Primeras damas: Agnese Landini, una titular que no ejercerá: "No iré con Matteo (Renzi) a Roma"

Ya le han puesto el título de 'anti primera dama de Italia', casi por comparación de lo conocido y por lo que se espera de ella. Agnese Landini es la esposa de Matteo Renzi, flamante primer ministro italiano: rehuye a la gestión pública, es profesora interina, no vive en Roma sino en Florencia y cría a sus tres hijos. ¿Su primera frase ante la prensa nada más conocerse el imparable ascenso del hasta ahora alcalde de Florencia? "No me llamen primera dama", toda una declaración de intenciones

José J. Alonso/Qué.es 14 de marzo de 2014

En medio de una Italia, como siempre ingobernable y de manera perpetua en el centro de un incendio político, aunque sea simuladamente, las miradas recaen sobre Agnese Landini, una primera dama que no quiere serlo y que decididamente les ha dicho a sus compatriotas que tiene una vida y que no la cambiará por mucho que su marido se haya mudado a Roma. Ha intentado evitar la atención todo lo posible, tratando de mantenerse en un segundo plano.

'Agne', como la llama su esposo casi desde que se conocieron en los scout, cuando ella tenía 17 años y él 19, es la confidente y asesora más cercana del jefe de gobierno de Italia. Ahora le observará, le seguirá algunas veces, le acompañará cuando pueda. Pero desde lejos porque tendrá las obligaciones propias de cualquier madre de clase media con 37 años, que enseña literatura e historia. Le gusta su papel, ser el centro de su familia, pero no le gusta estar permanentemente expuesta al ojo público.

"NO IRÉ CON MATTEO A ROMA"

Para que no queden dudas de que se trata de una rara avis en el mundo político, Agnese ha anunciado que no solo seguirá dedicándose a la docencia, sino que además ella y sus hijos se quedarán en Florencia, en lugar de residir junto al primer ministro en la capital del país. "No iré con Matteo a Roma", fueron sus propias palabras. "Ellos deben ir al colegio y yo tengo que seguir en la escuela donde enseño", justificó, insistiendo en que la familia se quedará en su casa de Pontassieve, a las afueras de la ciudad florentina.

                  

"Tengo una familia en Florencia y lo que me preocupa sobre todo es que los niños asimilen el cambio", dijo también. Los hijos a quienes protege, Francesco, Emanuele y Ester -de 12, 10 y 7 años-, deberán acostumbrarse a la ausencia de un padre que ahora reside en el palacio Chigi, sede habitual del primer ministro de Italia. "El mayor le toma el pelo, lo lleva bien", cuenta ella. "A los pequeños les explico que su papi va a estar menos tiempo en casa porque está haciendo una cosa grande, para el bien de tantos niños como ellos".

Su voz, frente a las cámaras de una cadena de televisión italiana, es firme y tranquila. "Este es el momento de Matteo. Por favor, hagan como si yo no existiera", imploró a los periodistas cuando su pareja participó en las primarias del Partido Democrático. Católica practicante y la mayor de tres hermanos -uno de ellos sacerdote-, no aparece en las fiestas e inauguraciones lujosas. En su defecto, prefiere las librerías o los campos de fútbol donde los hijos juegan a la pelota.

Dicen que no comparte muchos hobbies con su marido, más allá de salir a correr en Pontassieve. Agnese ama leer ensayo y novela, y le gustan la ópera y la música clásica; mientras, Matteo tiene en el iPod música de Jovanotti, Coldplay, Muse y U2. Él dice que Dante era de izquierda; y ella lo contradice: "No es verdad, era un conservador". Ambos aman cosas bastante cotidianas, como ir a la pizzería Far West de su pueblo y pedir margarita y refrescos para todos.

NO HAY MODELO

Y es que en ningún sitio está escrito cómo deben ser las primeras damas, su papel institucional. Lo más parecido ocurre en EE.UU., país en el que tampoco se reconoce un papel institucional a la pareja del presidente, pero sí que publicita en la página web oficial de la Casa Blanca las biografías de las 46 primeras damas habidas hasta el momento, y recoge por escrito el orden de importancia protocolaria que deben recibir incluso las viudas de ex presidentes. Algo es algo. 

                  

En cualquier caso Agnese es muy distinta de Michelle Obama, con agenda propia paralela a la del presidente. Sobre la norteamericana se dice que, antes de que su marido accediese a la Casa Blanca, ganaba cerca de 220.000 euros al año, casi el doble que el bueno de Barack. En Europa es distinto, y en Italia las primeras damas no tienen la importancia o visibilidad que adquieren en Reino Unido, por ejemplo. Las italianas son más discretas, casi invisibles. Hasta tal punto que cuentan que, en los últimos ejemplos, las titulares ni siquiera se han trasladado al Palacio Chigi. Aunque claro, Agnese ni siquiera se trasladará a Roma.

Podríamos pensar que la italiana es rupturista. Pero habría que conocer otras historias. Una de las soluciones más improvisadas es la que han adoptado en Bolivia, donde Evo Morales sigue soltero, después de siete años. Así, las antiguas funciones de esta figura están ahora a cargo de la Unidad de Gestión Social, que es manejada por profesionales. Sin embargo, algunos medios ya especulan sobre la posibilidad de que Claudia Fernández, prometida del vicepresidente Álvaro García Linera, asuma ese papel

Pero para rupturistas, los franceses, país en las que los últimos inquilinos del Eliseo han tenido amantes, se han separado, y han viajado a ratos solos y a ratos acompañados. Tampoco existe ese rol en Alemania, por ejemplo, donde el presidente no pinta nada y la canciller es una mujer que, a veces sí y a veces no, arrastra a su marido a las visitas de trabajo. Puro pragmatismo. Funcionalidad y rectitud prusiana. Sin alardes. Y debe ser un rasgo muy europeo porque hay esposas de primeros ministros a las que resulta difícil poner cara, la de Mariano Rajoy, Elvira Fernández, sin ir más lejos.

Luego hay otras modas. Aquella que convierte el tálamo conyugal en una verdadero acto de traspaso de poderes. Hay varios ejemplos. Así, Hillary Rodham Clinton (1993-2001), esposa de Bill Clinton, diplomada en Yale, no se resignó a ser su sombra. Se convirtió en senadora y fue lo suficientemente atrevida como para aspirar a la presidencia: le disputó duramente a Obama la candidatura del Partido Demócrata. Se tuvo que conformar con una secretaría de Estado, que tampoco está nada mal. Pero hay hay quien la espera en la nominación, tras la próxima convención demócrata.