S-21 un viaje al horror khemer. Cartas desde Camboya

El horror en estado puro, un viaje al terror más absoluto donde la locura se apoderó de la razón y los sueños más salvajes de unos pocos se apoderaron de los sueños de toda una nación, El  S-21 es el testigo mudo de esa sinrazón que dejó miles de muertos y miles de familias destrozadas por el loco sueño de un loco y sus acólitos seguidores.

17 de enero de 2016

S-21 un viaje al horror khemer. Cartas desde Camboya
Las víctimas de la barbarie miran al frente sin saber que sus rostros serán los testigos silenciosos de la locura.

Los tres módulos de cemento definían tres de los cuatro lados que tenía el recinto. Desde el exterior unos muros altos rodeados de alambrada completaban el conjunto que formaba el colegio y en su interior una pequeña construcción de una planta hacía de recibidor de visitantes.
Caminamos por el ala izquierda del complejo. Mi memoria no encuentra rastro alguno de la taquilla en la que compramos las entradas al infierno del S-21. Tampoco recuerdo el precio que pagamos por ver un colegio que alguien transformó en un lugar de torturas y muerte en el que un loco desplegó todo su potencial de locura. 


Las baldosas del suelo eran de un amarillo pálido, desgastadas por el pisar, sus juntas amarillentas por el paso del tiempo hace tiempo que dejaron de ser blancas y cada pocos metros unas gotas oscuras que en ocasiones llegaban a ser negras pintaban los espacios de los pasillos y escaleras.
En los laterales del primero de los edificios sendas escaleras permitían la entrada y salida por diferentes sitios y en cada planta de las tres que poseía cada uno de los inmuebles un pasillo recorría el largo y dejaba que puertas y ventanas mostrasen el interior de las habitaciones. 


Estas ventanas se encontraban cerradas o abiertas dependiendo del uso que se les dio en su día y las puertas de la planta más baja mostraban unas habitaciones diáfanas que a penas poseían un somier de metal. Sobre estos somieres unos grilletes y bajo la estructura la mancha de lo que en su día fueron las alegrías y las emociones de quien aún tiene mucha vida por delante. Al fondo de las habitaciones una gran ventana dejaba entrar una luz anaranjada por el color de las paredes y el suelo. Según ponía en algunos carteles esta primera planta era el principal lugar de tortura de los khemeres rojos. 


Subimos a la primera planta y lo primero que nos llamó la atención fueron las alambradas del pasillo que impedían que los reclusos se quitaran la vida sin antes haber pasado por la primera planta. En esta planta las habitaciones poseían las puertas que daban al pasillo completamente cerradas, las ventanas que se encontraban abiertas mostraban el interior de las estancias. Solo dos entradas al interior permanecían abiertas y por dentro las diferentes habitaciones estaban comunicadas por agujeros hechos en la pared. Una pizarra de color verde aún permitía ver la última lección que se dio en lo que antaño fue una escuela para chavales. Eran textos en francés escritos con buena letra que nadie se había molestado en borrar. Bajo estas pizarras había unos ganchos acompañados de una numeración que seguramente sujetaron las llaves que cerraron los candados de los presos que ocupaban las celdas interiores. En cada una de las habitaciones una estructura de madera dividía el espacio en muchas estancias. Cada una de ellas de un tamaño de no más de dos metros cuadrados. En su interior una caja de munición, una cadena que iba enganchada al suelo y las paredes de tablones que habían atrapado miedos y tristezas de quien sintió que el tiempo se terminaba para siempre y que era cuestión de horas que alguien sujetándolo por los brazos lo llevara para la planta de abajo con el único fin de sacarle información, sudor y sangre. Pocos volvieron de aquel corto viaje.
Bajando las escaleras vimos grandes salpicaduras de algo que parecía sangre en las paredes. Las marcas circulares de cubos en el suelo con el mismo color mostraban que era una práctica habitual que paredes y suelos fueran manchadas por la barbarie de quien se creyó impune


Así eran los tres edificios del S-21. Los tres iguales. Una de las zonas del recinto mostraba algunos elementos de torturas utilizados por los torturadores, las técnicas empleadas y los rostros de las víctimas. Al fondo, en una pequeña sala los rostros de los ideólogos de todo aquello y en el suelo, enjaulado en estructuras metálicas los bustos del jefe supremo, del promotor de todo aquello. Allí en el suelo, con mirada y rostro serios se encontraban los bustos de uno de los mayores genocidas de la historia de la humanidad, Saloth Sar, también llamado Pol Pot. Recuerdo que leí que apenas unos pocos salieron con vida de aquel recinto, que miles fueron los que entraron y que solo una decena salió con vida. 


Caminamos hacia la salida sin cruzarnos con nadie y salimos sin tener que abrir una sola puerta. Pol Pot creó su reino del terror un año antes de la fecha de mi nacimiento y lo continuó hasta el año 79, tiempo justo para terminar con una cuarta parte de su población. 


El recinto del S-21 es el segundo de los lugares junto con los killing files que hay en Pnom Pen y que forman parte del recuerdo de aquella época de horror. Esta visita resultó ser más dura de lo esperado pero sirvió para seguir construyendo una imagen del pasado de un país en el que estábamos y que no es mucho más diferente de otros sucesos ocurridos cerca del país del que venimos.

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Namasté