Fin de año en Varanasi, cartas desde India

Pasar el fin de año en una ciudad fuera de tu entorno siempre es una experiencia a tener en cuenta. El año 2015 termiinó para nosotrs casi como había empezado salvo con la diferencia de una nueva compañía de gente, anelando  los de fuera y pasando un momento que recordaremos toda la vida como así ocurrió en otros viajes rodeados de otra gente a la que no olvidamos. 

17 de enero de 2016

Fin de año en Varanasi, cartas desde India
Varanasi, la ciudad de la luz, la ciudad de la muerte pero sobre todo de la vida.

Llegar a una ciudad como Varanasi es saber que tarde o temprano uno va a pasar más tiempo sentado sobre la taza del water que en cualquier otra posición. Si, es cierto, toda la gente que conocemos ha pasado por un estado de mal estar generalizado que te acaba invitando cada poco tiempo a visitar el retrete. Al principio piensas que es algo pasajero y que en un rato todo habrá pasado y cuando quieres darte cuenta tu habitación se ha reducido a dos metros cuadrados y tu cama ha pasado de ser una cama india gigante a un retrete inmundo. Hablar de esto puede parecer maleducado pero ¿quién no ha pasado por algo parecido?


Así pasamos algunos de los días de finales de fin de año de 2015. El médico se acercó a casa a darnos pastillas y a decirnos lo que ya sabíamos. Al final todo se soluciona con un poco de descanso y eso, pastillas. 


El fin de año había llegado a India y como en otras ocasiones la incertidumbre se apoderaba de nosotros. Esta vez había algo preparado pero como no lo habíamos preparado nosotros no teníamos muy claro en que iba a terminar la noche. 


Una amiga española de la ciudad nos había invitado a acudir el último día del año por la noche a su hotel y disfrutar de una velada que había preparado junto a su marido. Música, paseo en barca por el Ganges y buena cena para terminar un año que había resultado ser genial. 


Acompañados de amigos acudimos a la cita y nada más llegar subieron a los que mejor estaban en una barca para pasear por el Ganges. el río estaba lleno de barcas y se veía un poco más de agitación de lo normal en las calles. Personalmente decidí quedarme en el "roof" del hotel disfrutando de esas últimas horas de luz antes de que la noche nos llevara directos al 2016. Me senté allí en una mesa y tome un "ginger lemon honey", una de esas bebidas que todo viajero por India ha probado en alguna ocasión por ser un remedio para casi todo. Desde luego no es bebida para mi ya que me cuesta más de lo que me gustaría terminarlo como es debido. Mientras intentaba terminar con la bebida, sentado dirección al Ganges, observé las decenas de barcos que suben y bajan el río, así como a las miles de personas que aprovechaban los últimos rayos de sol para acercarse al agua. Allí estaban los de siempre, los amables masajistas que te ofrecen la mano para saludarte y que si picas cierran su mano para no dejarte escapar mientras que con el resto de su cuerpo se apoderan de ti como un pulpo y acabas por ser un mosquito en las redes de una peligrosa araña. También estaban los vendedores de "chai", los otros también, los del té con limón que siempre resultan un poco decepcionantes cuando un o piensa en "chai" y termina por tomarse un líquido con sabor a agua de spá. También estaban los vendedores de cacahuetes, con sus fueguitos encendidos y su producto a la perfecta temperatura, a estos es mejor no preguntarles el precio, lo mejor es alargar la mano con diez rupias y esperar que sean generosos con la cantidad, si preguntas te pedirán más. Podía ver los grupos de jóvenes que abrazados unos a otros recorrían los "Ghats" y los niños con los brazos levantados saltando por entre las escaleras y los turistas en busca de la cometa que caía sin dueño desde el cielo. Estaban también los "cometeros", auténticos profesionales en cortar las cuerdas de otros en tremendas batallas y que terminan con la caída de una de ellas con la suavidad de una hoja de un árbol. De vez en cuando veía como estas caían al agua y resulta hermoso ver este momento ya que si caen de punta se quedan clavadas como si en vez de agua se tratara de crema. Durante los primeros segundos permanecen verticales y se van hundiendo poco a poco hasta quedarse planas sobre el agua. Otras veces amerizan en un suave movimiento que las posa por igual en el agua en un movimiento que parece no terminar nunca. También, desde lo alto de aquella terraza vi los toros junto a las vacas y aquellos búfalos enormes que corrían hacia el agua. Incluso intenté buscar entre el montón de barcos el que se correspondía con el de la gente que conocía, creí verlos y busqué la foto para el recuerdo de aquel barco anónimo que resultó ser uno diferente. También vi desde lo lejos el espectáculo de flores, velas y música que se repite cada día del año. Allí esperé durante dos horas en compañía de Alicia que se ocupaba de mi para que no me sintiera solo o aburrido. Aquellas dos horas pasaron volando. 


Cuando el bote llegó todos los presentes nos sentamos en un patio casi andaluz, rodeado de plantas, con olor a India. Nos sirvieron té y agua y vimos un concierto maravilloso de sitar, tabla y armonio. Al rato salieron unos bailarines de "Cátac". Era tan parecido al flamenco que entre la decoración y la compañía parecía que estábamos en un "tablao" de Sevilla. Estuvieron casi dos horas tocando y bailando, golpeaban el suelo con las plantas desnudas del pie y cantaban mirándose unos a otros buscando la réplica mientras el sitar y la tabla hacían virguerías. Uno de ellos, el más mayor, llevaba la voz cantante y cuando veía que aquello decaía entraba hasta el centro del escenario y lo revolucionaba en cinco segundos para dejar paso a la pareja de hermanos jóvenes. Fue un espectáculo increíble. Terminado el "show" recogieron sillas y mesas y dispusieron todo para una pista de baile. Los menos "bailones" fuimos empujados hasta el fondo del patio hasta quedar bajo la penumbra, allí permanecimos hablando mientras el resto disfrutaba del bailoteo de fin de año, solo que aquí eso se produjo antes de las doce. En un momento dado se apagó la música y sonaron las campanas de la puerta del sol, estaban grabadas para que pareciera que eran en directo, un directo con cuatro horas y media de antelación. Pasadas las campanas y los abrazos apareció la tarta, una tarta de chocolate enorme que fue devorado como una gacela en medio del Serengueti. No quedó nada, ni un poco que rebañar. Aprovechamos para volver a subir al "roof" donde vimos los globos de fuego que subían al cielo hasta perderse y caer en algún lugar lejos de allí. Nos sentamos un rato a hablar y cuando quisimos darnos cuenta estábamos solos y todo el mundo se había ido


Salimos casi a hurtadillas para no molestar a los durmientes y terminamos caminando hasta casa por donde toda guía dice que no hay que ir a determinadas horas por esta ciudad. Allí, en medio de la calle grupos de jóvenes borrachos buscaban problemas. Y tras vernos en un medio problemilla decidimos ir entre calles para evitar mayores percances. Pusimos rumbo a Bengali Tola la calle que cada día vemos al ir a trabajar solo que a esta hora permanecía en silencio, oscura y solitaria, con algún que otro perro dormido y algún que otro vigilante. Nos cruzamos con un grupo de extranjeros que como nosotros buscaban donde poner fin a la fiesta que terminaba demasiado pronto. Caminamos durante veinte minutos entre pequeños grupos de gente que nos miraba extrañados. Así llegamos a casa y pusimos fin al 2015 para dar la bienvenida al nuevo año. Al día siguiente nada había cambiado salvo ese número en una cifra que año tras año va haciéndose más y más grande, parece que fue ayer cuando en el colegio aprendíamos a decir, con aquella guapa profesora, 1985 en euskera. 

Casi no ha llovido y a penas ha cambiado nada.

http://indianlassi.blogspot.com.es

Namasté