, anglofilia, concebir cualquier conflicto político como un aburrimiento supino del que había que desentenderse cuanto antes…. No hay nada en la Movida que moleste al PPSOE, por eso se han volcado desde Tierno Galván a Esperanza Aguirre (con algún intermedio de escepticismo rancio como Álvarez del Manzano).

– P.G. Tengo la idea de que cuando los progres -tribu urbana de existencialistas de baratillo surgida hacia 1970 en nuestro país- desvalorizaron el catolicismo, la necesidad de idolatría de mucha gente se volvió hacia ídolos de nuevo cuño cuyos valores artísticos les parecían -quizá por inexistentes- tan incomprensibles como los de la religión organizada. Es una secuela más, pervertida y grotesca, del nacionalcatolicismo.

– E.C. Lo primero, porque tenia un nombre. No puedes mitificar algo que no sabes cómo llamar. Y luego, porque la gran estructura lo necesitaba, y lo sigue necesitando. El sistema de consumo y de representación de una identidad acogió el desenfado, la postmodernidad, el individualismo, esa historia que va de la Kaka de Luxe a la gala, como imagen de la nueva España post franquista, y ese relato le sigue sirviendo, por eso tampoco ha sido sustituido por otro.

– ¿Hay o ha habido otras Movidas que no han trascendido, siendo tan relevantes como la madrileña?

P.G. No. La Movida arrasó de tal manera con todo que cualquier otra cosa que haya pasado después está empapada de sus conceptos: desprecio a los músicos preparados y dedicados, ensalzar el amateurismo, desprecio al trabajo, aceptar que existen seres bendecidos por los dioses que pueden hacer lo que les da la gana sin saber, discriminación por la ropa, ensalzar la juerga y las drogas.

– E.C. Sin duda hubo otras escenas igual de relevantes musicalmente que la de Madrid en los primeros 80 pero ninguna otra tan institucionalizada e instrumentalizada.

– V.L. Por supuesto: el rock radikal vasco, la ruta del bakalao, la cultura rave, la escena jamaicana, el hip-hop de los barrios, el flamenco, la techno rumba, el reguetón, la cumbia electrónica….

– ¿Por qué no ha pasado lo mismo con el rock radical vasco o con la ruta del bakalao?

– P.G. Una cosa que me ha llamado la atención cuando he investigado hemeroteca para el libro es la poca presencia de Alaska en medios musicales frente al entusiasmo de los generalistas. Seguramente, y al igual que con el bakalao, los consideraban musicalmente poco interesantes. Por desgracia, la ruta entró en los medios generalistas en la sección de sucesos y a lo grande. El rock radical vasco tuvo su eco en medios musicales y, claro está, locales e ideológicamente afines, no mucho en los generalistas excepción hecha de Las Vulpess (que no sé si deben enclavarse en rrv) que fue el acabose. Moraleja: la música interesa al público general sólo cuando hay morbo y escándalo. No sé si será porque en realidad es bastante mediocre y, sobre todo, alejada del sentir general y sólo comprensible para el sector de los miembros de su tribu.

– E.C. Porque ésos son relatos antisistema que no conviene patrocinar.

– V.L. El rock radikal vasco resume todo lo que espantaba a las élites: rechazo al elitismo, fraternidad juvenil, hablar claro sobre los conflictos sociales. Fue una explosión contracultural que abordaba hace treinta años los problemas que nos agobian ahora: desempleo, dictadura bancaria, falta de democracia, control autoritario del espacio público… Además fue un movimiento hedonista y divertido, pero no descerebrado. En muchas manifestaciones y en fiestas en centros sociales todavía se canta a gritos 'Ellos dicen mierda, nosotros amén' de La Polla Records. La ruta, como han dicho algunos protagonistas, fue la democratización de la diversión nocturna, hasta entonces reservada en gran parte a hombres de clase media-alta. También fue un momento insólito, donde miles de jóvenes de clase baja disfrutaron de la música más sofisticada que se estaba haciendo en aquella época.

– ¿No sería más adecuado dedicar recursos públicos a lo que ocurre ahora en el arte antes que a celebrar el pasado?

– V.L. Sí.

– E.C. La política cultural actual está desorientada, vive de la inercia y de la excusa de la crisis para dejar de pensar. Es delirante. Sus gestores están perdidos o acaso maniatados por las directrices políticas. Que el Reina Sofia compre un archivo propiedad de la persona que decide qué archivos comprar me parece algo muy enfermo. O que se cierre el canal cultural de la televisión pública y no haya manera de trasladar esas intenciones a la programación de sus otros canales. No nos hace falta una política cara, nos bastaría una política de mínimos pero con ideas. Empiezo a pensar que nadie piensa ya.

– P.G. No me parece bien que las instituciones metan las narices en la creación artística y el entretenimiento protegiendo a unos y hundiendo a otros independientemente del público, sus gustos y necesidades. En vez de eso deberían contemplar a los artistas y creadores como ciudadanos y trabajadores iguales que los demás y merecedores de la protección del estado del bienestar que, a pesar de los recortes e injusticias, todavía cubre muchas necesidades del ciudadano y no de los artistas… Claro que, para esta reivindicación, tanto el público como las instituciones, los mismos artistas y entretenedores deberían dejar de verse como seres divinos e ideales y meterse en la bañera de humildad del trabajador.