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Noventa años y ni una sola arruga

«Dadme vuestros seres pobres y cansados. Dadme esas masas ansiosas de ser libres, los tristes desechos de costas populosas. Que vengan los desamparados. Que las tempestades batan. Mi antorcha alumbra un umbral dorado». Así concluye el poema de Emma Lazarus grabado en una placa ubicada en el interior del pedestal sobre el que descansa el gran icono de la costa este de Estados Unidos, la Estatua de la Libertad. «Traedme vuestros espíritus llanos y fatigados. Traedme esas hordas desesperadas por soñar, los alegres habitantes de tierras remotas que precisan algo más que la realidad. Que vengan los ricos y los desarrapados. Que las estrellas reluzcan en paz. Mi magia les dará solaz». Algo así podría rezar una chapa similar que se colocase al pie del gran emblema del extremo opuesto del país, el cartel de Hollywood, el rótulo más famoso del mundo que este sábado cumple 90 años con faz renovada tras someterse a un intenso 'lifting' que le ha dejado mejor que en sus tiempos de adolescente.

Si la efigie donada por los franceses a Estados Unidos como presente por el centenario de la Declaración de Independencia simboliza el espíritu acogedor de un país levantado por gentes que arribaban a sus costas huyendo de la miseria y la opresión a que estaban sometidas en sus tierras natales, el letrero de casi catorce metros de altura y más de cien de longitud emplazado en una ladera del distrito de Hollywood Hills representa mejor que cualquier otro su capacidad para elevar el corazón humano a las cotas a que sólo puede conducirlo el arte más sublime, su destreza para captar los anhelos de seres de toda raza y condición social, y para configurar con todo ello un inmenso negocio tejido a partir de miedos y deseos, esperanzas y frustraciones, quimeras y medias verdades.

Poco de esto podía barruntarse cuando quedó inaugurado el 13 de julio de 1923 como parte de una campaña publicitaria ideada por la inmobiliaria Woodruff and Shoults para promocionar la urbanización que estaba levantando en las colinas del distrito de Hollywood. La Crescent Sign Company se encargaría de materializar el encargo, corriendo el diseño del cartel por cuenta de su propietario, Thomas Fink Goff. Baldosas y ladrillos eran la razón de ser de quien vino al mundo con el nombre de 'Hollywoodland' sin que sus padres tuviesen intención de mantenerlo con vida durante demasiado tiempo. Nada que ver con el amor y el drama, la comedia y el suspense, y mucho menos con el glamour que destilan los más afamados exponentes de eso que se vino a llamar el séptimo arte. Mas serían estos quienes le ayudarían a solventar los numerosos avatares que con el correr de los años llegarían a amenazar su supervivencia y quienes hoy saludan su lozanía reconquistada merced a los intensos trabajos de que fue objeto el año pasado con el fin de garantizarle otras cuantas décadas de vigor oteando la 'meca de los sueños'.

Asiduo del quirófano

No era ni mucho menos la primera vez que se ponía en manos de los cirujanos. A comienzos de los años cuarenta había perdido su letra 'H' al estamparse contra ella el coche de quien precisamente debía ocuparse de que nada malo le pasara y que había faltado a sus obligaciones poniéndose al volante bajo la nefasta influencia del alcohol. Se hizo necesario entonces un acuerdo entre la Cámara de Comercio de Hollywood y el Departamento de Parques y Jardines de Los Ángeles para reconstruirle el rostro. Claro que no salió de la mesa de operaciones siendo el mismo. En ella se dejó sus cuatro últimas letras. Ya nunca más sería el reclamo de una urbanización sino el de todo un distrito y, más aún, el de una manera de entender y, sobre todo, de retratar el mundo.

Más tarde, dos de sus ojos, la primera y la tercera 'O', padecieron un grave deterioro. Aquella se rompió por su parte superior y esta última se desplomó por completo. Tocaba ir al oculista y éste aconsejó una operación radical. Lo mejor era la reconstrucción completa si se quería salvar al paciente. Claro que no saldría barato. Nueve generosos donantes pusieron 27.700 dólares por barba y con esos casi 250.000 dólares su sufragó la construcción de nuevas letras algo más pequeñas que las originales aunque con un torso más ancho. El 14 de noviembre de 1978, coincidiendo con el 75 aniversario de Hollywood, se presentaban al mundo los resultados de la intervención, y nadie quedó decepcionado. Comparado con aquello, la capa de pintura que se le aplicó en 2005 fue mero trámite.

Así resistió hasta 2012, cuando se decidió que había que hacerle un nuevo 'lifting' para que mostrase su cara más saludable en su noventa cumpleaños. Más de 250 galones de pintura y nueve semanas de trabajo fueron precisos para culminar con nota el encargo. Poco sacrificio cuando de cuidar a la gran dama de la industria se trata. Parece tener garantizadas otro par de décadas a salvo de incómodas arrugas. Loado sea el bisturí que le insufla nueva vida. Puede que su ausencia sea concebible dentro de la gran pantalla -de hecho se cuentan por decenas las películas que se empeñan en acabar con sus días-, mas la realidad, sin su presencia, nunca volvería a ser la misma.