¿Nos tomamos en serio el cambio climático?

La temperatura de la Tierra cambia desde hace diez mil años. El asentamiento del hombre y su desempeño como agricultor o ganadero trajo consigo las primeras modificaciones. Pero la emisión acelerada de gases de efecto invernadero llegó con la Revolución Industrial. La quema de combustibles fósiles inició un proceso que está llegando a un punto límite. La cumbre de París sobre el cambio climático celebrada el pasado diciembre ha sido […]

Jordi Benítez 8 de septiembre de 2016

La temperatura de la Tierra cambia desde hace diez mil años. El asentamiento del hombre y su desempeño como agricultor o ganadero trajo consigo las primeras modificaciones. Pero la emisión acelerada de gases de efecto invernadero llegó con la Revolución Industrial.

La quema de combustibles fósiles inició un proceso que está llegando a un punto límite. La cumbre de París sobre el cambio climático celebrada el pasado diciembre ha sido el último capítulo de un fenómeno que empieza a ser más que preocupante.

El aumento de la temperatura global provoca el deshielo, el nivel del mar sube y las poblaciones costeras peligran. Las aguas de los océanos no se mezclan bien, los nutrientes no circulan y el Mar Mediterráneo podría convertirse en un mar muerto. Los eventos climatológicos extremos (inundaciones, nevadas, sequías) se multiplican.

Todo esto tiene también unos efectos económicos. La Universidad de Harvard publicó en 2011 un informe estudiando las series temporales de los países en desarrollo entre 1950 y 2003. Cada aumento anual de 1,5 grados en la temperatura supone una caída de un 1,3% del PIB en ese año. Más recientemente, en septiembre de 2015, la Universidad de Berkeley ha difundido un estudio sobre la economía global a final del siglo con y sin cambio climático. Con él, el PIB global descendería un 20%.

Los efectos serían especialmente dramáticos si ocurrieran otras cosas. ?El Banco Mundial publicó un informe en 2012 en el que decía que, si la temperatura global aumentaba un 4% en lugar de un 2%, la alimentación mundial correría peligro. Eso supondría exacerbar los conflictos armados. Por eso el departamento de Defensa de Estados Unidos incluyó un paquete específico dedicado a este tema. También lo hizo la Estrategia de Seguridad Nacional española en 2013?, dice Lara Lázaro, investigadora asociada del Real Instituto Elcano.

¿Es o no el asunto para preocuparse? La primera señal es que en la cumbre de París se registró por fin algún avance. ?Es verdad que no hubo acuerdos vinculantes. Fue más bien una declaración de buenas intenciones. Pero es un paso adelante?, señala Emilio Chuvieco, catedrático de Geografía de la Universidad de Alcalá.

Los países emergentes, que son los que cuentan con mayor potencial de emisiones, entraron en el acuerdo por primera vez, y los desarrollados aceptaron financiarles en cuestiones como la transición a las energías limpias.

El compromiso es, a priori, de 100.000 millones de dólares anuales a partir del año 2020. No está claro cómo va a ser el reparto y cómo va a progresar. De hecho, un anuncio similar tuvo su polémica. La OCDE dijo que ya había dedicado 62.000 millones de dólares y fue criticado por diversas ONG. Sostenían que la financiación al clima no era tan alta.

Los compromisos de París para la reducción de emisiones se produjeron rápido. Los países más contaminantes anunciaron sus objetivos de disminución en este terreno y de adaptación al cambio climático en la primera semana. Sin embargo, el conjunto de esas medidas se traducía en un aumento del 2,7% de la temperatura global, muy por encima del 2% admitido por el consenso de científicos y políticos.
?Significa que París no va a ser definitivo. Harán falta más revisiones y un mayor aumento en la ambición. Hay compromiso, pero no suficiente?, estima Lara Lázaro.

Estados Unidos, mayor ?contaminador? per cápita, tiene como objetivo reducir entre un 26% y un 28% las emisiones de efecto invernadero hasta 2025; la Unión Europea pretende descender en un 40% hasta 2030; China, el mayor contaminador global, disminuirá entre un 60% y un 65% las emisiones de dióxido de carbono por unidad de PIB hasta el año 2030, en relación con el año 2005.

Está claro que el proceso no va a ser fácil. ?La economía mundial está muy basada en los combustibles fósiles. Cambiarla requiere mucha inversión económica?, señala Chuvieco. Además, no hay que olvidar que algunas de las diez principales empresas del mundo son petroleras. ?Estados Unidos es más reticente. Tiene la presión interna del Congreso, porque buena parte de sus componentes es escéptico con este tema y por las repercusiones económicas que va a tener. El resto de países lo critica. Que el país más rico del mundo sea el que bloquee no deja de ser poco solidario?, añade el catedrático.

Los países emergentes sostienen que ellos no han causado el problema, y necesitan esas emisiones para mejorar su situación económica. Los no emergentes sufren las consecuencias. ?No tienen capacidad para presionar a los grandes?, explica Chuvieco. La Unión Europea es la que se toma los compromisos más en serio.

Cambio energético. La eliminación paulatina de las subvenciones a los combustibles fósiles es una de las medidas que podrían ir cambiando el panorama de las emisiones en este terreno. Los países van alineándose en el cambio hacia las energías renovables. La alianza solar anunciada por India y Francia en la cumbre de París iba en esta línea. El secretario de Estado americano, John Kerry, también hizo un llamamiento muy claro en este sentido favorable a las llamadas energías limpias y a la eficiencia energética.

Los costes son además más razonables. Los de la energía fotovoltaica han bajado dos tercios desde el año 2009. Los de la eólica lo han hecho en un 18%. Esta disminución facilitará su implantación en los países más pobres. Además habrá que estar pendiente de lo que ocurra con otros temas, como la aviación y la navegación marítima. ?Hoy suponen el 5% de la emisión de gases de efecto invernadero, y van a aumentar sustancialmente en el futuro. Aún no se han fijado objetivos a medio y largo plazo.?, explica Lara Lázaro.

A todo esto se añade lo que cada uno pueda hacer en este terreno. Es lo que se suele llamar el consumo responsable. A veces se dejan estas cuestiones en manos de los responsables políticos y de los grandes gestores, cuando hay muchas decisiones que tienen que ver con la actuación diaria de cualquier persona. En esta línea va, por ejemplo, la encíclica Laudato Si del Papa Francisco, relacionada con el cuidado del planeta. Las generaciones futuras agradecerán una mayor implicación personal en esta dimensión. Dejarles un paisaje deteriorado sería muy egoísta por nuestra parte.

(Publicado en Capital en el número de enero de 2016)