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El día en que los palestinos renunciaron al 78% de su tierra

Antonio Pita

Jerusalén, 14 nov (EFE).- Hace mañana veinte años, el liderazgo palestino trató de vender con una grandilocuente declaración unilateral de creación de un Estado virtual lo que en realidad era una píldora dura de tragar: el reconocimiento del derecho de Israel a existir.

Fue la renuncia al 78 por ciento de la Palestina histórica, aunque envuelta en la brillante prosa árabe del poeta nacional palestino Mahmud Darwish, fallecido precisamente este año, y del académico Edward W. Said, quien participó en la versión en inglés.

"El Consejo Nacional Palestino (el Parlamento de la Organización para la Liberación de Palestina), en el nombre de Dios y del pueblo árabe palestino, proclama por la presente el establecimiento del Estado de Palestina en nuestro territorio palestino con capital en Jerusalén", reza el texto, aprobado en Argel.

Evidentemente, la declaración sólo podía tener un carácter simbólico, pues Israel ocupaba Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este desde la Guerra de los Seis Días de 1967.

Sin embargo, generó mucho interés informativo por tratarse de la primera aceptación implícita de que el Estado de Israel no era un pasajero accidente de la Historia, sino que estaba ahí para quedarse.

"Había que darse cuenta de lo que era posible y lo que no. Había cambios irreversibles y tocaba alcanzar un compromiso", recuerda Abdalá Abdalá, uno de los miembros del Consejo Nacional que participó en el proceso en Argel, en conversación telefónica con Efe.

La declaración fue sometida un mes más tarde a votación en la Asamblea General de Naciones Unidas, con el resultado de 104 votos a favor, dos en contra (Israel y EEUU) y 36 abstenciones; y el consiguiente aumento del rango de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), de observador a "Palestina".

El paso vino en gran parte motivado por el tempo de los acontecimientos.

La Primera Intifada había estallado un año antes, como una revuelta espontánea contra la ocupación de "piedras contra tanques", como solía describirse.

Yaser Arafat quiso entonces capitalizar la protesta y ponerse a al frente antes de que se le fuera de las manos a la OLP que lideraba.

Además, en julio de 1988, Jordania renunció definitivamente a sus pretensiones anexionistas de Cisjordania, que administró entre 1948 y 1967 como si fuera su territorio.

"Sentía entonces que el movimiento nacional palestino se transformaba hacia una comprensión de los cambios regionales e internacionales que se habían dado", asegura Abdalá.

En efecto, veinte años después y sin el ruido de los titulares, la Declaración de Independencia aparece como una aceptación pragmática del verdadero equilibrio de fuerzas en la región.

Lo importante, pese a las vaguedades del texto, es la aceptación que se hizo en la misma sesión del Consejo Legislativo de las declaraciones de Naciones Unidas que implicaban la renuncia palestina a más de tres cuartos de su territorio histórico.

La OLP era ya consciente de que podía seguir reclamando durante generaciones "toda Palestina", desde el Mediterráneo hasta el río Jordán, pero que la realidad sobre el terreno era que Israel había ganado tres guerras (1948, 1967 y 1973) a unos países árabes cuyo apoyo a la causa palestina era ya más retórico que efectivo.

"Fue una decisión difícil que Israel no ha correspondido hasta ahora. Se reconoció su derecho a existir, pero Israel no ha permitido todavía la creación de un Estado palestino", lamentan fuentes de la OLP cercanas al actual diálogo de paz.

La paradoja, en este sentido, es la misma que guía los sesenta años que van desde el establecimiento del Estado hebreo: los palestinos luchan ahora por las migajas de lo que rechazaron en su momento.

Para Israel, esta "ceguera" palestina a aceptar el nacimiento del incipiente Estado judío es la culpable de las posteriores décadas de derramamiento de sangre.

Responsabilidades aparte, la Declaración de Independencia es, ante todo, la prueba de que la historia palestina es una sucesión de derrotas del débil frente al fuerte.

A golpe de realidad, los líderes palestinos han acabado por soñar hoy con lo que, hace mañana veinte años, fue una dolorosa concesión y, sesenta atrás, una pesadilla. EFE

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