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El arte de elegir vacaciones

En el estilo de vida que actualmente impera, los fines de semana y las vacaciones se han convertido en un derecho por costumbre. Y ambos tipos de periodo de asueto deben ser vividos de manera satisfactoria.

Pero lo cierto es que no siempre es así. Es más, nunca ha sido así de manera generalizada. El mito de que el lunes y los primeros días de regreso de las vacaciones son los peores días para quienes trabajan son generalizaciones que solo afectan a una minoría.

Para no pocos trabajar es más gratificante que el resto de actividades que puedan desarrollar en el denominado tiempo libre. Ahora bien, con la situación económica que vivimos, resulta obligado realizar un paréntesis, ya que esta recesión incidirá en la distribución de nuestro tiempo.

Nadie es capaz de predecir si existe un futuro en el que los fines de semana y las vacaciones dejarán de ser usuales y que la subsistencia obligará a trabajar mucho más a aquellos que tengan trabajo o, por el contrario, trabajemos mucho menos aunque sea a costa de podernos permitir menos dispendios.

Si el futuro es incierto, el presente es desgraciadamente dramático para una buena parte de nuestro entorno. Una cuarta parte de conciudadanos pueden sentirse insultados solo por ver que dedicamos estas líneas para hablar de vacaciones cuando ellos están sin trabajo desde hace tiempo, una situación extendida en su entorno.

Para estas personas, los fines de semana y los meses veraniegos son idénticos al resto de los días, o, quizás aún más agresores en la medida que la nostalgia de tiempos pasados puede hacerse más patente.

Aun en aquellos casos en los que se siga teniendo un empleo estable y una situación económica no preocupante, la crisis, al margen de situaciones dramáticas, genera un estado de incertidumbre e inquietud que, en diversas tonalidades, afecta a la hora de hacer planes.

Existe un miedo generalizado a gastar que afecta a distintas áreas del consumo doméstico, incluida la planificación de las vacaciones. Aunque esto puede tener un lado bueno: pensar más en hacer lo que verdaderamente ilusiona que en competir con el entorno a ver quién se atreve con el viaje más exótico.

La gestión de la libertad

Existe la tentación permanente de atribuir a las vacaciones un estado de ánimo favorable. Se supone que por el hecho de no acudir al trabajo la felicidad está garantizada.

Lo peor es el efecto que produce el darse cuenta de que pasan los días en los que supuestamente deberíamos estar felices y sentirse culpable de no ser capaz de serlo.

Mucho se ha escrito de la dificultad de gestionar adecuadamente la libertad. Más aún cuando se comparte por más miembros de la familia. Y es que conseguir un cierto nivel de bienestar emocional durante las vacaciones es tarea difícil, para ello es conveniente que no se dé por supuesto.

Para la mayoría de nosotros que vivimos días programados por unos quehaceres que nos vienen marcados por unas obligaciones previamente contraídas, las vacaciones suponen, sobre todo en su inicio, la ruptura del yugo de lo obligado.

Una vez satisfecha la sensación del ?ahora puedo hacer lo que quiera?, viene el paso siguiente: ?¿Que quiero yo o qué esperan los que me rodean que quiera?? ?¿Qué debo hacer, lo que me apetece o lo que creo que apetece a los que me quieren?? Para añadir: ?¿Qué diantres les debe apetecer hacer conmigo?? Y si uno finalmente decide dejar de pensar en los demás le acosa la pregunta más difícil: ?¿Qué deseo hacer con mi tiempo libre??

Estoy convencido de que para la mayoría, poderse hacer estas preguntas no deja de ser un lujo, de la misma manera que es un conflicto dar con respuestas acertadas.

Creemos que sabemos qué nos gusta hacer, pero la mayoría de las veces solo sabemos lo que nos gustaría que nos gustara.

Se ha escrito que es después de las vacaciones cuando se producen el mayor número de divorcios. Aunque las estadísticas son poco determinantes en este sentido y la diferencia entre meses del numero de demandas de divorcio no es muy notable, sí lo es el hecho de que se recibe muchas más demanda de terapia de pareja y se producen mayor numero de crisis matrimoniales durante las vacaciones.

Hay quien ha afirmado, no sin razón, que el periodo vacacional supone una prueba para la solidez y una medida del entendimiento de una pareja. La cotidianidad de los días laborables establece una rutina en la que resulta relativamente fácil esconder las discrepancias y encontrar excusas en el cansancio a la falta de atenciones o de dedicación al otro/a.

Cuando se vive una aproximación a la libertad como la de las vacaciones se pone a prueba si la pareja satisface mínimamente las expectativas y si la distancia entre la propuesta de vida de uno y otro es notable, elevada o simplemente soportable.

No existe una pareja que se acople al cien por cien. En todo caso se trataría de excepciones, que siempre las hay. En el mejor de los casos, las parejas que consiguen un nivel aceptable de bienestar son aquellas en las que la adaptación a los gustos del otro no supone un sacrificio, en las que el acople, en todos los aspectos, se consigue a través de cambios en uno mismo que no dejan de ser más gratificantes en tanto que producen una satisfacción en el otro.

Las expectativas en la frecuencia de los encuentros sexuales, en los espacios de comunicación, en la planificación del tiempo o en la elección de una actividad lúdica, pueden ser complacidas en distinto grado.

En algunos casos las vacaciones permiten percibir que nada o muy poco de lo que se espera y se desea de la pareja se produce.

Otro punto de vista

La frustración puede disimularse rodeándose de amigos, la vida social puede llegar a suplir la ausencia de ?vida en pareja?, a veces con el beneplácito de ambos.

Una manera de no afrontar el conflicto del desencuentro. Pero no siempre es así. No son pocas las parejas que pasan las vacaciones discutiendo, lamentándose, haciendo de la riña, la recriminación y el reproche la actividad más frecuente.

Pretender aprovechar la ocasión para hacer cambiar al otro es una estúpida manera de perder el tiempo. Intentemos verlo desde otro ángulo, las vacaciones son una oportunidad para conocer un poco más a la persona con la que se vive, reconociéndola despojada de las obligaciones cotidianas.

Así es posible que tenga aspectos de su personalidad o de su manera de vivir que resultan atractivos si son aceptados y la pareja se fortalece.

Vendrán las vacaciones, serán más o menos como las habíamos planeado, ojalá felices. Pero en todo caso, siempre existe la vuelta a la cotidianidad, un remanso en el que sosegarse donde desaparecen expectativas inalcanzables y se puede lograr el bienestar.

* Joan Corbella es médico y psiquiatra. Coordinador de la ?Enciclopedia Práctica de la Psicología? y autor de la novela ?De hoy para mañana?, ganadora del Premio Ramón Llull en 1997.