8 niños han muerto a manos de su padre o la pareja de su madre y 24 han quedado huérfanos en 2017

Los niños que viven situaciones de violencia en casa tienen más riesgo de desarrollar actitudes machistas y sufrir maltratos cuando son adultos.

Qué! 23 de enero de 2018

8 niños han muerto a manos de su padre o la pareja de su madre y 24 han quedado huérfanos en 2017
Foto: Archivo.

El asesinato de una mujer en Azuqueca de Henares (Guadalajara) el pasado 28 de diciembre fue el último caso de víctima mortal por violencia machista, según el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. El año finalizó con la cifra de 48 mujeres muertas a manos de su pareja o expareja, cuatro más que en 2016, tal como recoge la estadística de víctimas de violencia de género del 2017. Pero este año también tendrá el triste récord de otra estadística: la de menores víctimas de la violencia machista. En concreto, 8 niños y niñas han sido asesinados por su padre o la pareja o expareja de su madre, 7 casos más que el año anterior. Además, 24 menores han quedado huérfanos después de que el hombre asesinara a la madre y después se suicidara.

«Los niños muertos o huérfanos son la punta del iceberg de la violencia que muchos menores sufren en el ámbito familiar», apunta el profesor de los Estudios de Derecho y experto en criminología de la UOC Josep Maria Tamarit, que remarca que pese a este aumento no hay que considerar ningún tipo de dinámica y tendencia.

Según Rocío Pina, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, debe remarcarse que los niños son víctimas de violencia de género y no de «violencia doméstica», puesto que esta etiqueta «invisibiliza y naturaliza el fenómeno y las causas y posibles soluciones».

Tensión familiar y estrategia de dominación

Uno de los motivos que se han estudiado desde el ámbito de la investigación para dar respuesta a esta realidad es la «teoría de la tensión». Tamarit explica que la presencia de menores puede incrementar el estrés y la conflictividad entre los adultos, que sirve como factor desencadenante de la violencia. «Los menores son la parte débil contra la que se puede descargar la respuesta a la tensión», afirma el experto en criminología.

Para Pina, los motivos de esta violencia radican en los roles, estereotipos e identidades que se han adjudicado a hombres y mujeres tradicionalmente y que han provocado la superioridad y relación de poder de un género sobre el otro. «La violencia machista es la estrategia de dominación, la herramienta que los hombres utilizan para mantener la posición de poder y dar continuidad al orden tradicional patriarcal de valores adquiridos culturalmente durante siglos, que lo posicionan por encima de la mujer y que, de rebote, acaban también afectando a los miembros más vulnerables de la unidad familiar en la que se encuentran», afirma la psicóloga.

De víctimas a verdugos

Amàlia Gordóvil, doctora en Psicología y profesora colaboradora de la UOC, explica que la experiencia de crecer en un entorno de violencia de género provoca que en la mayoría de ocasiones los menores asuman un rol familiar totalmente contraproducente y para el que no están preparados emocionalmente porque «se invierte la jerarquía familiar: el hijo protege a la madre en lugar de ser él, como menor, la persona protegida». De este modo, el vínculo que estos niños establecerán con los padres también será determinante y puede provocar dificultades de relación en la vida adulta.

Estas dificultades se traducen, según los expertos, en un mayor riesgo de perpetuar la violencia adoptando patrones de comportamiento propios de la víctima o, incluso, del agresor. Según Gordóvil, las chicas son más propensas a entrar en relaciones de violencia de género, y los chicos tienen un riesgo más alto de desarrollar «conductas violentas y machistas en la edad adulta». Por su parte, Rocío Pina explica que los niños aprenden estas conductas violentas y patrones de relación conflictivos, lo que de adultos hace que «acepten y ejerzan violencia como método para la resolución de conflictos».

Más implicación de los centros educativos

Los síntomas que presentan los niños y niñas víctimas de violencia machista pueden ir desde explosiones de rabia y trastornos de conducta a una inhibición y falta de espontaneidad que no es propia de la niñez. El ministerio realizó el estudio. Las víctimas invisibles de la violencia de género, en el que se estudiaba la experiencia vivida por 160 menores: el 99,4 % de los entrevistados presentaba algún tipo de alteración psicológica.

Además, la profesora Pina apunta que los menores pueden presentar consecuencias en diversos ámbitos tales como:

  • Consecuencias físicas (retraso en el crecimiento, alteraciones del sueño o de la alimentación)
  • Consecuencias emocionales (depresión, ansiedad, baja autoestima, miedos)
  • Problemas cognitivos (peor rendimiento académico, déficit de atención y concentración y síntomas traumáticos)
  • Problemas de conducta (falta de habilidades sociales, agresividad, delincuencia...)

El profesor Tamarit considera que las instituciones educativas tienen que implicarse más en la prevención y también en la detección y comunicación de los casos de violencia «porque son quienes tienen más contacto con los menores fuera del ámbito familiar». También pide que las administraciones velen por el cumplimiento de la ley y los protocolos, e implementen «programas basados en la justicia restaurativa» que permitan intervenir sobre todo el grupo familiar para tratar las causas y las consecuencias de la violencia.

En este mismo aspecto, Rocío Pina asegura que hay que endurecer y reforzar los recursos y servicios de la Ley de violencia machista, y que se debe elaborar una normativa adecuada que reconozca sus derechos como víctimas directas de este fenómeno. «Hay que proteger efectivamente a las mujeres porque solo con la protección integral de la mujer se conseguirá la protección de los menores que sufren y viven en ese entorno», afirma la profesora.