¿Quieres que te sorprendamos con noticias curiosas de manera aleatoria? ¡Sorpréndeme!

La extraña cadena de coincidencias que casi dejan sordo a un científico de la NASA al cerrar la tapa del inodoro

Dentro de lo que cabe, tuvo suerte. 48 horas después del incidente, su audición empezó a mejorar: no había daño permanente. 

Alfonso Mata 6 de abril de 2018

La extraña cadena de coincidencias que casi dejan sordo a un científico de la NASA al cerrar la tapa del inodoro
Foto: Pixabay

Philip Metzger , un científico de la NASA, trataba de arreglar la cadena de su retrete cuando, una serie de catastróficas coincidencias, casi le deja sordo.

Según publicó el propio Metzger en Twitter, ya había terminado de reparar la cadena cuando la tapa de la cisterna se deslizó de entre sus dedos y golpeó el borde de la taza antes de caer al suelo. 

La tapa no se rompió, pero Metzger estuvo cerca de quedarse sordo, como consecuencia del estruendoso golpe. Fue el golpe perfecto.

"El sonido me dejó aturdido", explica . "Salí tambaleándome del baño y caí de rodillas en la sala de estar, preguntándome qué había pasado. Era surrealista. Tuve que probar mi audición porque noté algo extraño".

Su voz sonaba ajena en sus oídos. De alguna manera, la tapa del retrete había dañado su audición. 

Tratándose de un físico, Metzger sabía que el primer paso era averiguar lo que le había sucedido era calcular la velocidad del sonido en la cerámica, material del que estaban hechas la tapa y la taza del inodoro. Lo averiguó: unos 4000 metros por segundo, tal y como informa Gizmodo

Después necesitaba medir la frecuencia del sonido, para ello calculó la longitud de onda de la vibración que causó el golpe de la tapa en la taza.

Puesto que el sonido ocurrió en un medio delimitado (la tapa del tanque), usó la ecuación de las ondas estacionarias. Normalmente, la frecuencia es igual a la velocidad dividida por la longitud de onda, pero esta onda viajó de un extremo a otro de la tapa y rebotó de nuevo hacia el otro extremo, así que Metzger dividió la velocidad por la longitud de la tapa, y luego dividió por dos para obtener la frecuencia: 3,5 kHz o 3500 ciclos por segundo. La tapa no se rompió al caer, por lo que casi toda la energía del impacto se canalizó hacia el sonido. 

Además, la tapa era cóncava, así que actuó como una antena que enfocó esa energía hacia la cara de Metzger. Para colmo, la onda estaba limitada a unas frecuencias específicas (3,5 kHz y sus armónicos), de manera que toda su energía se concentró en puntos específicos de la cóclea en el oído interno de Metzger.

Según la altura desde la que cayó, la distancia a la que estaba su cara (unos 50 centímetros) y el hecho de que la taza era de porcelana, así que apenas amortiguó el golpe, Metzger calcula que el sonido se produjo con una intensidad de 138 decibelios. Eso está en el límite del daño permanente de audición, y por encima del ruido que produce un avión al despegar.

Pero además, todo ese sonido se había concentrado en bandas estrechas de frecuencias determinadas por la resonancia con la cerámica, por lo que el resultado fue mucho peor que un sonido de banda ancha al mismo nivel de intensidad. "Lo que lo hizo peligroso fue la rigidez de la superficie cerámica en la que rebotó y el hecho de que no se rompió", dice Metzer. "Más energía se canalizó en el sonido en lugar de romper enlaces moleculares".

Dentro de lo que cabe, tuvo suerte. 48 horas después del incidente, su audición empezó a mejorar: no había daño permanente.