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Música


Muse llena de rock y marcianos el Vicente Calderón

El trío británico liderado por Matt Bellamy recupera la mejor 'opera rock' con un recital y una puesta en escena apabullantes.

Miguel R. López - Qué.es 17 de junio de 2010

Muse llena de rock y marcianos el Vicente Calderón
Matt Bellamy, líder de Muse, en una de sus últimos conciertos / Muse

Volvieron las bengalas al Estadio Vicente Calderón. Volvieron también los gritos de rabia, los puños en alto, las banderas agitadas al viento y los cánticos de 'resistencia' . Por volver, volvieron hasta los marcianos en un ovni que sobrevoló el cesped. Volvió la sensación de triunfo, de victoria y de gesta superada con el encendido de las luces. Ayer, precisamente ayer, los responsables de la heroicidad no fueron unos futbolistas. La 'culpa' fue de Muse.

El trío británico liderado por Matt Bellamy ejecutó ayer en Madrid un recital grandilocuente, ambicioso, efectista y eficaz, del que ya no se hace porque nadie cree en el conjunto bien ensamblado. Lo que ayer vivieron las 50.000 almas que llenaron (aunque no abarrotaron) el templo atlético fue una catarsis sinfónica tejida de principio a fin por un mismo hilo, el rock eléctrico y electrizante. Ayer, el frío, la lluvia, la reforma laboral y hasta la derrota de España se quedaron con el taquillero en la puerta.

Dentro del Calderon esperaba un viaje futurista a bordo de un gigantesco escenario políedrico, una nave espacial en forma de inmenso romboide mal encajado en el estadio que haría palidecer de envidia a cualquier creación reciente de las giras de U2 y que sólo por ver en funcionamiento, con sus casi 40 pantallas, y sus decenas de focos y juegos de luces, ya merecía la pena pagar la entrada. Sobre el escenario, Dominic Howard (bateria, de negro), Chris Wolstenholme (bajo, de blanco) y Matt Bellamy (guitarra y voz, de gris), un trío de magos listos para sacarse de sus chaquetas los mejores trucos de su repertorio.

El juego, sin embargo, no se quedaba solo en lo visual. Muse propusieron en su 'Resistance Tour' la ejecución práctica de su último dísco, una suerte de 'opera rock' de corte marcial y antisistema, soflamas políticas y guiños a unos ideales políticos y reivindicativos machacados por los tiempos que corren. Rabía, coraje, derechos civiles y guitarreo. Era como si Queen hubiera regresado de la tumba, pero cambiando a Mercury por Bellamy y metiéndole más caña aún si cabe a las eléctricas. Los acordes militares de 'Uprising' sirvieron para alzar el telón de la noche. Se enarbolaron pancartas y las citadas bengalas desde lo alto del escenario, recordando que 'ni doblegarse ni huir', que 'la victoria debe ser nuestra'. Había que dejar bien claro de qué iba esto.

Lo bueno es que Muse, además, combinaron estas nuevas canciones con 'clasicos' de su repertorio. Por las gradas del Calderón se corearon himnos recientes como 'Supermassive Black Hole' o 'New Born', se oyeron gritos de júbilo cuando sonó la hasta ahora inédita en la gira 'Bliss' o se eclipsó al propio Bellamy cuando decidió ejecutar 'Hysteria'. Nada como un brillante pasado para asegurarse réditos en el presente, incluyendo si es necesario una nueva colaboración con la saga 'Crepúsculo' en 'Neutron star collision'.

Los británicos supieron mantener el nivel de intensidad a lo largo de las más de dos horas que duró su recital, ya fuera por el nivel de decibelios alcanzado o por la pirotecnia del espectáculo, que tan pronto subía a Bellamy y sus chicos a 20 metros sobre una plataforma giratoria para cantar 'Undisclosed desires' entre su público como te soltaba confetis a mitad de show para animar la fiesta.

Con el final, lógicamente, llegó la gran traca. 'Resistance' abrió el fuego gracias a los mejores acordes de piano hechos este 2010, 'Time is running out' puso el Calderón patas arriba y 'Unnatural selection' cerró el primer bloque con el mismo público igual de entregado. Cuando arrancaron los primeros bises, ya directamente lo que se desató fue el delirio.

Un globo gigante, en forma de ovni plateado, irrumpió tras el escenario. Lentamente sobrevoló las cabezas del respetable hasta quedar suspendido en mitad del estadio madrileño. Y justo cuando todos los presentes miraban al cielo boquiabiertos, una 'marciana' acróbata descendió de entre el helio para hacer piruetas sobre sus cabezas. Segundos después 'Take a bow', 'Plug in baby' y 'Knights of Cydonia', una detrás de otra, remataron la noche. La adrenalina se disparaba, los sentimientos se entremezclaban y la sonrisa se incrustaba en la cara.

¿Por que? Fácil. Gustó la puesta en escena, que recuperó el concepto de concierto espectáculo desterrado al género 'divas' (Madonna o Beyoncé); gustó la selección musical, ajustada, variada y sin apenas opción al bostezo; gustó la entrega del público, animado y saltarín pese a las temperaturas poco veraniegas; gustó la capacidad de improvisación de una banda que se siente cómoda en España; pero sobre todo gustó el hecho de que, entre el estilo comercial con Bon Jovi, el toque adulto con RATM, la parte más dura con Metallica & Motorhead y ahora la puntita de renovación que le da Muse al género, en apenas 10 días Madrid se ha hinchado a rock. Qué dure.

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