Tres horas en el corredor de la muerte donde está preso Pablo Ibar

QUÉ! entra en el corredor de la muerte de la prisión estatal de Florida, donde comparte dos horas con Pablo Ibar. La experiencia, intensa y escalofriante, refleja la situación en la que se encuentran los condenados a muerte. Firma aquí para que no ejecuten a Pablo Ibar.

Nacho Carretero/Emilio Navarro. Raiford (Florida) 26 de junio de 2012

Se abre la primera verja. Su ruido te encoge el estómago. Entramos en el corredor de la muerte de Raiford, en Florida, un centro penitenciario con 402 reclusos que esperan la pena capital. Este año una persona del centro ya ha sido ejecutada con inyección letal.

En el primer control, una revisión rutinaria del pasaporte. Después llega el detector de metales y la entrega de un botón del pánico, algo que no invita al optimismo. "Colócatelo en el cinturón", recomienda un guardia. Impone, aunque el trato de todos ellos es amable en las tres horas que estamos dentro.

Se abre una nueva verja. Y otra más. Salimos al patio. Ante nosotros, un pasillo de unos 50 metros a través de una jaula de metal. Una humedad aplastante hace aún más duro el trayecto. En los meses de verano la temperatura supera los 40 grados. Otro celador nos guía. También recorre ese 'pasillo infinito' una trabajadora de la cárcel que rompe el silencio argumentando que esa mañana ha tenido un problema con su lavadora. Están acostumbrados. Saben que para un 'primerizo' es una sensación extraña, incómoda.

Los hombres de naranja.

Ya estamos ante la puerta del pabellón de los presos del mono naranja. Pablo Ibar, el único español condenado a muerte en el mundo, aguarda dentro. Sabemos que lleva semanas esperándonos. Es una oportunidad de contar su historia, por qué lleva 18 años en la cárcel sintiéndose inocente. También una manera de escapar, aunque sólo sea durante unas horas, de esa celda de dos por tres metros donde pasa 23 horas al día. Sólo sale de ella dos veces por semana para ir al patio, y tres veces para darse una ducha que nunca excede los 10 minutos. Antes de cruzar el primer muro preguntamos al guardia que nos escolta cómo es Pablo dentro de la cárcel: "Un buen chico, respetuoso, no se mete en problemas", asegura sin inmutarse.

Estamos dentro. Un nuevo control. Esta vez sólo nos piden el nombre. Otra verja que se abre. Y otra más. Queremos tener al preso cara a cara sin mampara de por medio, algo que es difícil en la primera visita. Un nuevo celador nos lleva a una sala. "Visita sin contacto físico", reza el cartel de la puerta. Va a ser imposible tener a Ibar sin un cristal de por medio. Cinco cabinas de visita se reparten en apenas 10 metros en esta nueva habitación. Al final, un baño. No deben recibir muchas visitas. Sólo hay una silla vieja.

Presos de testigos.

Justo detrás, a nuestra espalda, una cristalera nos separa de otra sala llena de presos de avanzada edad. Son reclusos de Raiford, pero no condenados a la pena capital. Sus monos son azules. Te miran fijamente y apenas hablan entre ellos: "Tendrán poco que decirse", pensamos. Son blancos, hispanos y, sobre todo, negros. En EEUU hay seis hombres negros por cada hombre blanco en prisión. Dos guardias les 'acompañan'. Son los primeros reclusos que nos encontramos. No tienen nada que hacer, ninguna distracción, alguno pierde su mirada por la ventana. Un desesperante aburrimiento parece flotar en esa sala. Lo que no falta es una máquina con 'comida basura'.

Pasa el tiempo y Pablo no llega. Diez, quince, veinte, treinta minutos... Los segundos gotean con lentitud.

A los 45 de espera se escuchan pasos y una puerta que se abre. Una silueta naranja se distingue al otro lado del cristal. Ibar entra en el 'box' con las manos atrás, esposado. Más joven y delgado que en su ficha de la cárcel. Sin una cana en su pelo y pocas arrugas en su rostro para alguien que lleva veinte años sin ver la luz en libertad. Está impaciente por tener las manos libres. "¿Cómo están?, saluda. ¿Hoy juega la selección española, no?". Y, al momento, nos da la bienvenida de la única manera que puede: extiende su mano derecha y la pega al cristal. Hacemos lo mismo. Las manos se juntan, pero no se tocan. Pablo Ibar ya está ante nosotros para contarnos su historia. Empieza a hablar sin que le hayamos preguntado nada. Nos mira a los ojos y resume su caso en un par de frases: "Estoy condenado a muerte por un vídeo borroso. Podrías ser tú el que está aquí encerrado".