OPINION: AUGE Y FRACASO DE LA REVOLTA TRAPISONDA CLAVES Y MISTERIOS

Tan solo les queda a los nacionalistas la mano tendida del mundo podemita, que no solo les reconoce su (supuesto) derecho de autodeterminación, sino que les hacen los coros en cuanto pueden

Tato Cabal 30 de noviembre de 2017

OPINION: AUGE Y FRACASO DE LA REVOLTA TRAPISONDA CLAVES Y MISTERIOS

El estrepitoso fracaso del proceso independentista catalán ha sido casi tan sorprendente como fulminante. Un desafío al Estado que ha tenido en vilo durante meses a un país bastante horneado por la Historia, como es la veterana España, bien merece unos minutos de serena reflexión pasadas ya unas semanas del fiasco.


Nos estamos refiriendo al episodio concreto de la meliflua revolución secesionista, bautizada por el nacionalismo como «el Procés», que finalizó el 27 de octubre, día en que el Parlament proclamó la república y el gobierno puso en marcha el artículo 155, teniendo como último suspiro el surrealista guateque de la plaza de Sant Jaume, donde diez mil individuos celebraron la independencia mientras continuaba ondeando la rojigualda en su mástil.


Se puede considerar que todo comenzó en septiembre de 2012. El día 11 se celebra la Diada con una masiva manifestación en la que predominaban las esteladas; el 20 se planta en la Moncloa el presidente Artur Mas, pechihenchido, para reclamar un pacto fiscal a la vasca y millonarias inversiones públicas en Cataluña, cosa que Rajoy rechaza por inviable; y el Parlament aprueba el 27 la celebración de un referéndum sobre la independencia, en el ejercicio de su (supuesto) derecho de autodeterminación.

 Estos tres hechos conforman una secuencia que dice mucho sobre el perverso juego de envites que se encuentra en la génesis del órdago final. Mirad, dicen los nacionalistas, el pueblo catalán está enardecido por el desprecio a su cultura y tras el saqueo continuado (no voy a desmentir ni explicar todas y cada una de las mentiras del relato independentista porque se cuentan por cientos), pero nosotros somos sus gurús y los podemos controlar a poco que nos deis argumentos (o sea, la pasta). 

Pero como Rajoy no entra por el aro, ellos dan una vuelta de tuerca más. A fuerza de negativas y vueltas de tuerca durante los siguientes cinco años, acabó pasando lo que pasó. 

 
¿Cómo se había llegado a ese punto? Dos circunstancias concretas explican ese tránsito desde la situación de normalidad previa, cuando el independentismo fluctuaba en un moderado rango de entre el 10 y el 15 por ciento de los votantes, y son, a saber: la sentencia del Constitucional sobre el estatuto reformado en 2006 y la aguda crisis que había comenzado en 2008 y que en España cursaba con el agravante del dislate del ladrillo. 


En la transición se había impuesto un pacto tácito entre el Estado y el nacionalismo catalán consistente en que el primero ofrecía un estado autonómico a máximos a cambio de que el segundo renunciara a la aspiración secesionista. El hombre es capaz de tropezar en la misma piedra dos veces salvo en la cuestión del nacionalismo, donde ha demostrado ser capaz de tropezar en infinitas ocasiones. 

El Estado cumplió su parte y redujo su presencia en Cataluña a la mínima expresión, pero pedir fidelidad a los nacionalistas en estos asuntos nos remite invariablemente a la fábula de la rana que cruza el rio llevando en su lomo a un escorpión; es su naturaleza. La naturaleza del nacionalismo es sencilla y mononeuronal; la sacrosanta patria. Como consecuencia, las dos circunstancias antedichas se presentan sobre un sustrato sumamente enriquecido durante años, con todas las sustancias nutrientes necesarias para que el más vulgar manipulador de mentes, cualquier aprendiz de Goebels, pueda obtener una excelente cosecha.

 La educación más que sesgada, el uso impúdico de los medios de comunicación, la política cultural y lingüística, etcétera, a lo largo de varios lustros, con los dineros sin límite de todos los ciudadanos, y con la falta de réplica política e institucional, convencieron al clan pujolista de que era el momento de echar un pulso al Estado. 


Ojo; los hijos del muy honorable y su centurión del momento, Artur Mas, junto a los demás miembros de la casta político-nacionalista secretada por la burguesía de «ocho apellidos catalanes» no estaban locos. Se creyeron con cartas en la mano y trataron de sacar tajada viendo que el Estado estaba representado por un personaje al que no consideraban una lumbrera y que, además, estaba debilitado por una situación de acoso político y social, acuciado por los casos de corrupción en el PP y por una gravísima crisis económica que le había llevado a practicar una dura (y muy cuestionable) política de recortes. 


Artur Mas, el astuto, tuvo claro desde el principio que debía aprestarse a batallar con todo. Cuestión imprescindible era contar con los independentistas de siempre, y resultó sencillo; el talibanato en pleno estaba alistado en las disciplinadas filas de ERC y convencer a su Sanedrín de la oportunidad de llegar a Canaán fue pan comido: bastaba con mencionarles un par de veces con tono de peli porno las palabras mágicas «Cataluña independiente» para que demostrasen sus facultades multiorgásmicas.


Por lo demás, era cuestión de teatro y de dinero. El teatro, al fin y al cabo, está en el mismo origen; ya saben ustedes lo que significa «poner cara de póker» en el momento de subir la apuesta. Y el dinero, pues imagínense, a los medios de comunicación independientes, pues que te abro, que te cierro el grifo, y en los propios pues apretar el acelerador; y los millones necesarios para engordar a las organizaciones supuestamente civiles e independientes de Omnium y ANC; y que aparece uno con título de historiador que dice que El Quijote original estaba escrito en catalán y que Colón era de Manresa, pues una gira por provincias (demasiada falacia para la capital), pero si hay otros historiadores que dicen que Cataluña es una nación milenaria y que está vilmente oprimida y esquilmada, pues un congreso de historiadores y en prime time. El referéndum reconvertido en consulta popular del 9-N de 2014 contiene las dos cosas, teatro y dinero. Por esto último Mas y dos consejeras fueron condenados y andan pidiendo por las esquinas del independentismo.


En esos momentos del mesoproceso destaca un hecho que tuvo capital trascendencia; la sustitución del taimado Mas por el mediocre Puigdemont. Los pijos traviesos de la exótica pseudoizquierda catalana, los de la CUP, no le cuadraban a Mas desde el primer minuto. Incluso había convocado sorpresivamente las elecciones a finales de 2012 pensando en que era una maniobra magistral para desplazar a estos antisistema, pero el tiro le salió por la culata. A los de la CUP les parecía divertida la propuesta, pero, claro, no podían tomarse cañas ahora con uno al que habían insultado e impedido, incluso, salir a pie del Parlament, así que fueron al cambio de cromos: cabeza por votos.
Puigdemont no tardó en convencerse de que estaba escrito que había nacido para Gran Timonel. Ese es el problema, que antes formaban un dúo con cabeza y corazón (Mas-Junqueras) pero ahora solo había vísceras. Y fueron estos dos flipados los que de verdad articularon la revuelta trapisonda. 


Se pasaron todo el 2016 y comienzos del actual reforzando el relato mendaz; que las empresas no se irían, que Europa no les dejaría fuera, al contrario, porque serían la octava economía y España pasaría al puesto veintiuno, que todo estaba estudiado y previsto, que disponían de los listados del censo y de toda la maquinaria... 


Como nadie les tosía, se vinieron arriba. Llegó un momento en que campaban a sus anchas. Sus fabulaciones llegaban a las masas como verdades incuestionables; ya no explicaban, sino que predicaban; ya no representaban al pueblo catalán, que era un sol poble, sino que lo encarnaban; ya no iban de farol, sino que tenían escalera de color. Todo era espejismo.


Supongo que cuando comenzaron a decir que lo legal era saltarse la ley, porque había otra superior que amparaba a los pueblos oprimidos, y que España no era un país democrático, sino franquista, y que nada ni nadie podría ya evitar la proclamación de la independencia, Mas y los pragmáticos comenzarían a padecer sudoraciones; se les había ido de las manos. La neurastenia de los dirigentes se había contagiado a la masa, pero como el Estado no daba una palmada en la mesa, y el gobierno parecía desbordado, pues ¿por qué no pensar que había alguna posibilidad? ¿Cómo pudo olvidar Artur Mas que la especialidad de Rajoy es jugar al fondo de la pista?


El apogeo se alcanzó el 1 de octubre, día en que se celebró el sucedáneo de referéndum, y el motivo fue que las cargas policiales afianzaron su idea de que el mundo, horrorizado, les comprendía y de que ellos tenían la razón, pues ni por esas se podría poner puertas al campo. Y cuando todo apuntaba a que ya solo faltaba desembarcar en la Arcadia, resultó que lo que dio comienzo fue el fracaso rotundo del procés que había logrado trastornar a toda la ciudadanía catalana; a una mitad, encandilándolos con ensoñaciones de lunáticos, y a la otra, con el tormento de una pesadilla.


Como nadie reconoce la endeblez propia, y menos los que viven de la fantasía y del victimismo, los nacionalistas han achacado al 155 la autoría de todos sus males, pero las cosas no son así. Lo hubiesen sido si se hubiera promulgado con prontitud y contundencia, como lo habrían hecho todas esas democracias que los independentistas tanto alaban.


Pero no, la explicación del derrumbe está en los factores endógenos; inventarse la realidad para animar a la parroquia tiene el peligro de que tu mismo te acabes creyendo tus mentiras; si uno miente es un mentiroso, pero si se cree sus mentiras es un neurótico. En su delirio, creían estar en un escenario en el que, uno, el mundo entero les apoyaba; dos, los españoles progresistas reconocían su derecho de autodeterminación; y, tres, ellos eran los dueños de la calle. Sí, esas eran sus bazas, y las tres, también mentiras. Veamos.


Primero, el baño de realidad llegó de inmediato en forma de galerna con olas de quince metros (como la de la salida de las empresas) y una de las que más agua fría trajo fue la sucesión de declaraciones internacionales tajantes de apoyo al Estado español. Con la excepción de algún político de extrema derecha y de Putin y Maduro, los independentistas no se comieron una rosca. ¿Quién demonios se va a creer allende nuestras fronteras que Cataluña es una nación oprimida y esquilmada? Y como el nacionalismo es un viejo conocido, que ha llenado cementerios por doquier, y en Europa hay decenas de regiones y de idiomas, ¿quién va a querer dar pábulo a un proyecto disgregador que va, precisamente, contra lo que da sentido al proyecto europeísta?


Segundo, la presunta connivencia de los progresistas españoles. Si bien el punto anterior estaba cantado, este era más difícil de pronosticar. España es el único lugar de Europa donde la izquierda ha vivido con la falsa idea de que el nacionalismo regionalista era un aliado natural. Seguro que esto viene de su ancestral coalición contra lo que se conoce como el «antiguo régimen», incluida su última expresión, el franquismo, pese a las reiteradas traiciones (basten como ejemplo el pacto de Santoña del PNV en el 37 y el golpe independentista de Companys en el 34).

 Pero en el fragor de la refriega, afortunadamente, se les ha caído la careta, y el nacionalismo ha dejado ver claramente sus vergüenzas: supremacismo, egoísmo fiscal, chovinismo, pensamiento único, clasismo y talante fascistoide. Creo que el anuncio de Puigdemont en junio de que el referéndum se celebraría en septiembre no le benefició; los españoles tuvieron todo el verano para discutir sobre el tema en las mejores condiciones, con la cerveza en la mano, y hoy se puede decir que, gracias al procés, nunca se ha tenido tan claro entre los votantes progresistas, desde los inicios de la democracia, que el nacionalismo no es un aliado natural de la izquierda, sino, precisamente, todo lo contrario.

 Tan solo les queda a los nacionalistas la mano tendida del mundo podemita, que no solo les reconoce su (supuesto) derecho de autodeterminación, sino que les hacen los coros en cuanto pueden: que si el estado es franquista, que si los políticos presos son presos políticos, que si hubo más de mil heridos, de los que menos de diez lograron llegar a los hospitales, (este episodio es un clamoroso piscinazo, en términos futbolísticos, pues si bien es cierto que hubo falta, también lo es que hubo exageración a raudales).


El tercer pilar eran los dos millones de ciudadanos movilizados y dispuestos a todo: la calle. Analicemos de qué elementos se nutría la infantería:

 a) Los independentistas de siempre.

 b) Los indignados con el sistema, del entorno de Podemos y confluencias; gentes que aúnan un inmenso odio a Rajoy-PP y una escasa capacidad de discernimiento que les impide distinguir a España de sus gobernantes, de tal modo que sin ser nacionalistas (y mucho menos independentistas) jaleaban a los que se querían segregar de un estado corrupto y cochambroso.

 c) Los que sacaron la calculadora cuando escucharon lo de España nos roba y el cuento de la lechera en la versión de los popes junqueristas y, por un mecanismo de natural defensa de nuestra integridad moral, descubrieron repentinamente que Cataluña era una nación oprimida. 

d) Las gentes ilusionadas. Podríamos llamarlos los seguidores de Hamelín. Se trata de un nicho amplio y variopinto en el que predominan los jóvenes que se han criado con los cuentos chinos de Wilfredo el Belloso y caperucita y el lobo español en las treinta promociones estudiantiles más recientes, pero no excluye a personas maduras amantes desde siempre de lo catalán.


Estos dos últimos grupos, los de las cuentas y los de los cuentos, son los más numerosos y quedaron perfectamente retratados en las entrevistas de la tele. Me resulta inolvidable una de El Intermedio (la Sexta) en el que una chica joven decía que era independentista desde hacía poco y lo era porque le hacía mucha ilusión participar en un proyecto de país nuevo. 

Lo que no había, desde luego, eran esos rudos obreros portuarios o de los polígonos, ni esas corajudas milicianas dispuestas a defender la barricada contra el asalto de las tanquetas. Las estadísticas de apoyo por poder adquisitivo eran esclarecedoras: el independentismo era mayoritario en las clases altas y minoritario en las más humildes.


Ellos lo llamaban la revolución de las sonrisas, y ciertamente las manifestaciones tenían un cierto aire de fiesta del Hare Krishna, pero creo que esto se debe, más que a una voluntad de sus líderes, al inexorable principio de orden sociológico que dice que solo ponen toda la carne en el asador de una revolución los que tienen mucho que ganar y poco que perder. ¿Qué tienen que ganar los independentistas? ¿Más catalanidad? ¿Más prosperidad? Pero sí tienen mucho que perder, ¿no?


La realidad es que no contaban con apoyos internacionales, mantuvieron un incompleto respaldo de los dirigentes del entorno de Podemos (veremos qué precio pagan entre sus votantes) y fueron perdiendo el control de la calle en favor de los postergados, esa otra mitad de los catalanes que no estaban dispuestos a seguir callados. Para ganar una revolución no basta con encender las emociones, hay que tener también razones en los dos sentidos, en el de motivos y en el de argumentos.


Porque lo que ha fracasado no ha sido otra cosa que una revolución. Solo hay dos caminos para lograr las transformaciones sociales de este calado: o la vía legal, que exige respeto a las reglas, o la vía de la revolución (en términos de la Transición, reforma o ruptura) ya se le llame revuelta, motín, asonada, golpe o calaverada, y ya sea violenta o poco más que una travesura, como ha sido esta.


Viendo las secuelas del desaguisado, muchos de los seguidores de Hamelin, y de los que sacaron la calculadora antes de la salida de las empresas, incluso de los indignados dispuestos a cualquier cosa con tal de amargarle la tarde a Rajoy, se tomarán las cosas de otra manera en el futuro, pero no faltarán los que sigan rascándose la barretina para encontrar el modo de seguir con las espadas en alto en cuanto sea posible. Por eso quiero acabar con dos reflexiones:


Nunca se sabe lo que puede pasar con el paso de los años, pero hoy en día se puede afirmar con total rotundidad que la independencia de cualquier territorio español es, simple y llanamente, imposible. Por la vía legal habría que cubrir un proceso que supondría reformar la Constitución mediante un acuerdo respaldado por una mayoría cualificada. ¿Alguien sensato piensa de verdad que PSOE, PP y Cs (los tres) van a abrir tranquilamente la puerta a la secesión? Y por la vía no legal, ya se sabe lo que hay. Sería bueno que los políticos dijeran esto claramente para que no siga habiendo falsas expectativas: la independencia no solo es inmoral, inapropiada, empobrecedora y quimérica, es sobre todo imposible. Dediquen sus energías a algo más provechoso. 


Y, por último, hay que decirles a los políticos constitucionalistas que para que no vuelva a ocurrir lo mismo, lo primero que hay que plantearse es no seguir haciendo, ni permitiendo, lo mismo. Al buen entendedor le sobran las palabras. Ahora, que pinta en bastos para los nacionalismos, hay que ser muy claros: diferentes, sí; desiguales, no.

Tato Cabal, escritor y gestor cultural.