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NO PUBLICAR Soñar La Mancha

Alcázar de San Juan. El discurrir nostálgico del Tren del Hidalgo armoniza con los campos vacíos. Un horizonte infinito se sucede al otro lado de la ventanilla de los vagones fabricados entre 1926 y 1930. Unas veces austeras choperas, otras una tapia blanca, enmarcan un paraje áspero que forja carácter y se disfraza de musa. Durante el trayecto se reparten tortas de Alcázar y se sirve mistela para amenizar el viaje de época. Diferentes personajes cervantinos introducen al pasajero en la próxima parada.

Alcázar de San Juan, caracterizado por ser lugar muy pasajero, se adivina como un lienzo en blanco en el que los trazos del artista, que siente el corazón de La Mancha, esbozan la naturaleza que le rodea. En esas mismas llanuras Miguel de Cervantes imaginó las venturas del Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha. En el archivo de la Iglesia de Santa María la Mayor se conserva una partida de bautismo con el nombre del autor, que hace sombra a la versión que dice que fue bautizado en Alcalá de Henares. Sin embargo, lo que es seguro es que esta villa manchega y sus parajes son la tierra del hidalgo «de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor» y de su fiel escudero, Sancho Panza. En la Plaza de España se levantan dos estatuas que rinden homenaje a estos dos personajes de sentimientos encontrados. Los parroquianos gustan de sentarse a sus pies y hablar de todo y nada. Cuando las palabras escasean y el sol arrecia, locales y forasteros buscan refugio donde poder comer y beber. La tierra, a pesar de ser un terreno de secano, ofrece buenos vinos maridados con excelentes bocados, fruto de una cocina de labriegos y pastores.

La croqueta de gachas es una evidencia de que la gastronomía de La Mancha es más que «una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos?». Sin olvidar la bizcochá, el pisto y las migas.

Una vez consumida parte de la hacienda en el estómago el Museo del Hidalgo muestra al visitante cómo era la vida de un don Quijote cualquiera. Ubicado en una casa solariega del siglo XVI, se aprecia que el patio cuadrado es el elemento vertebrador del edificio. La vida tenía lugar de puertas hacia dentro, lo que se traducía en una sociedad celosa de su intimidad. Este marco fue el que inspiró a Cervantes.

De pluma y espada

El rojizo Conjunto Palacial del Gran Prior alberga una estatua suya portando una pluma y una espada, la que desenvainó en la batalla de Lepanto defendiendo la cristiandad frente al infiel. La Capilla de Palacio y el Cubillo brindan la oportunidad al curioso para saber un poco más acerca de la vida de los miembros de la Orden de San Juan. Desde el Torreón de Juan José de Austria se contempla el cerro de San Antón coronado con molinos de vientos, sellos de identidad de La Mancha.

El viento solano les despierta de su letargo y les pone en funcionamiento haciéndoles rugir. Desde este promontorio, denominado 'mirador de la Mancha', el extraño confunde una extensa llanura con un mar en calma de tonos pardos. Entre tanta sequedad se cuelan tres humedales: laguna de la Veguilla, del Camino de Villafranca y de las Yeguas, que sirven de punto estratégico para infinidad de aves; flamencos, cigüeñas, golondrinas, gaviotas, aguilucho, etc. A lo lejos se divisa Campo de Criptana.

Un puñado de casas blancas que parten el horizonte y que se suceden entre más molinos. Imbuido por el olor de la trementina, como el artista alcazareño Isidro Parra, o embaucado por una mente fantástica, el viajero recordará los diálogos entre Quijote y Sancho. Más tarde, en el interior de Las Musas podrá probar un salmón marinado al gin-tonic mientras contempla a través de sus magníficos ventanales unos molinos de viento que esperan a que el viento les encienda o algún ingenioso hidalgo se preste hacer batalla.