(opinión) Las ies con punto - Tato Cabal

Sería bueno pararse a pensar un poco y conjurarnos todos para no hacerlo tan mal en adelante.

Tato Cabal. 6 de noviembre de 2017

(opinión) Las ies con punto  -  Tato Cabal

El motín ha terminado. O, mejor dicho, la revolta. No se ha zanjado, por supuesto, el problema del separatismo catalán. Es tarea imposible la de acabar con la atávica propensión de nuestros compatriotas a no rendirse a la realidad ni cuando nos trasladan en camilla directamente al hospital, a no aflojar el tono ni reconsiderar los argumentos, a no dar el brazo a torcer, sino a intentar retorcer el brazo al otro. 


¿Cuántos estarán hoy limpiando las armas antes de guardarlas en uno de esos cajones que quedan más a mano? ¿Cuantos andarán haciendo cálculos o diseñando estrategias, en despachos y celdas, para volver a las andadas?, ¿y cuántos afilando el hacha de trocear árboles caídos?


Pero lo que es innegable es que el episodio de la revolución de las sonrisas, el pruses, que consistía en la desconexión de España con la proclamación de la República catalana, con la falsa legitimidad del supuesto referéndum del uno de octubre, ha pasado a la historia. Si, así, como si nada.
Se proclamó en el parlament, con la ambigüedad habitual, y luego se juntaron seis o siete mil colegas para celebrarlo con un guateque en la plaza de san Jaume

. Como era viernes y la mayoría habían quedado a cenar con sus amigos, se fueron a una hora más que prudencial, y ya está, prou, se acabó el motín. Nada de gentes cargadas de emociones rebosantes tomando las calles, nada de barricadas, nada de tanquetas por las Ramblas. Lo que hay es desconcierto entre los feligreses del independentismo, perplejidad en las pobres gentes que se habían creído que esto era, no solo posible, sino imparable, y que ya estaban planchando el traje de los domingos.


Una vez vi que unos trileros estaban desplumando a una pobre mujer en la acera de la gran Vía y le di un par de gritos para sacarla de la ensoñación, lo que me costó que los compinches de los maleantes me amenazaran seriamente. No me importó; la mujer, una joven de León, según me dijo cuando se despedía con cierta turbación, despertó y dejó de vaciarse su billetero. Puede que los gritos de la realidad hayan despertado a muchos de los cándidos independentistas, y su soñadora ilusión se haya tornado congoja o vergüenza, pero me temo que los demás ahora tengan redoblados motivos para fabular con lo de la patria sometida por las hordas incultas y franquistas de los españoles, que les roban y acogotan, es decir, que tengan el corazón aún más negro de odio. 


Sería bueno pararse a pensar un poco y conjurarnos todos para no hacerlo tan mal en adelante. Lo que tiene que hacer Puigdemont es desistir de hacer el ridículo por Europa y regresar a la madre patria, que le va a dar con la zapatilla en culo, y apechugar confiando en la benevolencia que florece con la calma; y los demás compinches, regresar a la realidad, que puede ser dura, pero no tanto como el calvario al que nos ha conducido su calaverada. Pero nosotros también tenemos que cambiar el tono. Hacer los deberes para que esto no se repita, pero cambiar el tono para propiciar la reconciliación. El odio es como una enfermedad, que puede ser aguda o crónica. La aguda es dolorosa, pero pasajera; la crónica es peor por incurable e irreversible. Y si no, que se lo pregunten a judíos y palestinos.


Yo soy optimista, sé que los españoles somos loquizos en el calor, y lo hacemos todo infierno cuando hay batalla, pero también sabemos recuperar la cordura con las píldoras de la distancia y la cataplasma del humor. No nos dejemos pintar de negro por el rencor.

Tato Cabal, escritor y gestor cultura.