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Un inspector narra la amistad de un niño vasco y un hijo de guardia civil en el Inchaurrondo de los 80

BARCELONA, 23 (EUROPA PRESS)

El inspector de la Policía Nacional y jefe del Grupo de Análisis de Barcelona, Rafael Jiménez, narra en su primera novela, 'Inchaurrondo Blues', la historia de un niño vasco y un hijo de guardia civil que tejen una amistad en el barrio de Inchaurrondo gracias al fútbol y a sus ídolos: los jugadores de la Real Sociedad, en medio del clima opresivo de los años 80 en el País Vasco por la violencia de ETA.

'Inchaurrondo Blues' (Principal de los Libros), que ha salido este miércoles a la venta, se inicia con el traslado de la familia Navarro a Inchaurrondo tras el ascenso del padre a teniente de la Guardia Civil; su esposa y sus hijos tienen que abandonar el pueblo granadino de Atarfe para empezar una vida en el cuartel, donde fuera de sus muros son detestados por gran parte de sus vecinos.

Una vez allí, el hijo menor, Eloy, conoce en la consulta del médico a Ander, hijo de un terrorista recién iniciado, un niño cojo que sueña con ser portero de fútbol, con quien iniciará una amistad que les llevará a fundar un equipo de fútbol, el Racing de Inchaurrondo, con el que olvidar el odio que se vive en el barrio, los disturbios y los atentados.

La historia, que recorre el pasado familiar de los protagonistas en busca de nexos quizás sorprendentes, se narra a través de la voz de Ander, porque, pese a que para el autor está muy claro quiénes son la víctimas de esta historia, quería reflejar que «los hijos de terroristas también han sufrido y muchas veces se ha olvidado, aunque es un sufrimiento diferente».

En una entrevista de Europa Press, Jiménez –que se inicia en la novela tras coordinar dos libros con los casos más mediáticos de la Policía Nacional: 'Barcelona Negra' y 'España Negra'– explica que, pese a todo su intención es «dejar abierta la puerta a la esperanza», porque para él los niños son los únicos que tienen la llave de la paz definitiva en el País Vasco.

Así, cree que «la generación actual es francamente difícil que solucione este problema enquistado» porque para él los terroristas, salvo en contadas excepciones, no han pedido perdón, si lo han hecho ha sido de manera interesada, y, aunque haya víctimas que hayan otorgado dicho perdón, es muy difícil para la mayoría de ellas, según sus palabras.

EL CONFLICTO SIGUE

«El gran conflicto sigue permanente. Esta misma semana hemos podido comprobar cómo en diversos puntos del País Vasco ha habido manifestaciones, como si fuera algo que celebrar que personas que han asesinado a niños van a ser puestos en libertad, en virtud de una sentencia respetable porque la ley hay que respetarla siempre», ha valorado sobre la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que rechaza la doctrina Parot.

«No debemos olvidar que lo único que queremos todos es que esta organización terrorista diga cuándo y dónde deja las armas», ha indicado el autor, que considera que las cosas han cambiado entre los años 80 y la actualidad en Donosti, pero que todavía no se ha llegado al final definitivo de la banda.

LA «SEMILLA» DE LA HISTORIA

La semilla de esta historia se remonta a cuando Rafael Jiménez todavía no era policía, y escuchó por primera vez que un niño había muerto en un atentado de ETA; se trataba de Fabio Moreno, un niño de dos años que murió al estallar el coche bomba en el que viajaba con su padre, el guardia civil Antonio Moreno, el 7 de noviembre de 1991 en Erandio (Vizcaya).

El terrorista vio que el menor entraba en el coche de su padre «y no tuvo ningún reparo en apretar el botón y volaron por los aires los dos, pero con la curiosa coincidencia de que el padre vivió pero el niño murió»; esto por primera vez le hizo reflexionar sobre qué había en la mente de un terrorista.

El autor asegura que en esta historia «de lo que menos hay» es de su vida como policía, y para retratar el ambiente que se vivía en Euskadi en los años 80 se ha empapado de lecturas, visitas como turista y observador, y las muchas experiencias relatadas por los compañeros.