La camanchaca

24 de febrero de 2012

Con mimo, guardaba Otto Rilke sobre la chimenea de su mansarda de París, un antiguo teatrito barroco a la italiana, que conservaba un forillo y algunos personajes de porte wagneriano. El forillo representaba un bosquete intrincado transitado por una niebla enigmática. En París, no como en Leipzig, podíamos hablar con desahogo, sin bisbiseos y sin recurrir al parapeto acústico de Bach, por el pavor...

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