Quantcast

A cuerpo de marajá

Si divisa cómo un elefante y su cuidador esquivan a un encantador de serpientes en el arcén de una carretera, no crea que está soñando. Si le asalta en una calle de mil palacios rosas un hombre transportando a pedaladas 20 bombonas de butano en una bicicleta raquítica, no crea que está soñando. Y si una diosa envuelta en una nube de telas de color le abraza para engalanarle con un collar de flores incandescentes, ábrale las puertas de su sonrisa porque, definitivamente, no está soñando: usted está en India.

Contradictoria, estridente, bella, impactante, exótica, enervantemente humana? India es como esa persona que no encaja en los brazos de cualquiera, que es tan compleja que solo se puede odiar o amar en una relación sin grises. Posee un extraño atractivo que te arrastra hasta que te descubres, sin saber cómo, pidiéndole que te enseñe aunque solo sea una esquina de su mundo. ¿Qué persona ávida de conocer no ha tenido en mente entregarse a ella alguna vez? No es fácil, es cierto. Y se tardarían muchos años y muchas citas para decir que la conoces. Pero es tan personal que, si surge la chispa, India será para cualquiera que no intente comprenderla una larga historia de amor.

Primera estación: la ciudad rosada de Jaipur

La región del Rajasthan en una apuesta de éxito, para un primer acercamiento. Durante milenios, esta tierra ha sido el hogar de los valientes rajputas, clanes guerreros que se declaran descendientes el fuego, el sol y la luna, y aún hoy sus ciudades conservan en construcciones propias de los cuentos de las mil y una noches la herencia latente de aquellos príncipes. Y la primera cita es en la capital, Jaipur, la Ciudad de la Victoria.

Cuando pise el suelo de su ?Choti Chaupar? (la plaza central del casco antiguo) y logre evadirse del trajín nervioso de las motos, los ?rickshaws? (medio de transporte típico consistente en una bicicleta que tira de una caruaje individual), los ?tuctucs? (el taxi-carromato típico indio), y algún que otro vendedor incansable, párese. Párese y quítese las gafas de sol: sí, esta ciudad es de color rosa.

Si hay algo que haya dado fama a Jaipur es su Ciudad Rosada: un casco viejo de casas con ventanas almenadas (con un aceptable nivel de conservación) y motivos vegetales dibujados y de avenidas dispuestas en rectángulos cuyos edificios no superan las dos alturas y con soportales que componen una hilera tan interminable como indescriptible de comercios de lo más ecléctico.

Desde comida callejera a teléfonos móviles, pasando por babuchas, joyas y telas de sari. De hecho, cada cuadrícula del mapa está dedicada a un oficio. En su conjunto, además, está rodeada parcialmente por una muralla, cuyas tres puertas principales decoradas con delicadeza han sido cuidadosamente restauradas y merece la pena detenerse en ellas.

Puertas regias de entrada

En el momento en el que se cruza uno de estos dinteles, el de Chandpol, Ajmer o Sanganeri, y se avanza por sus calles, ya sea en ?rickshaw? o a pie, poco a poco, el visitante puede liberarse de la sensación de estar ante un territorio ingobernable y abrumador que infunden otras grandes ciudades indias.

En Jaipur, al menos dentro de su casco histórico, la amabilidad asoma en forma de sonrisas de sus gentes, bazares coloristas y accesibles y pequeños grupos jugando, tomando té o leyendo la omnipresente prensa india a la sombra de algún árbol generoso. La estructura de la ciudad, antagónica con el caos intrínseco a lo que llaman el ?indian style?, se debe a que fue fruto de la planificación ordenada de un mandatario.

El marajá Jai Singh II la ordenó construir en 1727 para descongestionar el núcleo urbano de la cercana fortaleza Amber (quizá la joya más resplandeciente de este destino). Así, trazó los planos de la ciudad, con la muralla que la rodea basándose en los principios del Shilpa-Shastra, un antiguo tratado arquitectónico hindú.

No fue hasta un siglo más tarde cuando adquirió el color que hoy la caracteriza, cuando Ram Singh ordenó pintar toda la ciudad de rosa, porque este color es símbolo de hospitalidad, con motivo de una visita del entonces Príncipe de Gales (futuro rey Eduardo VII). Y la tradición perdura. La influencia del marajá citado en primer lugar sobre la capital de Rajasthan dejó otra huella en Jaipur que constituye otra mágica cita. Mágica, en el más estricto sentido de la palabra.

Un rey fiel al zodiaco

Junto al Palacio de la Ciudad, construyó el Jantar Mantar, un observatorio astronómico compuesto de esculturas de tamaño mastodóntico que descolocan a cualquier visitante. Con relojes de sol, estructuras con forma de marmitas de gigantes cruzadas por mil líneas con las que hacer cartas astrales y calcular la llegada de los eclipses, este conjunto arquitectónico resulta más propio de una película de ciencia ficción.

En realidad, da buena fe de la pasión astrológica y astronómica de un mandatario que consultaba el zodiaco como si de un asesor personal se tratase. Así, medía el tiempo en función del lugar donde caía la sombra sobre los enormes relojes de sol. Y el más imponente reina en el conjunto de construcciones con su gnomon de 27 metros de altura, cuya sombra se desplaza a cuatro metros por hora.

Palacios real

Junto a este conjunto se encuentra el Palacio de la Ciudad, donde aún conserva su residencia la familia real actual. Más allá de estas dependencias privadas, en las que solo los grupos de invitados privilegiados pueden recrearse viendo el ambiente de la ?sala? de fiestas privadas del rey, el Palacio de la Ciudad ofrece en su patio central, de bienvenida a los visitantes extranjeros, una atractiva mezcla de arquitectura islámica, rajputa y europea.

En sus las distintas dependencias, antes destinadas a aposentos de las majaraníes (mujerse del marajá), se pueden admirar colecciones de ropa y armas de las dinastías que gobernaron estas tierras. Pero lo mejor de pasearse por este palacio está en ver cómo la ciudad lo hace suyo para utilizarlo en actividades públicas, tal y como en los siglos pasados se empleaba para recibir al pueblo en audiencia. No es extraño sorprenderse aquí con una clase de danza de niñas que cantan al son de timbales y allá con un grupo de pequeños que gritan su histérica alegría ante un teatro de marionetas.

Almenas y vientos

Pero si hay un palacio que invita a imaginar a las esposas del marajá escudriñando por los ventanucos de sus aposentos la vida de la ciudad ese es el Hawa Mahal, o Palacio de los Vientos. En una de las arterias principales de la ciudad, su fachada (rosada, por supuesto) se antoja una delicada estructura repleta de pequeñas oquedades suspendida en equilibrio sobre el fondo azul del cielo.

Al quedarse quieto mirándola, parece que en cualquier momento el viento va a arrancarle una melodía fantasmagórica, como si de un gigantesco órgano de catedral se tratase. Pero su uso era menos poético. Este palacio data del siglo XVIII y, en perfecto estilo rajputa, lo mandó construir el marajá para que las damas de la corte pudiesen observar la vida de la ciudad protegidas por los bonitos postigos.

El origen de Jaipur se encuentra el fuerte Amber, donde los marajás vivieron durante siglos

Dicen que la mejor hora del día para visitar esta fortaleza es el atardecer. Si se evita el sol que empaña su colorido y sus palacios con esto, quizá sea lo más acertado. El camino entre Jaipur y Amber en autocar es corto y también tiene sus atractivos. El primero se encuentra a la derecha de la carretera: el palacio de verano de los dirigentes suspendido en mitad de un lago. El combate constante de las altas temperaturas obligaron a los habitantes del norte de India a buscar soluciones extremas como esta.

El fuerte alto

La fortaleza se divisa, minutos antes de llegar a su puerta de entrada, roja e imponente en la cima de una colina. De ahí que la traducción de su nombre, Amber, sea ?alto?. La visión anuncia algo exótico digno de recorrer, pero la confirmación llega cuando en la entrada esperan en fila un grupo de elefantas (cada una con su nombre y asignada a una persona de por vida) con su cuidador a la espera de subir al visitante a lomos del animal y recorrer la empinada cuesta. Hay otras dos opciones: subir en ?jeep? y a pie. ¿Pero a quién no le gustaría experimentar un paseo en elefante? En Amber es posible.

En el interior de la fortaleza llega el momento de abstraerse de los visitantes (nunca demasiados) e imaginarse la vida de la corte del marajá que ?firmó? el inicio de la construcción de las dependencias palaciegas, Man Sigh, y la dinastía posterior que lo amplió, los Jai Sighs.

En el recorrido destacan la sala de audiencia pública, los aposentos del marajá, con una cama elevada de descomunal tamaño en la que cada noche dormía con cuatro mujeres y el palacio dedicado a su esposa preferida, la única que le dio un hijo, que resalta entre todos por su tamaño y belleza.

La arquitectura del lugar da muestra de la grandiosidad de la época dorada de los marajás, con relieves de mármol, incrustaciones de espejos que forman motivos geométricos y la decoración extravagante a base de pinturas de animales y motivos vegetales.

Después de una jornada de visita en la fortaleza, ya de vuelta a Jaipur las opciones para terminar el día y sentirse como un marajá son muchas: desde recibir un masaje ayurveda en alguno de sus lujosos hoteles de la ciudad moderna hasta dedicar un momento a la espiritualidad en sus templos.

Pero dicen que si algo define a Jaipur es la fama de la calidad de su manufactura y artesanía: joyas de piedras preciosas, telas de sari, alfombras… Caros y baratos, de lujo y accesibles, en los bazares de la ciudad, lo mejor es dejarse llevar y perderse entre la caótica multitud.