Pues si. A veces toca rectificar. Dice el dicho que hacerlo es cosa de
sabios. Aunque en el caso que nos toca, un directo de La Oreja de Van
Gogh, lo que ha cambiado, más que la opinión de este comentarista, es
el rodaje de un grupo que retomó su carrera en plena catarsis como si
de unos debutantes se tratara y poco a poco va recuperando el fuste
debido (y exigido). Suenan mejor que
aquella tremenda actuación prenavideña, sin lugar a dudas. Aunque la mejoría no ha llegado por donde uno esperaba...
Bien es cierto que para brillar bien, un buen entorno ayuda. Lo de ayer no era el Palacio de los Deportes,
ya saben,
la cumbre del sonido conciertil madrileño, sino el renovado
Orange Cafe de Madrid (antigua sala Chesterfield), que ayer reabrió de manera oficial sus
puertas en Madrid. El hecho de que una sala vuelva a ofrecer música en
directo en la capital, ya es buena noticia de por sí. Que detrás haya
una mastodóntica firma comercial que lo apoya, mucho mejor (porque se
le supone cierta perdurabilidad al sitio). Y que encima lo inaugure La
Oreja de Van Gogh... Bueno, eso ya implica otras cosas.
La primera impresión que llega con el directo de La Oreja es que
Leire ya no es ese reemplazo extraño que intentaba
fotocopiar los gorgoritos de Amaia Montero mientras luchaba por disipar
las sombras que acompañaron su nombramiento como vocalista de La Oreja.
No. Leire Martínez
es ya, sin género de dudas, la clonación perfecta de
la chica del 'Quiero ser'. Para lo bueno y para lo malo.
Para lo bueno, porque Leire se ha adaptado perfectisímamente al pasado
de la Oreja. Cuando se la escucha a metro de distancia interpretar a
pleno pulmon 'Muñeca de trapo', 'Deseos de cosas imposbles' o '20 de
enero', resulta imposible apreciar algo diferente de lo que Amaia
ofrecía a su público. Mismo tono, mismas notas clavadas en el mismo
sitio, mismos giros, subidas y bajadas...
Idéntico que al original.
Impecable ejecución. Logiquísimo que guste. Es La Oreja de Van Gogh en
estado puro. Como si nada hubiera cambiado.
Para lo malo, porque uno no acaba de comprender este puñetero empeño
de Leire por reflejar el pasado como si fuera un espejo en lugar de
arriesgarse y aportar algo propio, algo de cosecha personal, algo que
permita decir, 'anda mira, esto es cosa de Leire'. Para bien o para
mal. Distinguirte de forma evidente de tu predecesora. El porqué no lo
hace, se me escapa. Imagino que los cientos de miles de fans de La
Oreja lo que quieren es escuchar sus canciones tal y como las
recuerdan, nada de adaptaciones o revisitaciones. Y la nueva vocalista
cumple a la perfección ese cometido.
Sólo se aprecia ese pequeño atisbo de 'sello propio' cuando desaparece
la música (mención especial a la enérgica batería de Haritz, el mejor
del concierto con diferencia) y Leire se queda sola con una guitarra
frente a 'Jueves',
el tema dedicado al 11-M. Ahí sí que se escucha a
una cantante con voz propia, con intensidad y con algo que decirle a
esta banda. Lástima que sólo dure una canciòn.
Y es que en esas
estamos: 'El último vals', 'Inmortal' o 'Más', canción con la que
abrieron su recital
son exactamente igual que las anteriores en su repertorio. Daba esa
sensación en el disco y en el directo sucede tres cuartas de lo mismo. Habrá quien piense
que, ante semejante papelón como es el abandono de tu cantante, La Oreja de Van
Gogh debió haber apostado por una renovación, si no total, al menos
epidérmica. Nuevos tiempos para esta lírica. Pero nones.
Visto así, sólo cabe desear que para el futuro, ese pequeño destello de
talento de Leire explote de verdad, se dejen de revivals del pasado
(que ya se encargará Amaia en su gira de hacerlos, y a buen seguro que
muy bien) y apuesten por una verdadera nueva Oreja de Van Gogh. Y si
hay que tocar temas del pasado, que se toquen. Pero adaptados a estos
nuevos tiempos. No a lo que La Oreja fue. A lo que es.