Quantcast

Lo que vale una ducha

?¡Buah, tío!?. Es la exclamación de regocijo de una rutera en el avión que la lleva de vuelta a Madrid. Le enseña a su compañero la comida que acaban de servirle, que no es más que los clásicos compartimentos rellenos de pasta, pollo y otros alimentos tirando a insulsos que sirven para no pasar hambre en las alturas, más que para disfrutarlos, y que merecen más tolerancia que alabanza. Pero tras veinte días de rugir de tripas, humedad y cansancio, a los expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA les parece un manjar. Con este simple detalle, es fácil adivinar la trasformación que han sufrido y que ellos mismos reconocen. Hay consenso generalizado de que la gente ?no sabe lo que vale una ducha?. Se lo explican los ruteros a las asombradas azafatas que dan la bienvenida a la tropa Quetzal. ?Lo siento, olemos fatal, podéis poner el ambientador, que no nos parece mal?, dicen riéndose a modo de disculpa. En realidad, ya nada les parece mal. Se han duchado delante de todo Portobello en medio de la plaza del pueblo, a manguerazo limpio. ?Voy a dormir en el avión como una princesa, después de lo del campamento?? anuncia otra joven buscando postura. Las azafatas, lejos de molestarse, los animan. ?Pues no me parece que oláis mal, de hecho os veo bastante presentables?, aventura la sobrecargo. ?¡Eso es porque ayer nos dieron ropa limpia!?, exclaman todos al unísono.

Rumbo a España, cerrando la etapa panameña de la ruta, saben que la unión de Pacífico y el Atlántico es clave para la comprensión del mundo en el que hoy viven, y que ello comenzó con el descubrimiento de Núñez de Balboa del Mar del Sur en Panamá, en la cima de Pechito Parado, un recorrido que ahora es ya un galón en su carnet de ?alimañas?. Esto no es otra cosa que la metamorfosis que viven estos jóvenes con vidas corrientes, de ducha diaria, comida a la carta y todo tipo de comodidades. Cuando, campamento mediante, consiguen prescindir de todo ello, ayudarse unos a otros y sobrevivir en condiciones adversas en selvas y manglares, entonces pueden considerarse auténticas alimañas, y lo llevan a gala. Pero hasta la más dura no puede evitar llorar cuando su madre la recibe con una pancarta de bienvenida, como en el caso de Alicia Petreñas, de La Rioja. Los titiriteros encabezan la comitiva que sale de la terminal con las mochilas a cuestas, y todos a la vez, entonan los himnos de la expedición con un extraño doble sentido de despedida y bienvenida, de lamentar haber perdido algo y celebrar estar encontrando otra cosa, quizás mejor. Tal vez sea que han perdido los prejuicios, y que dicen adiós a Panamá, pero han ganado una gran familia. Ya no es solo la que los espera para darles un beso antes de su próxima partida al día siguiente, sino la de toda Iberoamérica, la de esos jóvenes sucios y ?ligeramente- malolientes que han sido sus hermanos en estos veinte días. Ahora, largos e incómodos viajes en autobús por Europa les esperan. Pero, ¿qué es eso para una alimaña?