Más le vale a U2, Depeche
Mode y demás popes de la modernidad ochentera reciclados para los
nuevos tiempos que se pongan las pilas si quieren seguir comiendo de la
música. Aquellos que crecieron escuchando sus canciones, alucinando con
sus sintetizadores y sus teorizaciones sobre las variantes poslbes del
rock les están comiendo el terreno. Y sus alumnos más aventajados
sacaron ayer buena tajada de los sonidos de hace décadas en el Palacio
de los Deportes de Madrid. Se llaman The Killers y están a puntito de
convertirse en la banda más 'mainstream' del firmamento, con permiso de
los ascendentes Kings of Leon y los consolidados Frank Ferdinanz.
La
propuesta de The Killers es sencilla y recuerda mucho a los sonidos
recientes que llegan de Reino Unido: Guitarreo contundente más bases
discotequeras, un 'desprecio' absoluto (y magistral) por cualquier
compás asociable al término "balada" y un vocalista, Brandon Flowers,
que es la versión 2.0 de Chris Martin, pero en afinado. Y eso que
muchos ríos de tinta se han vertido sobre los tambien supuestos
problemas de afinación de Flowers y las maravillas del 'autotune' para
con sus arreglos vocales.
Esos mismos ríos se secaron ayer
igualito que si el agosto hubiera llegado a Madrid. Flowers y los suyos
irrumpieron en escena a las 21:30 en punto de la noche para ejecutar,
uno detrás de otro, los mejores temas de su repertorio y oiga, ni una
sola queja de lo que salía de las cuerdas vocales del líder de la
banda. Muchos son los que han apostado por los sintetizadores en el
estudio y después les han salido rana los conciertos. A The Killers,
no. Lo que ofrecen en los discos, lo dan en el directo. Que ya es mucho.
'Human',
uno de los mejores temas de 2008, abrió la noche. 18.000 almas, que
parecían 180.000, brincaban y cantaban al compás que dictaban The
Killers. El concierto comenzaba con el gran (y último) pelotazo de la
banda. ¿Qué vendría después? No habia dado tiempo a calentar el asador
y los de Nevada ya estaban lanzando toda la carne. Apuesta arriesgada.
Es lo que tiene venir de Las Vegas. Todo o nada.
En esta
ocasion, la jugada salió redonda. Primero con su falsamente modesto y
cutreluxe escenario. Lo que a priori parecía una cochambrosa imitación
de la sala La Riviera (con unas palmeritas de plástico estratégicamente
dispuestas entre los cuatro miembros de la banda) y un atril modelo
presentador de concurso con una "K" luminosa, resultó ser en verdad un
prodigio de luz. Neones, flashes, enormes hileras de focos y un
gigantesco panel a modo de proyector... un desparrame visual, vaya. Más
de uno en primera fila tuvo que calzarse las gafas de sol.
Eso
por no hablar del sonido. Cuando has apostado su sello musical a la
fuerza de las baterias y los graves, pero sin descuidar el lado
electrónico, se requiere de un buen número de vatios capaces de hacer
vibrar literalmente al respetable, no sea que la fuerza de las
canciones no valga por si sola. La demostración más palpable de esto
se vivió cuando acometieron 'Somebody told me', el que fuera su primer
trallazo mundial: igualito que una sacudida de corriente, tanto por su
calidad como por el estruendo musical. Imposible no moverse.
Esa
podía ser la otra consigna de la noche. Con The Killers, no hay manera de estarse quieto. Es como estar en una discoteca, pero con música que merecía
la pena ser escuchada. Inútil cualquier amago de sentarse.
Junto
a todo ello, no puede olvidarse la labor de este nuevo idolo pop
llamado Brandow Flowers. Ventipocos añitos, mormón confeso aunque según
las malas lenguas poco practicante. Devoto esposo y entregado padre y a
pesar de ello, icono de la ambiguedad sexual al mejor estilo David
Bowie, pero refinado. En lugar de pelánganos naranja, Flowers luce como
nadie las casacas militares forradas de plumas. Ahí queda eso.
"Estamos
aquí para serviros", dijo, servicial, el Brandon que piso Madrid. "No
se nos ocurre mejor lugar para acabar este tour", remató. Por las
reacciones de la audiencia ante los temas que iban cayendo del
escenario, parece que la sintonía era recíproca. Así, 'Spaceman', 'Mr.
Brightside', 'For reasons unkown', 'Read my mind' o 'Sam's town' eran
acompañadas de coros, palmas y mucho, mucho salto y brinco. Como en un
potaje de garbanzos llevado a ebullición, pero con el Palacio de los
Deportes a modo de cazuela.
De entre lo mejor de la noche,
curiosamente, destaca su versión del clásico de la Joy Division,
'Shadowplay'. Nada como ser agradecido con aquellos que te inspiran,
debieron pensar los chicos de The Killers para ejecutar de manera tan
impecable el tema que formó parte de aquel biopic sobre Ian Curtis.
De
entre lo peor, sin embargo, señalar dos cosas. Una, como de costumbre,
la acustica del recinto. Evidentemente, esto no es culpa de The
Killers, sino de los que mandan en la ciudad pero tiene guasa que la
capital de España tenga que esperar al mes de agosto, cuando libran los
equipos de futbol, para conseguir que los grupos y bandas que pasan por
aquí suenen con cierta dignidad.
La otra, la escasa duración del
concierto. 90 minutos que supieron a poco. Sobre todo porque el tramo final, con 'Bones', 'Jenny was a
friend of mine' y la apoteósica 'When you were young' dejaron el con ganas
de más. Habrá que esperar al próximo Festival de Bennicassim, donde ya
han confirmado presencia, para ver si The Killers se estiran un pelín
más. Mientras tanto, se hace ma´s apropiado que nunca aquello que
cantaba Roberta Flack: Killing me soflty with his song.
Nos matan suavamente con sus canciones. Por algo son The Killers.