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Los disturbios empañan la protesta sindical en Brasil

Decenas de carreteras de Brasil fueron bloqueadas este jueves y el transporte público quedó paralizado en varias ciudades en respuesta al llamamiento efectuado por los sindicatos en las primeras protestas desde las históricas manifestaciones de junio, pero que solo lograron convocar a pocos miles de personas.

En Río de Janeiro, los manifestantes intentaron invadir el palacio de Guanabara, la sede del Gobierno, pero fueron dispersados por batallones de elite de la policía militar que utilizó bombas de ruido y gases lacrimógenos. Eran unas 500 personas que se dispersaron hacia barrios cercanos, aunque algunos siguieron intentado montar barricadas en los alrededores del palacio o causar destrozos en tiendas de la zona. Un grupo intentó prender fuego a un autobús.

Previamente, también en Río, la policía disparó varias rondas de gases lacrimógenos y balas de goma para dispersar a unos 50 manifestantes violentos en medio de una marcha de unas 5.000 personas convocada por las principales centrales del país. Un pequeño grupo de manifestantes, muchos encapuchados, se mezclaron con dirigentes sindicales, profesores y bancarios que protestaban pacíficamente y lanzaron cócteles molotov y bengalas contra la policía, que respondió con gases y balas de goma mientras los trabajadores cantaban el himno nacional. El acto fue suspendido y doce personas fueron detenidas, según la policía.

Menor seguimiento del esperado

Las cinco principales centrales sindicales de Brasil, que se manifestaron juntas por primera vez, reclamaron la reducción de la jornada laboral y retomaron varias de las reivindicaciones de las masivas manifestaciones apartidarias y sin filiación sindical del mes pasado, como un transporte público de calidad y más inversiones en salud y educación. Pero a diferencia de junio, cuando más de un millón de personas se echaron a las calles para reclamar mejores servicios públicos, denunciar la corrupción de la clase política y los millonarios gastos del Mundial-2014, unos 100.000 se manifestaron este jueves en las principales ciudades del país detrás de sus banderas sindicales y políticas, según estimaciones de la prensa.

Unas 40 carreteras en al menos 18 estados del país fueron bloqueadas en este «Día nacional de lucha». Policías y unos 1.500 manifestantes se enfrentaron en una importante autopista que conecta Sao Paulo con Curitiba, en el sur del país, donde barricadas con neumáticos en llamas cortaban el tránsito. La policía dispersó a los manifestantes con gases lacrimógenos y bombas de ruido.

En la ciudad de Sao Paulo, la mayor del país con 20 millones de habitantes en su área metropolitana, el tráfico fue cortado en toda la avenida Paulista, una de las principales de la metrópoli, donde protestaron más de 4.000 personas, según la policía. Buses, trenes y el metro operaron con normalidad. «Queremos que haya una mejoría en el país. En este momento hay crisis en la salud y la educación», señaló Rosely Paschetti, funcionaria municipal de 49 años, agitando un cartel que pedía «más impuestos para los ricos, menos para los pobres».

Los estibadores del puerto de Santos (estado de Sao Paulo), el mayor de Latinoamérica, paralizaron por segundo día sus actividades. Rutas de acceso al puerto y al parque industrial de Cubatao también fueron bloqueadas. En otras ciudades como Salvador de Bahia, Porto Alegre, Curitiba, Florianópolis, Belo Horizonte y Manaos el transporte público fue paralizado. Varias escuelas cerraron sus puertas y algunos hospitales del país sólo atendieron las urgencias. Los accesos al complejo industrial y portuario de Suape, en Pernambuco (noreste), donde trabajan 75.000 personas, también fueron bloqueados.

En Río, donde metro, buses y barcas funcionaron normalmente, los manifestantes encapuchados fueron denunciados por varios sindicalistas. «No forman parte de ningún movimiento social en Brasil , están contra todo», apuntó a la web G1 Jesus Cardoso, presidente del sindicato de metalúrgicos.

La Central Unica de Trabajadores, la mayor del país y fundada en los años 1980 por el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva (2003-2010), reclama mejoras laborales pero defiende la reforma política que la presidenta Dilma Rousseff quiere impulsar a través de un plebiscito en respuesta a las protestas de junio. «¡Despierta Dilma!», se leía en carteles en la avenida Paulista. «Es importante que la presidenta responda a nuestras demandas», indicó Paulo Pereira da Silva, presidente de Fuerza Sindical, que denuncia el magro crecimiento económico y el alza de la inflación a 6,7% a 12 meses, por encima del máximo de tolerancia oficial (6,5%).