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Una isla de autor

En cuanto se pone un pie en la tierra de Lanzarote y la vista en su horizonte preñado de volcanes, el silencio árido y la sobriedad de una paleta compuesta de blancos, negros y verdes hacen sentir que se está en un lugar singular. Inmediatamente, la confirmación de que así es llega con un cartel que sorprende al visitante para prohibirle pisar la lava volcánica que se extiende por doquier, como si de un manto sagrado se tratara. De hecho, en cierto modo lo es.

Lanzarote es un destino de sol y playa, de días interminables con el ?dolce fare niente? como única pareja, de chiringuito y cerveza fría hasta que el sol torne incandescente. Pero, sobre todo, la isla es la obra de alguien que trabajó para preservar su esencia natural frente a las fauces del urbanismo a toda costa.

Alguien que supo darle un toque de pincel al paisaje volcánico para convertirlo en algo digno de admiración. Ese alguien fue César Manrique (Arrecife, 1919-1992). Un alma con conciencia, un urbanista enamorado de la cal y la madera, un creador con una visión ecologista. Un artista que tuvo el privilegio de pintar su obra maestra en un lienzo de 682 kilómetros cuadrados de tierra casi virgen. De hecho, esta isla del archipiélago canario no se entiende en la actualidad sin conocer las claves del proyecto que Manrique tenía para ella.

No resulta exagerado afirmar que es una isla de autor. Los edificios más emblemáticos, sus características estructuras de viento, los carteles que señalan parques nacionales y lugares de recreo, algunas leyes urbanísticas… Casi todo lleva su sello. Se puede decir que este hijo del barrio de Arrecife creó una imagen corporativa de Lanzarote que hoy, más allá de ser su identidad, es su mayor atractivo y fuente de riqueza.

La imagen de Famara

La fecha en la que nació la pareja Manrique-Lanzarote no es realmente la del nacimiento del artista. Cierto es que se crió en una casa construida frente a la inigualable playa de Famara. Y cierto es que la felicidad de una crianza a base de lava y mar marcaría su obra y sus anhelos de futuro. Pero realmente comenzó a trabajar por Lanzarote a partir de 1964, después de realizar unos estudios de Arte en Nueva York.

De su experiencia estadounidense contaba en cartas a su amigo Pepe Damasco: «Más que nunca siento verdadera nostalgia por lo verdadero de las cosas. Por la pureza de las gentes. Por la desnudez de mi paisaje y por mis amigos (…) Mi última conclusión es que el hombre en Nueva York es como una rata. El hombre no fue creado para esta artificialidad. Hay una imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla. Esto es lo que siento».

Manrique llegó a convenció al Gobierno de la isla para que erradicaran el uso de las vallas publicitarias del paisaje y de las carreteras

Así, en cuanto regresó, lo hizo decidido a, como escribió en una ocasión, «convertir mi isla natal en uno de los lugares más hermosos del planeta». Empezó su campaña de sensibilizar a la gente de la isla para que respetaran el estilo tradicional arquitectónico.

Cuentan los isleños que iba explicando a sus paisanos que no debían derribar las casas o una parte de ellas en mal estado para construir un garaje o una ampliación, empleando aluminio. Que lo hicieran con madera y restauraran las construcciones tradicionales.

Igualmente convenció al Gobierno de la isla para que erradicaran el uso de las vallas publicitarias del paisaje y de las carreteras. Él mismo se ocupó de diseñar símbolos tan conocidos en la actualidad como el Diablo de Timanfaya, el divertido guardián de un Parque Nacional de volcanes que solo se puede admirar, nunca pisar, desde un autocar autorizado para hacer un recorrido por él.

Exponente naturista

La ruta manriqueña, de cualquier modo, comienza por su primera obra. La gruta de los Jameos del Agua, la más espectacular de todas. Se trata de una intervención creada a partir de una serie de jameos naturales que muestra al visitante un espacio para la contemplación de la naturaleza apenas intervenida por el hombre. Los Jameos del Agua, al igual que la Cueva de los Verdes, se localizan en el interior de un túnel nacido de la erupción del Volcán de la Corona.

Este lugar, que recibió el mayor aplauso por el auditorio natural que albergaba, tiene un inmenso valor ecológico, ya que conserva en él el cangrejo ciego, una especie endémica y única de crustáceo albino, sensibles y minúsculos.

La proliferación de estas rarezas en miniatura en el fondo de las aguas subterráneas convierte la gruta central en una especie de misterioso cielo estrellado. La belleza del espectáculo es tal que nadie se atreve a alterar el preciado ecosistema. Junto a esta gran obra también destaca su propia casa que hoy es la sede de la Fundación César Manrique y del museo que lleva su nombre, catalogada como uno de los ocho mejores pequeños museos de España por The Thelegraph recientemente.

Su casa, su museo

El recorrido por el museo permite conocer su historia y sus creaciones como lo que él realmente se sentía: un pintor. Pero, sobre todo, la casa es la muestra en sí misma de su arte y de su obsesión por abrazar el entorno.

La sencillez, las estancias huecas, el blanco y negro, la piedra y la madera y, sobre todo, la lava omnipresente. Tanto que invade su hogar entrando por las ventanas como muestra de simbiosis perfecta con el medio.

Esta armonía también se palpa en el Mirador del Río, otra de las visitas obligadas de Lanzarote, desde el que se divisa la isla de La Graciosa. En este edificio se puede admirar su concepción del espacio y los volúmenes de un Manrique apasionado del diseño limpio que incomoda al medio. El Jardín de Cactus y la Casa del Campesino completan sus creaciones más relevantes.

De cualquier modo, sería injusto no citar zonas de Lanzarote que no disfrutaron del afán conservacionista de este artista. Es el caso de Puerto del Carmen, esto es, una zona turística de la isla compuesta por un sinfín de apartamentos y hoteles construidos en una pendiente que mira al mar. Un lugar adorado por turistas ávidos de playa, sol y ocio nocturno.

Pero el borrón no empaña el dibujo. Para darse cuenta de esto solo hace falta dejarse llevar por el espíritu relajado de la isla, perderse por los viñedos de La Geria, beber un Malvasía, mirarse en los espejos de las Salinas y acabar el día en la cala del Papagayo, en plena reserva natural, mientas se ensueña con un gigante de hierro que bracea torpe contra el viento.