Mi mundo infantil estaba poblado por dos tipos de personas: los míos y los otros.

Madrid tenía vocación de pueblo: amanecía cubierta de rocío los días de invierno con cielo raso, las ranas croaban en el arroyuelo que hoy es la M-30, y las lecherías, que por entonces había lecherías en todos los barrios, se abastecían de las vaquerías que convivían con las grúas en las fronteras de la villa.

Tato Cabal 20 de noviembre de 2017

Mi mundo infantil estaba poblado por dos tipos de personas: los míos y los otros.

Cuando comencé a ir al colegio, allá por los años sesenta, Madrid era una ciudad que crecía a un ritmo endiablado. Ese periodo de la historia de la España franquista que sucedió a la posguerra es conocido como el desarrollismo. Por entonces, las grúas colonizaban los terrenos fronterizos entre la urbe y el campo, y éste retrocedía irremisiblemente, con resignación.


Madrid tenía vocación de pueblo: amanecía cubierta de rocío los días de invierno con cielo raso, las ranas croaban en el arroyuelo que hoy es la M-30, y las lecherías, que por entonces había lecherías en todos los barrios, se abastecían de las vaquerías que convivían con las grúas en las fronteras de la villa. 


Pero al igual que a los niños un día nos ponían el uniforme y nos llevaban al colegio, a la joven Madrid los tiempos modernos la arrastraron a ser urbe. 


 Mi mundo infantil estaba poblado por dos tipos de personas: los míos y los otros.Los míos eran los niños, adolescentes y jóvenes. Éramos los dueños de la calle, y deambulábamos en pandillas de edades mezcladas en busca de cualquier cosa que pudiera encaballarnos más en la vida. Los otros eran los mayores, una gente mandona y rigurosa, al tiempo que sufrida, convaleciente, que sabía callar y que entendía el lenguaje de los silencios como no he vuelto a ver nunca a nadie. 


Cuando yo era niño cada bar tenía su borracho. En los tiempos de mi infancia había vencedores y vencidos; los que tenían entonces más de cuarenta y cinco años no podían haber sido jóvenes ajenos. Todo estaba demasiado reciente.

 También había ricos y pobres, casados y solteros, decididos e indecisos, severos y bonachones, pero lo que no había era una categorización por regiones: catalanes y murcianos, y canarios, y maños, y gallegos... Claro que los había, pero esa era una condición sin ninguna trascendencia.


En clase, en el barrio, en cualquier sitio se escuchaban todos los acentos, y nadie se acordaba de Babel. Solo había rivalidad en el futbol. ¡Qué maravillosa frase la de aquel que dijo eso de que el futbol es lo más importante de lo no importante! Soy del Madrid, pero aplaudo y disfruto del artículo de Serrat con sus preocupaciones por la renovación de Mesi. 

Entre paréntesis añado que hace un par de años coincidí con Serrat en una fiesta en la casa de una amiga común y le dije que el fichaje de Arda Turán era tirar el dinero y que ese jugador no funcionaría en el Barsa. Lo dije sin creer en ello, de verdad, solo por dar rienda al duende picajoso que a todos nos acompaña cuando hablamos de futbol, o, como decía su canción, por joder con la pelota, y él se enfurruñó y zanjó la conversación con un manotazo al aire. 


Siento haber dado la plasta a los más jóvenes con la columna de hoy; para ellos, estos tiempos a los que me he remontado deben de ser como para nosotros cuando nos hablaban de Primo de Rivera. Pero olvidar las lecciones de la historia no es aconsejable. Me parece grotesco escuchar a algunos ignorantes hablar del "régimen del 78", o promulgar que no dar apoyo a los delirantes propósitos de los independentistas catalanes es de fascistas, por no hablar de cuando el cretino de Rufián dijo eso de que marchándose de España se marchaban de Franco


Llamo a todos a discutir acaloradamente de futbol, pero a disfrutar gozosamente del canturreo de todos los acentos de nuestros compatriotas. Lo cual no es óbice para afirmar que estoy de acuerdo con Lorca cuando aseguraba que se sentía más cerca de un chino bueno que de un español malo.

Tato Cabal, escritor y gestor cultural.